La foto es una captura de pantalla de todomercedesok
Bailando bajo la lluvia
Texto: Edh Rodríguez
Edición: Paola Menta
11 de enero
I’m singing in the rain
Just singin’ in the rain
What a glorious feeling
I’m happy again
Ah la lluvia… ¡Jue’ pucha con la lluvia! ¡Qué ganas de aguar la fiesta tenía ayer! Todo el día que sí que no, que a lo mejor tal vez.
En la primera visita que hicimos a la Manzana 20, ya antes del mediodía estaban armando sonido y luces. Arriba, como una espada de Damocles, un toldo gris perla, salpicado de zonas añiles, plomo, y variedades de una paleta de tormenta detenida sobre la capital del Jazz. Cada tanto una lluvia de gota finas como alfileres, dispersas, sembrando duda. Una batalla épica entre las previsiones, el optimismo y el entusiasmo se estaba peleando en algunos sitios.
A las 18, como un guiño, el cielo se poblaba de nubes mucho más blancas, con huecos por los que se colaba el azul de un cielo promesa de fiesta, hoy y siempre. La gente estaba dedicada a pleno a una de las actividades casi obligatorias de la ciudad, trillar la rambla, termo bajo el brazo, y detenerse en alguno de muchos puestos de tortafritas, pasteles, tortas, donas, panchos y cuanta cosa pueda comerse con una mano, mientras la otra sostiene el mate. Así somos, no vamos a renunciar jamás a las horas de rambla. Habrase visto.
A las 20, el cielo seguía encapotado, pero ya nadie anunciaba lluvia. Lentamente, casi con timidez, la manzana se iba poblando de jazzeras, como ella llama a las sillas de playa que son parte del equipaje obligatorio de gran parte del público. Los puestos de venta de comida, merchandising de Jazz a la calle, libros, adornos, bijou y demás estaban en la efervescencia propia del primer día de zafra. Sobre el escenario se ajustaban los mil detalles finales del sonido. Porque una de las joyas del encuentro, es siempre la calidad del sonido. Íntimo, potente, claro, dejando que cada matiz de lo que se hace llegue a nuestros oídos.
A las diez, Rossana Gioia, de negro y rojo, carpeta en mano, nos dio la bienvenida. Momento de descorchar el primer vino del encuentro, y adoptar esa actitud de escucha atenta, y comentarios en voz baja. Jazz a la calle ha formado un público que cada año crece y se renueva constantemente, donde el respeto por el artista, y quien lo disfruta es del orden de lo sagrado. Eso se transmite, circula y va componiendo una trama que se modifica y se sostiene año tras año, casi como un organismo vivo.
La Orquesta de la Escuela Jazz a la Calle suena siempre afiatada, y es además la apertura, la muestra de un camino que se traduce en standards del jazz de big bands, siempre bien arreglados donde tema a tema, cada músico tiene su momento de lucimiento. El coro sonó con el entusiasmo de siempre, y se le nota el trabajo sostenido durante un año más.
Entonces, llegó ella, la que nadie quería, la que había estado jugando al sí pero no, y no pero tal vez, desde el viernes. Un lento, desganado y desgranado éxodo comenzó a notarse. Pero de los malos tragos surgen a veces los momentos mágicos. Con una generosidad admirable, el Sexteto de Rafael Delgado, acortó su repertorio, cediendo parte de su momento a la fiesta de ritmo del brasileño Josiel Konrad.
Tenía todo el sentido del mundo que los argentinos que hacen un delicado ensamble de folclore, tango, ritmos del norte argentino y el sur brasileño, tocaran antes de que el grupo de jazz electrificado a la Miles Davis – Marcus Miller cerrara. Como haciendo un pasaje sereno por el living antes de irse a bailar hasta caer en el patio.
Los argentinos tocan un repertorio lleno de matices, donde el piano de Mariano Agustin Fernández (quien además es el arreglista de los temas) es una cascada de melodías que rodean al violonchelo de Delgado. La batería tiene un rol importante en la fusión de folklore y jazz. Guitarra y contrabajo sostienen el pulso. El quinteto propone un viaje sonoro que recorre el litoral y el norte argentino, recogiendo una tradición centenaria de ritmos como la milonga y la chacarera, fusionándolas en un lenguaje donde el tango más se intuye que se escucha y el mundo del jazz aporta sobre todo una paleta de sonido brillante.
El grupo que lidera Konrad derrocha ritmo, buen gusto, tienen en el cuerpo ese suingue brasileiro del que cantaba Fernanda Abreu. La trompeta asordinada arrima siempre un matiz de cool jazz, el bajo, la batería y el piano eléctrico son una aplanadora de funk carioca que pone a la gente a bailar bajo la lluvia, sacándose el frío del cuerpo, y armando una escena preciosa a los pies del escenario donde las luces parecen pintar el agua mientras la música sigue a todo soul con una banda que entrega todo lo que tiene para dar sin hacer caso del clima, que no va a ser el que le prohíba a Josiel Konrad su arte, su resistencia y su fiesta que se contagia de un cuerpo a otro.
Nació en Mercedes en 1972. Escuchador compulsivo de rock, pop, blues, jazz y otras yerbas. No le incomoda ver cien veces la misma película. En 2025 publicó Un robo perfecto su primera novela en Estuario / Hum (Colección; Cosecha Roja) En Cooltivarte, ha reseñado libros, discos y recitales. Sigue sin saber bailar tango.