
Muchos de los que nacimos en los 80’ o principios de los 90’ vivimos la música Indie como un acto revolucionario, un gran movimiento del rock donde se vio un recambio generacional también a raíz de los cambios a nivel social y cultural de los 2000’.
El Mató un policía motorizado es para mi una de las bandas más influyentes de esa época, o al menos la que me hizo entrar en ese mundo musical. La que me llevó y lleva a imaginar un grupo de amigos grabando en una casa, en un cuarto, o en un garaje. Ese tipo de banda que tiene una cosa estética muy marcada, que sale a tocar con poca producción pero con mucha vergüenza, algo de “chicos comunes que tocan”. Creo que la personalidad de Santiago Motorizado (vocalista y líder de la banda) y su actitud en el escenario reflejan esa idea de horizontalidad con sus pares, con un público joven que tiene una estética particular (corte de pelo taza, con nuca afeitada y ropa deportiva), pero también con un público más entrado en canas que tiene ganas de escuchar música de una manera armónica y distendida.
El Sodre no es a priori un lugar clásico del under, o del indie, pero sí un lugar justo para disfrutar este tipo de show con mejor calidad de sonido e iluminación. Es que a veces está bueno cambiar el minimalismo, el escenario chico al ras del piso y las barras de birra, por un lugar que te permita variar la costumbre de bar y continuar con un espíritu de disfrute. Anoche hubo un público festivo, que se permitió transitar esa tranquilidad que Él Mató inspira, esa cosa de vivir el hoy.
Una banda que tiene libertad creativa, que fusiona géneros, los comparte, le gusta articular, cruza tecnología y encuentra un escenario para hacer música diferente, que creció mucho más de lo que se pensaba hace 20 años, y que escribe sobre la amistad potente, los sentimientos, un deseo en el horizonte, una situación política o social, y la necesidad de contar algo alrededor de eso.
Con casi dos horas de show hubo mucho de corazones rotos, de esas canciones que nos gustaba escuchar de jóvenes, de amores que no llegan a ser, del deseo, de esas que nos ayudan a convivir con lo que nos pasa. Porque las letras de El Mató hablan de cierta empatía, de melancolía que muchas veces representa la actitud de los artistas, que a la vez tienen un contenido lírico más amoroso, y menos “rockero”, donde no está instalada esa cultura futbolera, machista, que tiene una dinámica de entender la música como valor. Supongo que la veo así también porque el indie es una especie de banda sonora de esta generación feminista que ha cobrado tanta fuerza en los últimos años. También de la que legitima la idea de encontrarse en la diversidad y en la interpelación de cómo podemos enamorarnos, de quien, sobre qué escribir, destruyendo viejos esquemas y buscando resiliencia.
Luego de algunas canciones de Sofia Alvez, quien realizó junto a su guitarra la apertura del show, disfrutamos de esta banda con bases electrónicas que sostienen una misma sonoridad, sintetizadores, y un sonido medio pop, oscuro por momentos, más luminoso por otros, una luz que arrasa con todo un sábado Under.
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