Hace un tiempo, vi una nota de Catriel Ciavarella donde hablaba sobre la pasión. Remarcaba la importancia de apasionarse con cosas donde uno puede poner el cuerpo. En un mundo donde no hay contenidos, no hay recuerdos, todo es efímero, recordar charlas, momentos con personas queridas, con cosas palpables, parece urgente. Pasar un rato con una pasión que tengas, aunque esta sea correr dos horas al día y no haya tanta gente que la entienda, es un privilegio, y una forma de conexión real.
Anoche vi a un apasionado de los cuentos y de relatar historias cantadas. Santiago Moraes se presentó en Sociedad Urbana Villa Dolores con su espontaneidad, guitarra y armónica. Entre Rock, Blues, Milongas en tono mayor y algo de candombe, con discos que duran lo que dura un cassette, y acompañado de Nacho Echeverría, Patuco López, Fede Anastasiadis y Ale Schmidt nos llevó por Shangrilá, Buenos Aires, el río azul, verde o gris, el agua de mar, la puerta de un bar, y nuestro querido Montevideo.
Con canciones que denotan gusto por la literatura, que narran una historia, un cuento. Su música parece llegarle de una manera especial, letras que tienen mucho de hogar, infancia, lugares, vinculado a historias protagonizadas muchas veces por niños, pero sobre todo por las personas que pasaron por su vida; Mario, Agustina, Ramona, Joaco, Carmen o su prima Mayra.
Entre sus crónicas urbanas, su lenguaje de bodegón, y obviamente la suciedad callejera, llegan sus botas, encontradas a buen tiempo, en un mal momento, curadas para andar caminos nuevos. Sabiendo que el sol no se tapa con un dedo sucio, Santiago sigue persiguiendo mimos y regalando maneras de conectarnos que bajan de la mano al corazón.


















































