
Él nunca pareció demasiado interesado en las verdades definitivas. Con Los Druidas, una banda que nació de una intuición en una noche que Mandrake fue a un concierto en la Sala de Museo y desde esa idea e inspiración ya han transcurrido diez años. Hoy vuelve con “Un plan perfecto“, un disco pensado para ser escuchado entero y presentado en vivo, también en vinilo, como quien todavía cree que escuchar requiere atención y deseo.
Su historia empezó mucho antes de Los Druidas. Desde los años ochenta, su nombre quedó ligado a una manera particularmente uruguaya de entender la canción: el candombe conversando con el rock, la música popular con la poesía, el humor con cierta melancolía montevideana.
En 1984 editó su primer trabajo discográfico y en 1985 formó Los Terapeutas, banda con la que construiría buena parte de su trayectoria y una identidad reconocible dentro de la canción montevideana.
A lo largo de los años vendrían discos, escenarios, colaboraciones, canciones que otros músicos hicieron propias y una relación particularmente intensa con la obra de Eduardo Mateo.
Los Terapeutas no fueron simplemente una banda más. Fueron una manera de leer el Uruguay.
Candombe, rock, murga, reggae, pop, humor, barrio, ciudad. Una mezcla que nunca pareció necesitar demasiadas explicaciones porque estaba demasiado ocupada sonando. Wolf compuso, entre otras canciones, “Amor profundo“, popularizada luego por Jaime Roos.
Participó en proyectos de homenaje a Eduardo Mateo y recibió premios Graffiti por su trabajo. Podría haberse quedado ahí pero Mandrake es artista y los artistas crean.
Volver a ser una especie de principiante
En 2016, cuando ya era una figura consagrada de la música uruguaya, empezó a tocar con músicos mucho más jóvenes. De esa experiencia surgiría Mandrake y Los Druidas, cuyo primer disco apareció en 2017.
Pero la historia, contada por él, no parece la de una decisión empresarial. Mandrake había ido a un concierto en la Sala del Museo y al escuchar quienes estaban en escena, recordó a Cream, a Jimi Hendrix, a una zona del rock que le interesaba especialmente. No era solamente el género. Era una textura. Una forma de tocar.
“Me había vuelto a volver loco con Cream y con Jimi Hendrix.”
Y entonces hizo algo que quizás explique mejor quién es Alberto Wolf que cualquier biografía.
Escuchó a unos músicos jóvenes y quiso volver a empezar. Primero Federico Anastasiadis. Después Nacho Echeverría. Después Ignacio Iturria.
“Fui uno por uno.” No había amistad previa. No había una banda esperando ser descubierta. Había curiosidad y una intuición.
La misma intuición que alguna vez llevó a un músico a mezclar candombe y rock cuando esas fronteras todavía parecían más sólidas. La misma que lo hizo acercarse a Eduardo Mateo. La misma que ahora, décadas después, lo llevó a formar una banda con músicos veinte años menores.
Los Druidas fueron, en cierto modo, una segunda juventud artística pero decirlo así sería demasiado sencillo porque no se trataba de rejuvenecer, se trataba de volver a no saber.
Quizás la palabra que mejor atraviesa la conversación con Mandrake sea curiosidad. No aparece como una consigna. Aparece en las cosas que le preocupan.
Le preocupa que algunos artistas dejen de buscar referencias. Le preocupa que la música se convierta en decoración. Le preocupa que las canciones sean consumidas separadamente de los discos que las contienen. Le preocupa, incluso, esa certeza contemporánea según la cual cada uno parece haber descubierto la verdad definitiva.
“Nadie escucha lo que dice el uno o lo que dice el otro”, dice.
Mandrake llama a eso “una seguridad tonta”. La frase podría funcionar como una pequeña teoría de nuestro tiempo.
Vivimos rodeados de personas que saben. Que tienen una respuesta. Que conocen el lado correcto. Que ya decidieron quién es bueno y quién es malo y frente a eso, Mandrake parece defender una actitud mucho más incómoda: preguntar. dudar, escuchar, mirar otra vez, cambiar de idea.
Quizás la curiosidad sea una forma para no convertir a la cultura en una lista de certezas.
Cuando Mandrake cuenta cómo formó Los Druidas, no parece estar describiendo el nacimiento de una banda. Parece estar describiendo el nacimiento de una pregunta.
¿Qué pasa si hago esto de otra manera?
¿Qué pasa si las canciones suenan más crudas?
¿Qué pasa si trabajo con músicos que no pertenecen a mi generación?
¿Qué pasa si dejo que ellos también modifiquen lo que yo creía que eran mis canciones?
“Quería que sonáramos distintos a Los Terapeutas.”, dice.
La diferencia era importante. Los Terapeutas ya tenían una identidad demasiado fuerte como para intentar repetirla sin convertirla en caricatura.
Los Druidas necesitaban otro cuerpo. El vínculo musical se fue interiorizando y fue haciéndose más profundo.
La imagen que Mandrake utiliza para describirlo es extraordinaria: “Empezó un embrión, que fue el primer disco, se fue haciendo un niño, adolescente y ya es una persona adulta.”
Diez años después, ese organismo está vivo y Un plan perfecto es su cuarto disco.
El cuarto disco de una banda que no quiere una etiqueta
Los Druidas nunca parecieron demasiado interesados en responder qué género hacen: Rock, Blues, Candombe, Psicodelia, Música uruguaya, Funk. Todo aparece. Nada termina de imponerse y Un plan perfecto profundiza esa libertad.
Son trece canciones que Mandrake describe como una “pinturería“: Hay oscuridad, semioscuridad, claridad, luz. No es una metáfora menor porque también permite entender cómo funciona su escritura.
Una canción puede hablar del diablo y terminar hablando de nosotros. Otra puede partir de un barco hundido y terminar hablando de la memoria.
Otra puede nacer de una canción de The Church y terminar convertida en una historia que parece uruguaya.
Otra puede incorporar una referencia a Lovecraft.
Y ninguna necesita explicar por qué.
Hay otra idea que atraviesa la entrevista y que quizás sea todavía más profunda: Mandrake no solamente quiere que la música sea escuchada, quiere que escuchar vuelva a importar.
Por eso cuestiona la música utilizada como fondo en restaurantes, en la playa. En cualquier lugar donde el sonido aparezca como una obligación.
Existe el derecho al silencio, el derecho a la atención, el derecho a que una obra tenga un espacio propio y también del respeto por el músico.
Porque si una banda está tocando mientras la cocina anuncia platos, mientras los mozos cruzan el escenario y mientras el público conversa por encima de las canciones, algo se perdió antes de que empiece el primer acorde.
La música dejó de ser el acontecimiento. Se convirtió en ambiente.
El escenario también es una discusión cultural
Por eso la elección de La Trastienda para presentar Un plan perfecto no es solamente logística, tiene que ver con escuchar, con el sonido, con la posibilidad de que la banda pueda ocupar el espacio.
Mandrake ya había presentado allí discos anteriores y recientemente volvió como invitado de Cayó La Cabra.
Su técnico, Diego Vidal, le confirmó algo decisivo: el lugar suena bien.
En un país donde los músicos todavía deben negociar permanentemente con espacios que no siempre fueron pensados para la música en vivo, encontrar un lugar donde el sonido y las luces acompañen el espectáculo no es un detalle. Es parte de la obra. La cultura también necesita arquitectura. Necesita escenarios. Necesita técnicos. Necesita horarios razonables. Necesita público. Necesita dinero y necesita respeto.
Después de la pandemia, el tiempo volvió a tener otra forma
Mandrake habla de la pandemia sin nostalgia. Fue terrible para él.
Pero también reconoce una consecuencia inesperada: los conciertos empezaron a terminar antes.
Antes se podía tocar hasta la madrugada. Ahora es posible empezar a las 20.30 o 21 y terminar cerca de las 23.
La música dejó de necesitar la madrugada para demostrar intensidad. El público puede volver a casa. Dormir. Trabajar al día siguiente y, quizás, escuchar mejor.
“De a poco se empezó a encontrar una forma más respetuosa y mejor para escuchar música”, dice.
Y entonces aparece el objeto: El disco. El vinilo.
Ese círculo negro que durante décadas fue dado por muerto y que ahora vuelve a las casas como si hubiera estado esperando tranquilamente su turno.

Mandrake no lo reivindica por nostalgia. Lo reivindica porque invita a escuchar de otra manera.
Un plan perfecto fue pensado para ser escuchado entero. Tiene un orden. Tiene una estructura. Tiene un lado A. Tiene un lado B.
Y, en algún momento, hay que levantarse. Dar vuelta el disco. Volver a sentarse. Continuar.
Mandrake cuenta que una vez escuchó el álbum entero en una radio y pensó que era demasiado largo hasta que Nacho le señaló el problema:
Lo había escuchado todo de corrido. El disco estaba pensado para ser interrumpido (lado A y luego pausar para volver a concentrarse en el lado B).
La pausa formaba parte de la obra.
Una obra que necesita que el oyente se levante, que abandone la reproducción automática, que toque físicamente algo, que vuelva, que continúe.
El vinilo, en ese sentido, no es solamente un soporte. Es una pedagogía de la atención.

Después llegaron el cassette, el CD y las sucesivas promesas de la industria. Cada nuevo formato venía acompañado de una explicación sobre por qué el anterior había quedado obsoleto.
“Te van llevando a cómo tenés que consumir la música”, dice.
La frase no es una crítica al progreso tecnológico. Es una observación sobre el consumo porque cada soporte modifica también nuestra relación con la obra.
El cassette permitió otra intimidad. El CD prometió “perfección”. El streaming eliminó casi por completo la necesidad de poseer.
El vinilo, en cambio, devuelve algo que parecía perdido: El objeto. La espera. La tapa. Las letras. La materialidad. La idea de que un disco no es solamente un conjunto de canciones. Es un mundo.
Y Un plan perfecto quiere ser escuchado como mundo completo.
Un plan perfecto para un mundo imperfecto

El título del disco podría leerse como ironía pero también como una declaración.
Un plan perfecto no es necesariamente aquel en el que nada sale mal. Puede ser aquel que deja lugar para lo inesperado.
El 9 de octubre, Mandrake y Los Druidas llegarán a La Trastienda para presentar Un plan perfecto.
Será un concierto pero también será una especie de demostración.
La demostración de que una banda que nació de una intuición puede llegar a una década sin haber agotado su curiosidad.
La demostración de que un músico que ya era un referente antes de que existieran Los Druidas todavía puede permitirse volver a empezar.
La demostración de que el álbum todavía puede ser una forma de pensamiento. No una canción. No un fragmento. No quince segundos en Instagram, el mundo completo y la vida que sigue.
Sin dudas es una cita imperdible y las entradas están a la venta en este link.