
Cloud Nothings, de Cleveland a Bs As para dar un recital para 20 personas
Acompañado de una húmeda penumbra y solo. Así fue como Dylan Baldi compuso su primera canción, con la sencillez con la que empiezan muchas cosas importantes: encerrado bajo tierra, literalmente. En el sótano de la casa de sus padres, en Cleveland, Ohio, grabando canciones con una computadora barata, una batería medio desafinada y esa clase de ansiedad que en Estados Unidos suele transformarse en bandas de indie rock o en problemas cardíacos a los cuarenta, en su caso lo primero.
Hay algo casi ridículo en escuchar hoy los primeros temas de Cloud Nothings y pensar que detrás de ese ruido juvenil había un chico de veinte años con poca formación y grabando demos para subir a MySpace sin demasiada expectativa. Canciones cortas, fatuas, tensas, atiborradas de guitarras que parecían grabadas contra la pared. Pero incluso ahí ya estaba eso que después se volvería la huella de la banda: la sensación de que Dylan cantaba como alguien intentando atravesar una puerta cerrada con su cuerpo.
Las primeras reseñas que aparecieron en medios anglosajones hablaban de una especie de heredero accidental de la tradición lo-fi de Ohio (Guided by Voices, Pere Ubu, The Dead Boys…), cultivada con sellos barriales y músicos que hicieron una carrera entera peleados con el mainstream. Pitchfork, por ejemplo, veía en esas grabaciones caseras un salto “del sótano al estudio”, mientras The Guardian remarcaba el espíritu DIY con el que Baldi armaba canciones, cassettes y giras sin demasiada estructura profesional.
Ataque a la memoria
Una cosa es grabar canciones a los empujones para subirlas a internet y otra muy distinta es llamar al mítico Steve Albini, meterse en un estudio y decidir que el ruido puede ser un lenguaje emocional completo. En 2012, Cloud Nothings dejó de sonar como una banda de universitarios con TDAH y empezó a hacerlo como una crisis generacional que recordaba a bandas revolucionarias como Nirvana. Las canciones se alargaron, aparecieron silencios incómodos, riffs repetitivos, explosiones repentinas y letras existenciales. Baldi ya no parecía un liceal escribiendo sobre aburrimiento adolescente sino alguien tratando de sobrevivir las preguntas que habitaban en su cabeza.
Canciones como, Wasted Days, Stay Useless o Fall In producen esa sensación de claustrofobia que hace que nada sea igual después de escucharlas. Algunas canciones pasan fácilmente los siete minutos de insistencia, tensión y catarsis. Como si el tema quisiera romper algo y no terminara de decidir si el objeto a destruir es el mundo o uno mismo. Lo de No Future/No Past, posiblemente sea el himno generacional más olvidado en lo que va del siglo. Una diatriba introspectiva que prácticamente todo el planeta desconoce pero te conmueve hasta la médula el día que te detenés a entenderla.
Después de ya ocho discos, grabados en poco más de 10 años, probablemente lo más fascinante de Cloud Nothings sea que nunca fueron cool de la manera correcta. Son demasiado emocionales para ser un indie elegante, demasiado melódicos para el hardcore, demasiado profundos para el grunge y demasiado ruidosos para el power pop, una banda totalmente incómoda e inclasificable. De esas que generan devoción absoluta en doscientas personas y confusión total en el resto.
Y quizás por eso lo de Argentina terminó ocurriendo como ocurrió. En diciembre de 2018 se anunció oficialmente que tocarían por primera vez en Buenos Aires, en el popular Niceto, como parte de la arriesgada gira del Last Building Burning, que los trajo por varios países de América. Algún medio especializado en rock celebró la noticia como si estuviera llegando Sonic Youth en su apogeo noventero, pero nada de eso tuvo efecto. A pesar de que las entradas costaban menos de 20 dólares la gente, simplemente, no compró ni 100 tickets. Existen pocos registros oficiales sobre qué ocurrió ese día, los integrantes de la banda llegaron a Argentina entusiasmados con colocar las entradas a último momento. Incluso pactaron un show acústico para hacer la promoción y un par de entrevistas en radios pero lo único confirmado fue que el show terminó siendo cancelado ya que prácticamente iba a haber la misma cantidad de gente detrás del escenario que abajo del mismo. Durante años quedó flotando esa pequeña leyenda triste y hermosa del indie porteño: las ventas fueron tan bajas que la banda terminó tocando el acústico promocional de modo totalmente improvisado y para menos de veinte privilegiados en una disquería sobre la Avenida Santa Fé. Honestamente, cuesta imaginar un destino más apropiado para ese recital fallido de Cloud Nothings. Porque mientras otras bandas independientes de la década se convertían en productos de festival, Dylan Baldi seguía escribiendo cataratas de canciones como alguien encerrado otra vez en aquel sótano de Cleveland, tratando de sacar luz de entre el ruido y no construyendo una épica que gire en torno a su figura, sino elaborando una persistencia en el sonido.
Siguen grabando discos, girando y sonando como si cada canción fuera la última media hora antes de una tormenta eléctrica. Y tal vez ahí esté el secreto; Cloud Nothings nunca pareció una banda destinada para el éxito masivo sino otra cosa: una frecuencia rara, una radio mal sintonizada a las tres de la mañana con una mezcla de rock furioso y estática, algo que uno encuentra por accidente y siente inmediatamente que le pertenece.












































