
Once in a lifetime
Ecos, ¿Soda Stereo? en el Antel Arena
A las 19:30, cuando llegamos al Antel Arena, que se poblaba en un goteo constante. Parejas de cincuentones, padres con hijos, grupos de adolescentes. Una fiesta familiera en la ciudad de la nostalgia.
Los uruguayos tenemos una relación singular con Soda Stereo. Nos visitaron poco y nada. Apenas para presentar Signos, en enero del 87, en el Palacio Peñarol, y un toque callejero en Punta del Este en enero del 91 con Canción Animal. Para ver a los reyes del rock and pop, casi siempre hubo que viajar. Nada de tratarnos suavemente.
A las 20:30 el campo ya estaba colmado. El desfile de remeras incluye Ramones, Guns N’ Roses, Beatles, los comentarios dicen de expectativa, curiosidad, cierto temor, y unas ganas inmensas de ver a Soda, “porque nunca los vimos”.
Ella no vino hoy. No soportaría la ausencia de su adorado Gustavo, dice. Prefirió irse de fin de semana largo, a la feria del libro en la mismísima Ciudad de la Furia. Fran, que desde sus 12 me ha acompañado a ver unas cuantas leyendas vivientes, comenta que hace tiempo no escucha a Soda Stereo, y no se pierde detalle de la música que ambienta la previa.
Yo palpito la intriga y la ansiedad de ver un espectáculo hecho de canciones con las que podría escribir una biografía musical. Era un purrete alto, torpe y tímido a los 13, cuando comencé a elegir mi música y construir con ella una manera de ver y sentir el mundo. Si no fuera por, Signos, Lo que sangra la cúpula son pilares de una banda de sonido que además de hacernos bailar, nos mostraron que en una canción pop bien hecha, caben todo el morbo y la seducción del mundo. Una erótica sin pentatónicas ni ritmos tropicales.
Cerati ya no está, hace una docena de años que la medicina lo dejó marcharse. Una verdad tan rotunda como la luna hostil a la que en esta gira no se han animado a cantarle. Signo de los tiempos, la tecnología, desplegada con un amor infinito y cuidado en cada detalle, nos arrima su voz, sus gestos, su forma única de tocar la guitarra… Hasta allí llega, la emoción va por nuestra cuenta y riesgo.
A las 9 y los carteles de publicidad se apagan, y la tensión aprieta en los cuerpos que esperan la descarga. Un cuarto de hora después la guitarra afilada y cargaada de delay de Ecos, comienza a filtrarse. El escenario se ilumina de negro y blanco y el rito comienza visitando el disco que provocó la primera ola de la Sodamanía. Ecos, Juego de seducción, Nada personal. El público responde a pura uruguayez. Canta las letras a voz en cuello, demora en soltarse a bailar. Así somos.
Hombre al agua nos termina de meter en una cadencia de baile sin estridencias, cuerpos moviéndose como aguas de un río manso que acaricia las columnas del muelle. La desconfianza hace lugar al asombro ante el artificio que ocupa el lugar vacio. Siguiendo cada movimiento, sorprendiéndonos de los detalles, entregándonos a la bacanal sin dejar de relojear la puerta de salida…
Ella usó mi cabeza como un revólver juega con el encanto en toda su crudeza, Un Cerati de IA, guitarra en mano emerge de los icónicos parlantes del Sueño Stereo. Una voz llegada de un tiempo sin tiempo, latiendo en nuestros cuerpos… Cuando pase el temblor, es un remanso, sin banda a la vista y con escenas del legendario video jugando en 3D.
(En) el séptimo día, Luna roja, Toma la ruta caen como una lluvia de guitarras distorsionadas y saturadas de efectos. Soda siempre estuvo un par de pasos adelante, explorando sonidos, jugando con el estudio como una caja de herramientas que hacían de su sonido algo singular: siempre diferente, siempre igual a sí mismo. La música de Dínamo estaba en los cables, y esta noche cayó como una tempestad sobre el Antel Arena.
En La ciudad de la furia, es seguida por un mar de cuerpos saltando, voces cantando -sin perder ni el tiempo ni el compás- la súplica ese ser que nos dejará dormir al amanecer entre sus piernas. Fran me abraza, como pidiendo permiso, y saltamos juntos siguiendo la marea. Un mar de lágrimas bajan como una lluvia de flechas salvajes. El hombre alado extraña la tierra, nosotros lo echamos en falta tanto como a la buena literatura, o una copa de vino y una charla con quienes amamos.
Sobredosis de TV, Persiana americana, Un misil en mi placard (acústico), Zoom (con un video de estética Yellow submarine 4.0), los clásicos se suceden sobre un público que baila, canta y festeja cada detalle. Delante nuestro un par de muchachitas subidas en los hombros de alguien son la postal de la fiesta.
Sobre el escenario, la tecnología se hace patente en los gestos más humanos del guitarrista, que se aleja por el costado cada vez que va a cambiar de instrumento, o se acerca a Zeta Bossio a tener un par de duelos en que guitarra y bajo se miden frente a frente, como toros en una pelea imposible. No hay golpes bajos. La empresa sabe que la emoción está a flor de piel, y el respeto por la música y lo que esta significa para cada uno en el público, se nota en cada detalle.
Un cartel levantado por manos anónimas dice, “¡Gracias Soda! Falta uno pero su voz vive en todos nosotros”. De eso se trata esta noche.
Celular en mano, hago un par de fotos y se las envío a ella, como si una imagen digital fuera lo mismo que estar allí. De esas ilusiones viven estos espectáculos. La voz de Cerati anuncia Caja negra, tras la cual Primavera 0 y Prófugos cierran el set.
El bis es con De música ligera. Mientras las pantallas del escenario principal proyectan imágenes del cantante en distintas giras, al otro extremo del campo, bien abiertos sobre los laterales, Charly Alberti y Zeta Bossio tocan sobre tarimas individuales, rodeados del mar de gente que canta con los restos de voz que todavìa quedan.
A la salida, leo en el celular un mensaje de ella, que responde a mis fotos diciendo “no me logro imaginar bien cómo es”. No sabría cómo decirlo. Algo del espectáculo que vivimos no deja de ser una forma de repetición, un eco, que estira el clamor del llamado pero no lo puede responder.
En la eterna fila del taxi, el gordo César, siempre lúcido, menea la cabeza y dice que entre tanta perfección falta chispa, un soplo de vida, un corazón palpitando, un guiño, una risa provocada por la sorpresa. Extrañó al artista de carne, hueso y alma. Lo que nos trajo a este rito, lo que hoy vimos y cantamos es apenas un amasijo de emociones que se fueron tejiendo en nuestra historia. Las mismas que, cada tanto, nos sostienen en este viaje. Hace tiempo aprendimos que lo que seduce nunca suele estar donde se piensa.
Para quienes viven pendientes de las noticias y las toman por verdades incontestables, el Cerati de aquel amor de música ligera ya está en otro plano. Para otros tantos, como los que anoche fuimos al Antel Arena, se trata apenas de no evitar el roce secreto de sus canciones. Aunque su voz llegue como un eco de terrazas desiertas.













































