El bahiano João Gilberto es un misterio que envuelve al universo de la música y se convierte en una obsesión, pues no sabemos cómo y de dónde, los grandes creadores sacan la capacidad -siendo autodidactas- de cambiar la historia. Gilberto es uno de los tantos genios (como Lennon o Mateo) que nunca tuvieron una formación sistematizada. Son autodidactas e ignoraban por completo (en el caso de Lennon, por ejemplo) las leyes de la armonía y por ende las leyes de la música. Sin embargo, son tan intuitivos y tan originales que culminan siendo artistas que generan escuela, o por lo menos un rumbo inédito en la historia de la música.
Gilberto era un muchacho autodidacta que llegó a Río con la esperanza de transmitir su arte a los músicos cariocas y por supuesto a un público que pudiera comprender lo que proponía. Pero el resultado inicial fue desastroso. Gilberto vagó por las calles, buscó lugares dónde presentarse y tuvo que resignarse al fracaso. Sin embargo, el fuego de la verdad que llevan los verdaderos artistas le exigía insistir. Insistir. De esa forma logró conectarse con músicos jóvenes que sí entendieron que estaban frente a un genio y no a un divagante, como muchos aseguraban. Una noche, Gilberto cayó sin aviso a la casa de los padres de Roberto Menescal en un aniversario de bodas.
Roberto llevó a João hasta una pieza del fondo, mientras la fiesta se llevaba a cabo. En ese cuarto alejado, Gilberto le cantó una canción que había compuesto y que no era gran cosa. Lo que sí era sorprendente, era cómo la hacía. Su forma de cantar y de tocar en simultáneo, rompía con todo lo hecho hasta el momento. João jugaba con el tempo y además cantaba lo más bajo de volumen que puede un cantante. Y eso no quedaba ahí.
La versión de aquella obra fue tocada repetidas veces frente al atónito (y fortuito) anfitrión, y todas las veces las hizo distinto, demostrando los diferentes ángulos de una interpretación. Un intérprete hace casi lo mismo, salvo algunos pequeños detalles, pero en general, la rutina de un cantante es igual o parecida. Gilberto inauguraba la posibilidad de la múltiple interpretación, la osada teoría de no hacer lo mismo nunca, pero siendo EL MISMO. Aquella canción era HO BA LA LÁ.












































