
Si yo tuviera que describir el comienzo y casi toda la media hora inicial del show que dio Pat Metheny y su banda el jueves 6 de octubre 2022 en el auditorio Adela Reta del SODRE tal vez debería hacerlo así sin comas ni puntos intermedios ni pausas disparando las palabras para que usted se las arregle como puede hasta encontrarle el ritmo a este párrafo léalo en voz alta y verá como sí tiene un ritmo propio ese que le daría la puntuación que yo descarté pues necesito reflejar la energía y el flujo constante de notas con que el guitarrista norteamericano y sus músicos recibieron a la audiencia que llenaba casi por completo la sala.
Si, por otra parte, quisiera describir el sonido Metheny solo precisaría tres palabras: suena siempre igual. Sin importar el instrumento, banco de sonido u organización de las notas que emplee. ¿Es ello malo? Para nada, se llama estilo. Cada artista demuestra su maestría en el instrumento elegido haciendo que suene de una manera tan reconocible justamente por ser habitual, para no usar el conflictivo apelativo “repetido”, y esa forma de interactuar con la madera, los metales, la física del instrumento es esperable, típica de ese músico, pero el arte que logra trasciende entonces estilos, tempos, climas. En el caso de Metheny, cuyo estilo simple para lo complejo, tanto que podría confundirse con una banda de easy listening, ese sonido único además es sutil y punzante al mismo tiempo. Desde el smooth jazz con aires de bossa nova al blues y el progresivo más disonante, una vez que se lo escucha es reconocible a primera escucha. Por cierto, y este es un tópico bastante repetido: Metheny es usualmente identificado como músico de jazz, lo cual es acertado pero no totalmente ajustado a la verdad. Ya en su disco debut “Bright Size Life” (1976) el nativo de Lee’s Summit, Missouri, mostró que le interesaba ampliar los límites del jazz incluso dentro de un subgénero de por sí tan amplio como el jazz fusión, pero su ambición artística no se iba a detener en esas fronteras. A lo largo de su extensa carrera, como demostró el jueves en la Adela Reta, el norteamericano ha jugado en varias canchas, y en todas ganó. Jazz sí, pero también blues, progresiva en su variante más disonante (como cuando algo de “Zero tolerance to silence”, su disco de solos improvisados grabado en un día) o ser capaz de desplegar una sutileza exquisita, de una riqueza insólita, como mostró en el tercer set acústico, un delicioso collar sónico hilado con atisbos de joyas: The Sun of Montreal, Omaha Celebration, This is no America, Last train to home y hasta una reversión de Minuano, pieza que ya había tocado en versión cuarteto unos minutos antes. También en temas –no creo que llamarlas canciones sea lo más adecuado-, de estructura más clásica en el sentido pop del término. Incursiones por las que ha recibido las críticas de los puristas de la fusión, quienes le han criticado por considerarlas concesiones “comerciales”, como en su momento sucedió con temazos como “Phase Dance”, muy celebrada desde la primer nota el jueves, “This is not America”, la colaboración de 1985 con el “Duque Blanco” David Bowie para la película “The falcon and the snowman”, o “Last Train Home”, por citar apenas tres maravillas que solo fundamentalistas con una sobreproducción de hormona estética pueden darse el lujo de minimizar.
Pero toda esta palabrería quizás, con suerte, sirva como tutorial para quienes se enfrenten por primera vez a la música de Metheny: lo suyo son escalas y frases larguísimas, arpegios abiertos, que no se encierran en esquemas estándar ni se repiten. Siempre hay una nota más allá, una extensión del fraseo. La estructura, sin embargo se despliega de forma tan sutil, tan alejada del esquema clásico ABAB (estrofa –estribillo- estrofa –estribillo) que el vértigo ante la aparente falta de resolución está sabiamente resuelto por el ritmo. Por ello, aunque para un escucha desprevenido pareciera que, más que un tema, Metheny está haciendo ejercicios de digitación o probando la memoria muscular de sus dedos, la estructura guarda un trabajo de orfebrería implícito, jamás explícito, como sí es la norma en el rock o en algún tipo de blues. Y sin embargo, ese es apenas un color más en la amplísima paleta sónica del maestro.

La guitarra con la que abrió el show fue también una declaración de principios. El espectáculo comenzó con Metheny solo en la guitarra Pikasso, la famosa obra de la luthier canadiense Linda Manzer de 42 cuerdas y 4 mástiles, mezcla de guitarra, bajo, arpa y guitarra soprano, antes de darle paso a la banda para seguir viaje con “So May It Secretly begin”, del álbum “Still Life (Talking)” de 1987. Desde el comienzo entonces quedó expuesta otra de las vías por las cuales ha desarrollado Metheny su carrera: la experimentación. Aunque luego usó la Ibanez PM-100 como soporte principal en la mayoría de los temas, no se privó de apelar a los sonidos sintetizados disparados desde una guitarra MIDI, después de todo fue uno de los primeros en usar el Synclavier en los 70 para expandir las posibilidades interpretativas de su música, transformando el sonido del instrumento en una queja electrónica y también, el detalle es significativo, haciendo que en ciertos pasajes sonara como si fuera uno de viento. Un recuerdo tal vez de sus primeros años como trompetista, el primer instrumento usado por Metheny antes de elegir la guitarra como base para sus exploraciones.
La banda esta vez no incluyó nombres “pesados”, con una trayectoria equiparable a la del músico principal. Esto ha sido señalado por algunos medios especializados como una decisión movida por motivos relacionados con el ego e incluso razones económicas, pero basta escucharlos para desechar tales maledicencias. De izquierda a derecha el escenario estuvo aprovechado por Gwilym Simcock en piano y teclados, Linda May Han en contrabajo y bajo, y el reloj humano Antonio Sánchez en la batería. Las composiciones que primaron en la primera parte del show le dieron espacio a cada uno para su lucimiento, y el espontáneo aplauso entusiasta del público, aunque cuando el tema todavía no hubiera terminado, así lo rubricó. Un buen ejemplo de ello sucedió cuando Sánchez, atronando la batería como si se le fuera la vida enello, comenzó “When We Were Free” (1996), para luego unirse el resto de la banda. O cada que vez que la malaya Linda May Han impuso su breve anatomía al contrabajo, probando poseer la energía necesaria para ser la base, junto a la batería, que el grupo necesitaba. Mención aparte merece el trabajo de Simcock en las teclas. Desbordante y disonante cuando la composición lo requería, demostrando un buen dominio de los semitonos. Sutil, leve como un suspiro, cuando así lo marcaba la atmósfera. Además de sonar como una banda ajustadisima, Metheny y su grupo dan la impresión de no permitirse improvisaciones, no al menos en las piezas que integran el repertorio de la gira actual.
Cuando ya se habían cumplido poco más de dos horas llegó el final del show pero claro, esos son finales aparentes cuando el público sigue tan entusiasmado como para aplaudir hasta que los músicos vuelvan al escenario. Tres bises regaló Metheny y, como todos esperaban, el último fue el momento para que sonara “Montevideo”, el homenaje que el guitarrista le compuso a nuestra ciudad. Es de 1996, el año en que nos visitó por primera vez, cuando las deficiencias acústicas del Palacio Peñarol forzaron al público a que adivinara, más que escuchara, qué canción estaba sonando.
Pero el jueves 6 de octubre la deuda que entonces se contrajo quedó más que saldada. La acústica de la sala Adela Reta está al nivel de cualquier sala moderna, y tratándose de maestros como Metheny quien ha editado su obra con el sello alemán ECM, conocido por la calidad de sus grabaciones, uno no puede menos que agradecer el contar con un lugar de tales características a tiro de ómnibus. No sé los demás, pero este cronista salió de allí con la sensación de ser, por obra del arte, un ciudadano reintegrado al mundo.
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