
La lógica de la dominación moderna también opera de manera implícita en las luchas por la liberación animal en general, y la de los no humanos en particular. Desde la “ética ambiental”, lo moralmente relevante suelen ser las totalidades como los ecosistemas o las especies según Angélica Velasco. La perspectiva holista ayuda; sin embargo, no permite profundizar en una consideración moral real de que todos los individuos importan, independientemente de la especie.
En este sentido, los feminismos no serán del todo emancipatorios mientras no incluyan en sus luchas una perspectiva antiespecista, debido a que nuestras relaciones con el resto de los animales es también política; no basta con disuadir prácticas domésticas (consumo, alimentación), es necesario transformar las estructuras que sostienen la explotación animal en nombre de la tradición material y simbólica.
Vivimos en una cultura que ha institucionalizado la opresión de los animales al menos en dos niveles: en estructuras formales como mataderos, carnicerías, zoológicos, laboratorios y circos, y a través de nuestro lenguaje. Que digamos “comer carne” en vez de “comer cadáveres” es un ejemplo central de cómo nuestro lenguaje transmite la aprobación de la cultura dominante hacia esta actividad (Adams C; 2016; p.172)
El sistema-mundo moderno, con su disciplinamiento y extracción del valor como cualidad, rompe los lazos comunidad-naturaleza. La racionalización de la vida ha llevado a las personas a generar herramientas que sirven para distinguir a la humanidad del resto de los animales, sin embargo nos ha hecho creer históricamente que tenemos la potestad de decidir sobre ellos. No sólo se ha controlado su existencia en términos de alimentación, sino en la explotación de la capacidad reproductiva en las hembras (sangría de yeguas, granjas de sangre en general), que responde a una lógica biopolítica criticada por el feminismo, así como la creación de razas con avances técnico-científicos para diseñar cuerpos funcionales a intereses humanos.
No basta con la ética del cuidado y el vínculo afectivo. Es necesario romper con la naturalización de esta subordinación animal y con la explotación en nombre del progreso capitalista. La “racionalidad sacrificial” de la que nos habla Maristella Svampa (al vivir en un mundo donde se necesita el sufrimiento de un otro o un sacrificio por el “bien común”), implica que existen algunas vidas (sobre todo en Latinoamérica) que resultan desechables justamente para sostener el ideal de dicho progreso.
Es por esto que me parece interesante mencionar algunas apreciaciones. Silvia Federici nos dice que el capitalismo: “…se ha apropiado de nuestra capacidad reproductiva y la ha puesto al servicio de la reproducción de la fuerza de trabajo y del mercado laboral” (p.33;2022) Esto no se aleja de las expresiones y discursos alrededor de la esclavización de los animales no humanos. Se los expone a riesgos constantes y diversas formas de sufrimiento durante largos períodos de tiempo bajo la justificación del “trabajo”, la producción y el lucro. Se los prepara para competencias, exposiciones, juegos (peleas, carreras, domas): todos ellos fines mercantilistas, de explotación económica y extractivista que niegan sus derechos a la existencia autónoma.
La académica Kendra Coulter nos habla del trabajo animal como realidad concreta que, al contener implícitas todas las lógicas anteriores, se le suma el hecho de que no poseen reconocimiento ni retribución de ningún tipo. Algo que se relaciona con el movimiento feminista, que ha tratado críticamente trabajo doméstico y de cuidado, al plantearlo como trabajo no remunerado. Coulter,K (2016) nos dice: “Reconocer el trabajo de los animales no es idealizarlo, sino enfrentar las realidades de su labor y cuestionar los sistemas humanos que dependen de él y lo explotan” (s/n).
A lo largo de la historia se ha demostrado al hombre (varón, cis género, blanco, clase media, racional) como representante por excelencia, de allí su vinculación al fuero público de la vida y el mercado laboral, así como otras actividades del universo técnico y de dominio. Por su parte, la emocionalidad, el sentimentalismo, la delicadeza y una visión biologicista, ubica a las mujeres como inferiores dentro de la humanidad, legitimando de esta manera la múltiple opresión. Se utilizan expresiones coloquiales como “zorra”, “gata”, “oveja negra”, “loca como cabra”, que asocian a las mujeres y al resto de las hembras no humanas, reforzando jerarquías simbólicas y sosteniendo la dominación tanto patriarcal como especista.
La sociobiología se basa en modelos animales, pues acepta la continuidad evolutiva de las especies. Así, apelando a la genética, a los instintos y a la comparación con los animales, se ha legitimado la exclusión de las mujeres de la esfera pública, el desigual reparto del poder en la sociedad y la inclinación de las mujeres hacia la crianza y el cuidado del hogar. (Velasco, A; 2024;p.47)
Algunos ejemplos concretos de la aplicación de la sociobiología en la modernidad son el marketing, donde aparecen mujeres dedicadas al trabajo doméstico. Otros, los discursos en el ámbito medicinal y de educación formal , donde se reproducen estereotipos como el “instinto maternal”. La idea de la emocionalidad juega un rol crucial en el conocido “techo de cristal”, donde se dice que las mujeres no están aptas para cargos que impliquen la toma de decisiones y liderazgo, perpetuando la exclusión de la vida pública al mismo tiempo en que justifica la reclusión en el ámbito de lo doméstico.
Este y otros mecanismos de control demuestran al capitalismo como sistema que incentiva a desvalorizar nuestra relación con la naturaleza y el resto de seres vivos. Por este y otros motivos, Federici nos invita a recuperar la cooperación y la lógica de lo colectivo, característico de las formas comunitarias tradicionales, entendiendo que venimos de la vida en comunidad y la justicia social no compromete sólo a las mujeres, sino a todas las especies que habitan nuestro planeta.
Optar por no participar de prácticas especistas no es una actitud individual ni una cuestión moral aislada. Es un acto político, una mirada feminista y anticapitalista que permite imaginar que hay otros mundos posibles, que no se basen en la explotación, saqueo, y sufrimiento -humano y no humano-. La resistencia y liberación es colectiva.














































