Imagen portada: Firma del astro del fútbol mundial Diego Armando Maradona. wikipedia.org

Diego Armando Maradona

Ahora que las cosas se han calmado un poco y Maradona descansa en paz, se supone, puedo escribir esta columna con el sosiego que ofrecen los meses idos y no estar su figura rechoncha estampada en todos los medios, como si se tratase de la celebración de una Copa del Mundo o algo semejante. Asistimos al triste espectáculo de buscar responsables de su muerte, las personas encargadas de cuidarlo para que no se muriera. Entonces aparecieron por ahí una enfermera y un médico. ¿Responsables de su muerte? No parece ni justo ni ético. La ficha clínica del jugador la firmaba la muerte, porque Diego Armando Maradona era un hombre condenado a morir por su incontrolable adicción a las drogas y al alcohol. Su deterioro físico y mental era evidente y continuo. Su muerte prematura (nadie es viejo a los sesenta años) fue, en realidad, una bendición divina para los argentinos y para quienes lo admiraban en el mundo. Mejor recordarlo así que convertido en un humano deshecho y un desecho humano como tantas otras figuras públicas mundiales que no vienen al caso mencionar, muertos prematuramente por las mismas causas.

Diego Armando fue un buen jugador de fútbol, aunque no el mejor. Sin embargo sus hazañas dentro de la cancha responden a dos hechos esenciales: el gol maravilloso donde elude a medio equipo rival partiendo desde la mitad de su campo (pero no es el único jugador que hizo un gol igual), y el gol con la mano. Personalmente son los hechos deportivos, o poco deportivos, dentro de la cancha, los que vienen a mis recuerdos cuando pienso en él, porque normalmente lo recuerdo como un hombre adicto, escandaloso y violento. Como dijo Clarín Deportes, de Buenos Aires, el 25 de noviembre, “Es también Maradona el hombre que se fue apagando. Se resquebrajó su cuerpo y empezó a sacar a la luz tantos años de castigo físico, de desbordes, de excesos, de patadas, de infiltraciones, de viajes, de adicciones, de subibajas con su peso, de andar por los extremos sin red de contención”. La descripción de Clarín Deportes no deja lugar a la especulación. Es un texto definitivo.

Personalmente no tengo mejores imágenes de Diego Maradona. Ni tampoco otros recuerdos de él como persona o como futbolista. Su muerte provocó las reacciones naturales que significa la muerte de un ídolo para un pueblo, sobre todo un ídolo de fútbol para los argentinos. La gente lo aclamó y lo lloró como se clama y se llora a quienes están en la conciencia popular más allá de la reflexión y del sentido común. Para la gente común que vive la alegría de un partido de fútbol como si fuese el último día de su vida, jugadores como Diego Armando Maradona, venidos del sufrimiento para alcanzar el cielo y la gloria, representan un pedazo de sus propias vidas laceradas por una vida implacable. Por eso no me sorprende su endiosamiento en una época de crisis moral que no luce, precisamente, por valorar el rol del ciudadano en la sociedad, sino que derechamente prefiere el mundo de los “vivos y ganadores”. Se vive el triunfo del individualismo y la viveza todo terreno, sobre todo en América Latina, donde el pillo suele ser visto con admiración. Maradona fue un hombre de su tiempo y el culto que se le profesa, principalmente en Argentina, responde, a mi juicio, a esta crisis valórica que caracteriza al siglo XXI pero que se arrastra desde las últimas décadas del siglo XX.

Por lo mismo, que se haya fundado en la ciudad de Rosario el 30 de octubre de 1998 la Iglesia maradoniana, tampoco me sorprende. Para algunos, una parodia religiosa; para otros, un sincretismo que reúne distintas teorías, actitudes u opiniones. De hecho, uno de sus fundadores, Alejandro Verón, declaró: “Tengo una religión racional, y esa es la Iglesia Católica, y tengo una religión en mi corazón, la pasión, y eso es Diego Maradona”. La iglesia se expandió por Europa y América y sus fieles sumaban hasta el año 2015 más de 500.000 mil. Reclamó la Iglesia Católica y otros fruncieron el ceño o simplemente se rieron de lo que consideraban una olímpica payasada provocada por un fanatismo sin filtro y sin cordura. Pero los miembros de la comunidad maradoniana dicen que la llamada iglesia no es más que “dar lugar a las emociones generadas por Diego Maradona y la pasión futbolera. Mostrar lo que siente hoy la gente por los deportistas que nos representan, respetando las creencias de los demás”, como dice Raúl Piña en su artículo publicado en elmundo.es DEPORTES: “La Iglesia Maradoniana echa sus raíces en España”, del domingo 5 de septiembre de 2004.

Y para que esta historia de Maradona y su iglesia tengan todos los ribetes propios del fanatismo, del escándalo, del escarnio o del circo, hay que recordar que dispone también de sus diez mandamientos, siendo el noveno: “Llevar Diego como segundo nombre y ponérselo a su hijo”. Y, por supuesto, también el Padre Nuestro (y es nuestro de verdad), como se lee en su título. La primera frase es “Diego nuestro que estás en el cielo”. Y cómo no, el Dios te salve escrito así: “D10S te salve”. Por último, el Creo, infaltable en el culto al jugador. En una de sus partes se lee: “Padeció bajo el poder de Havelange, / Fue crucificado, muerto y mal tratado. / Suspendido de las canchas. / Le cortaron las piernas”.

Yo solo espero que nunca nadie me corte el entendimiento, con iglesia maradoniana o sin inglesia maradoniana.

Me parece.

 

 

Imagen portada: Firma del astro del fútbol mundial Diego Armando Maradona. wikipedia.org

 

 

 

 

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Alejandro Carreño

Alejandro Carreño

Profesor de Castellano, Magíster en Comunicación y Semiótica y Doctor en Comunicación. Académico en Brasil y en su Chile natal. Columnista y ensayista. Lleva adelante en Youtube su canal “De Carreño a los libros”, donde aborda temas de Literatura, Educación y Cultura.