
El viernes 17 de mayo de 2024 se presentó en Montevideo Loli Molina. Me pareció una buena oportunidad para conocer a una artista de la que tenía buenas referencias, pero no conocía su obra. Gente diversa a la que le respeto el gusto musical me había hablado muy bien de ella, así que me dispuse a conocerla en vivo.
La apertura del show estuvo a cargo de Camila Barrios, a quien ya había tenido oportunidad de escuchar y de apreciar su maravillosa voz interpretando canciones de Darnauchans, y esta era una oportunidad de conocer algunas de sus canciones. Para la ocasión armó un listado de cinco temas que interpretó junto al guitarrista Ismael Ruibal que fue alternando entre la guitarra eléctrica y la acústica. La primera canción fue Pa’ aliviarme el corazón, la siguió Bartolito 2664 que es la primera que registró en un estudio de grabación y salió a la luz el pasado 22 de marzo, una canción que según ella fue sanadora y reconfortante y logra describirla como una compositora en la que conviven la intensidad y la melancolía.
Prosiguió con Como si y Detrás del miedo de Laura Canoura. Con esta versión se había presentado en el programa televisivo La Voz y le valió la felicitación de la propia Canoura. A veces se dice que las comparaciones son odiosas, pero cuando una artista está dando sus primeros pasos, como es el caso de Camila, no viene mal emparentar su voz con voces consagradas, tal vez funcione como una muestra de la talla que se ofrece, la versión cuenta con el delicado acompañamiento de la guitarra de Ismael, que hace lo que se espera, realzar y potenciar el lucimiento de la voz de la interprete.
El cierre fue con El boulevard una canción dedicada a su abuelo que falleció hace poco, una de las que le salió desde el alma, que decidió estrenarla y compartirla esa noche.
Tras los agradecimientos de rigor, y el comentario sincero de que nunca habían sonado así, Camila demostró que está en condiciones de desarrollar una gran carrera como intérprete y compositora.
Tras un breve impasse, subió al escenario Loli Molina con un largo vestido blanco, de mangas también largas que le daban un aspecto casi monacal o angelical, pero claro, era un ángel empuñando una guitarra eléctrica.
Los arpegios se sucedían, las vocales se estiraban, se alargaban, la voz se lucía creando un clima casi mántrico que se complementaba con el excelente trabajo de luces.
El recital fue de menos a más en la comunicación de Loli con su público, tras las primeras palabras de agradecimiento y bienvenida el silencio volvió a apoderarse de la sala, otro arpegio, el ruido de los dedos deslizándose por las cuerdas, «un segundo, una eternidad», canta Loli y todo puede caber en una canción.
Continuó con Azul para mí y después anunció una versión de un compositor dominicano al que recomienda llamado Vicente García, «él es caribeño y para arriba, no como yo, afirma, que soy sureña y bajón». La canción se llama Un momento en el aire.
Las canciones se sucedían como en una ceremonia, uno podría imaginarlas alrededor de una hoguera, con el cielo como techo, aceptando una invitación a entrar en comunión con lo que nos rodea.
Lentamente el clima se fue distendiendo, Loli preguntó cómo iba el viaje, juzgarlo del uno al diez y nos propuso llevarlo a diez mil, aunque la tónica de canciones intimistas y climáticas continuó, el juego de luces y sombras se apoderó del escenario, pero entre canción y canción el diálogo de Loli con la platea fue cada vez más fluido, se acercó a la cordialidad de un toque en un boliche. De a poco empezamos a notar que no había un orden de canciones prestablecido, el papel que posó en el piso cuando subió al escenario rara vez fue mirado por la cantante, las canciones se sucedían, alguna la presentaba por su nombre, otra la caracterizó como una canción simpática aunque después se arrepintió y aclaró que no es tan simpática, porque viene atada a una anécdota de su niñez, cuando un día le preguntó a su mamá si cuando era chica era una niña linda y la mamá le respondió que era simpática.
Loli se fue soltando cada vez más e invitó al público a que le pidiera canciones, «ya saben cómo es —afirma— ustedes me van pidiendo y yo elijo». Desde la platea una voz femenina solicitó Ricardito la canción que cierra el álbum «Los senderos amarillos», ese que me recomendaron como puerta de entrada a su obra.
La solicitud generó un intercambio sobre el destino de la golosina, desde el minuto de silencio que se pidió desde el escenario a la certeza, desde la platea, de que el Ricardito resucitaría en breve. En honor a él se cantó la canción.
Loli pensó un momento con qué canción seguir, ¿qué les voy a dar?, «el silencio es importante afirmó, vale estar en silencio y que haya gente mirándote». Pero mientras hablaba siguió pensando qué canción cantar, entonces volvieron los pedidos del público, se descartó Mensajes en el mar, para interpretarla necesita del acompañamiento del grupo español «Las migas» con quienes la escribió en tiempos de pandemia.
Tras un par de canciones llegó el momento de una versión de La pena de «El Príncipe» Gustavo Pena quizás es uno de los artistas, junto a Fernando Cabrera, que más ha influenciado a la generación de cantautores argentinos de este siglo XXI. Muchas canciones de El Príncipe se han popularizado a través de la voz de otros artistas, desde Manu Chao a Onda Vaga o esta versión de Loli. Mientras tanto, él se mantiene como un ilustre desconocido.
El recital fue llegando al final, la ceremonia del canto y la concentración del público se mantenían, el silencio era casi absoluto, el oído y la vista se clavaban en el escenario, la distención se daba entre canción y canción.
Finalmente descubrimos qué contenía el papelito en el piso, era la lista de agradecimientos, mucha gente estuvo detrás de este recital, más de los que la memoria puede retener.
El recital se iba cerrando, pero había tiempo para una más, la de los bises. Propuso cantar una canción juntos, es su momento preferido del concierto, el que le da fuerzas para salir de ese lugar en la montaña donde vive recluida desde hace un tiempo. «En la actualidad vivo en un lugar donde abro la puerta y hay vacas». Tras la charla planteó una canción donde el público repitiera lo que ella cantaba. Se trata de una canción que aprendió en círculos de meditación, de cura. Nos dijo que en algún momento iba a aparecer Dios, pero sugirió que no nos asustáramos, que simplemente le pusiéramos a esa palabra la cara que queramos, cara de selva, de señor barbudo, de montaña o la de Diego Maradona, en fin, la libertad de ver a Dios en donde queramos. Cantar como medicina, como cura compartida, un espacio horizontal donde nadie es más que nadie, «cuando se logra pasan cosas increíbles», afirma.
Yo digo y ustedes repiten: «Yo soy cantora, mi vida es cantar…»
Tras un viaje de avión y un cruce en barco para llegar a la Zitarrosa, a Loli le aguardaban más kilómetros, una presentación el sábado en el flamante teatro Escayola y otra frente al océano en Punta del Este.
La gente se retiró en calma, la simpatía y el talento de Loli se desplegaron en Montevideo una vez más.
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