
Una mesa ratona, una botella con flores amarillas y una copa con agua son la despojada y eficaz escenografía de un recital que prometía circular los caminos de las emociones.
A la izquierda del escenario Diego Presa y sus guitarras, a la derecha se fue intercalando una larga y variada lista de amistades invitadas.
Diego entró al escenario y sin decir palabra empuñó su Fender blanca y arremetió con la fuerza de Futuro.
Tras este comienzo tomó la palabra, nos avisó que sería un recital donde personas que le son muy queridas estarían acompañándolo en el escenario. Dicho esto, se aventuró casi treinta años atrás, cuando era un adolescente “raro” —según él— que en un momento encontró su lugar en el mundo cuando conoció a Hugo Giovanetti Viola, su biblioteca y su universo. Desde un taller literario brindado por Hugo, surgió la Banda Barroca donde Diego y, su primer invitado, Raúl Rodríguez tocaban la guitarra, componían y cantaban. De ese tiempo llega Noche de Iemanjá, con letra de Giovanetti y música de Raúl. Prosiguen con La linterna mágica, otra postal de los lejanos noventa, de boletera con tambor y carné de Cinemateca en el bolsillo.
El recital prosiguió con Todos los besos perdidos, del disco Playa desierta, cantada en solitario por Diego.
Una pantalla en el fondo complementó la escenografía, a veces proyectando imágenes, otras simplemente jugando con las sombras de Diego, las flores y la copa.
Luego fue el turno de la primera invitada de la noche, Mercedes Xavier, que es fotógrafa, afirmó Diego y con quien interpretó “Madera”, una de las cinco canciones que integran su EP Vuelo incierto editado este año. Prosiguen con “Venime a buscar” del disco de Buceo Invisible, Disfraces para el frío.
Diego queda solo en el escenario y con su guitarra española interpreta “Melodía simple”, proveniente de su último trabajo solista, el EP Visitante.
El siguiente invitado fue Walter Bordoni, que no iba a poder participar esa noche, porque tenía pautado a unas cuadras su propio show en la Sala Zitarrosa, pero un paro de trabajadores municipales lo obligó a postergarlo. Al enterarse de la suspensión Diego lo invitó a sumarse para traer a Dino en la voz y a Onetti en el pecho. Juntos interpretaron “Mi ciudad”, la canción de Gastón Ciarlo que integra el disco Vientos del sur. Un arpegio milonguero en la guitarra y un tenue silbido funcionaron a la perfección para darle un aire entre solemne e íntimo a la interpretación.
Llegó el momento de bajar el promedio de edad y para ello recurrió a unos amigos del alma que forman parte de la movida indie, esa referencia que nunca deja del todo claro qué denomina. Diego afirma que, con Fabrizio Rossi, Bianca Garibaldi y Francisco Trujillo han compartido muchas horas y algunos discos.
Con ellos interpretó “A coro” y “Adolescencia”.
El intervalo entre invitados fue con Diego cantando una canción solo, “todo está saliendo muy bien, estoy esperando que surja algún problema”, afirma, y se dispone a estrenar “Secreto”, una canción nueva que probablemente integre su próximo disco.
Fue el turno de subir al escenario de Alejandro Ferradás, quien fuera productor de Trece canciones, el segundo disco solista de Diego y quizás el más pop de su carrera. Interpretaron “Temple”, una canción compuesta entre los dos que se estrenó en este recital. “Una casa en el desierto a la que siempre podés volver”, afirma la canción, convocando a Galemire a sumarse a esta fiesta.
Y si está Diego y Ferradas, un convocado es Darnauchans, que no solo estará presente en su canción, sino en la guitarra que empuña Alejandro, la vieja “Juana” Gibson del trovador que es custodiada con celo por quien fuera su último guitarrista, una guitarra con muchas historias, que sale poco y hoy dice presente, para lograr el singular caso de recibir un aplauso por el solo hecho de haber sido la guitarra de Darno y estar hoy aquí. Con ella interpretaron “Sonatina”, una de las últimas canciones compuestas por Darnauchans y tal vez la única que hace referencia al perjuicio que le causó la dictadura militar.
“Flores violetas” fue otro estreno en este recital, la voz y la guitarra de Diego funcionaron como un mantra, el silencio es absoluto, ni siquiera se escuchó a la platea menuda, esa compuesta por algunos de sus alumnos, que aún cuentan sus años con una sola mano y hoy asisten tal vez a su primer recital, el del profe de música.
La siguiente invitada fue Samantha Navarro, con ella interpretaron un poema del libro Desviaciones de Diego, el que Samantha le recomendó a Ida Vitale cuando la poetisa le preguntó qué estaba leyendo. “El ciervo” y “Sos” fueron las canciones elegidas para este segmento del recital.
Un concierto así llevó mucha preparación, muchos días de coordinar cosas, de pensar. No se hizo solo, obviamente, y la excusa era “generar nueva sustancia, nuevas experiencias, que nos pasen cosas nuevas en este mundo”, dice Diego.
Tras estas palabras anunció la siguiente canción, “Mis incendios”, interpretada en solitario, canciones que funcionan como puentes entre las personas invitadas.
Además de su proyecto solista y de Buceo Invisible, el grupo que fundó con sus amigos hace ya más de un cuarto de siglo, Diego ha generado simbiosis creativas que han dado y dan frutos interesantísimos. El trío El astillero es uno de esos y su reunión con Marcelo Fernández de Buenos Muchachos es otro.
Para evocar al primero invitó el escenario a Gonzalo Deniz, juntos interpretaron “Cruzar la noche”, el tema que abre y da nombre al segundo disco del trío y “Un día cualquiera”. “Nosotros éramos un trío” afirma Diego, y manda un abrazo al tercer integrante desde el escenario, en lo que por ahora parece ser la única forma de comunicación posible.
Con Marcelo hace unos meses recorren la noche montevideana y un poco más allá también, cuando sube al escenario pide un aplauso para Diego a quien define como músico, poeta y luchador de la música.
La primera canción es “Nico Cuevas”, proveniente de Se pule la colmena, el disco de Buenos Muchachos de 2011. Prosiguen con “En el barrial” y cierran el segmento con “Mandolina”, que ha falta de ella, Marcelo se encargó de emular su sonido en la guitarra.
Para el cierre, tras más de una hora y media de recital, todos los invitados subieron al escenario para entonar la canción que da nombre al espectáculo, “Hoy la casa se abrió”.
Un cantautor y sus diez invitados, entre todos talaron un árbol para fabricar una bellísima caja de fósforos, las canciones se encendieron, nos regalaron su fulgor y se apagaron allí, para el disfrute de quienes apuestan a la hermosa ceremonia de asistir a un recital.
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