
Creo que casi todo está escrito. Pero hay veces que pasamos por momentos, al escuchar músicas o recordar fechas, que nos traen recuerdos y nos mueven profundamente ¿Que es eso sino festejar la vida? Recordar y agradecer, volver en una frase de canción a la matriz de la existencia, volar en un fraseo que se disuelve buscando una melodía. Aquella melodía de la que nadie sale ileso.
El Príncipe, generador de disonancias sobre mixturas de estilos, toques de rock o bossa, milonga, tambores y hasta el sutil perfume del viejo Jade. Muchas veces parte de la vanguardia, si tenemos en cuenta la lírica, el sonido y los años en que algunos de sus discos fueron creados. Cuando el tren corría por allá, él ya estaba en otro lado. Sus trabajos fueron compuestos con el corazón en la mano, con gritos desesperados de gigante desgarbado y sobre todo, era dueño de un torbellino creativo increíble. Fue una picadora silenciosa de armonías, cantando casi sin hacerlo, frágil, viajando en las alas de la guitarra, de la armónica, del mandolín o de cualquier instrumento que le picara cerca. Iba tejiendo redes, envolviendo los espacios libres que dejaban las letras, creando realidades desde su fantasía. Siempre dijo lo que pensaba y vomitaba en consecuencia: música, música y más música.
Música de esa que te lleva donde querés ir o hacia donde nunca pensaste llegar… y bastante más allá. Sin atajos, solo historia contando las historias. El vive en su arte, en el cachetazo y en la alegría dulce de poder cantarlo. Gustavo Pena siempre estuvo cerca de la gente que lo siguió, está presente en todos los que tocaron con él y en quienes compartieron su vida, y hoy está en los que se fueron sumando, con el paso de los años, al descubrir sus discos. Lamentablemente muchos llegaron tarde para poder disfrutarlo en vivo y sobre el escenario. En Internet, hay documentales, entrevistas y canciones, disfrutamos de escuchar su risa contagiosa cada vez que se escapa de su boca un “…¿entendés?”.
Espíritu Inquieto, el film documental de Matías Guerrero y Eli-U Pena (su hija) es una joyita que lo pinta de cuerpo entero. El Príncipe sigue aumentando el volumen de seguidores, incluso fuera de fronteras, sus canciones son versionadas por artistas de todas partes, pues su magia nunca dejó de latir. Ganó con la furia de su talento, nos ganó por demolición. Escribió mil canciones, desde la bruma, desde la lucidez, lúdicamente y con las tripas, trenzando amor, certezas y swing. Podemos disfrutar de sus discos que, gracias a Eli-U, están colgados en su Web de divulgación. Ahí encontramos toda su obra y canciones rescatadas de decenas de cintas que Gustavo grabó y acumuló incansablemente: https://imaginandobuenas.com.uy
Todo está ahí, es una hoja de ruta que se sigue escribiendo pues esas canciones fueron, y son, un camino sin destino final. Existió. Existe. Vive y solo con recorrer sus discos, prestando oídos, es cuestión de tiempo para que suceda el milagro. Siempre en pos de su arte fue generando su reinvención, clima sobre clima en un flujo vital y natural. Sus discos son inquietantes, al rojo vivo, de los que nadie sale igual después de dejarse llevar. El Príncipe te va desollando como a una presa, la interna o la colectiva. Su arte es un hilo que une y nunca separa. Eso sucede pocas veces, pero acá sucede. No me refiero a una letra o a una canción (que las hay, sublimes y que hoy todos cantamos) me refiero a toda la obra, las de su etapa solista, con banda o compartiendo otros proyectos.
Muy a menudo en nuestro país deben pasar diez, quince o veinte años para que digan de una banda o un músico: “es muy bueno”, “es crack”. Casi siempre pasan años para recibir el reconocimiento general y eso es absurdo. Pasará, y pasa hoy con artistas vivos que son referentes y tienen mediano apoyo, ni hablar de los que se fueron de gira y recién ahí llegó una caricia. Con el tiempo a El Príncipe le llegó esa perversa validaciòn, pero él nos regaló desde el comienzo de su carrera el ángel de sus melodías, el abrazo emotivo que genera lágrimas de alegría, de arrepio…nos regaló esa emoción que solamente produce la música cuando es infinita.
Príncipe, salú, gracias por la música. Gracias Eli-U por compartir con nosotros su (tu) tesoro.
fino.















































