
Don’t stop thinking about tomorrow
Don’t stop, it’ll soon be here
It’ll be better than before
Yesterday’s gone, yesterday’s gone
Fleetwood Mac, Don’t stop, 1977
Con El pasado es un durazno sangrando, de Víctor Hugo Ortega C. (Sujetos editores, 2022) nos acerca una colección de 12 cuentos que podemos leer sin miedo al aburrimiento, y que nos invitan a recorrer desde lo cotidiano a lo que sólo resulta verosímil en la literatura. Si bien no parece escrito en capas, como las que arman la textura de los discos de música electrónica, en cada lectura nos sorprendemos con detalles deliciosos y nuevos: una caminata, la irrupción de lo sobrenatural, la posibilidad de ajustar cuentas con historias familiares, la presencia de gente cuyos afectos se encuentran divididos por migraciones no del todo voluntarias…
Ortega construye una voz literaria que, sin perder ciertos rasgos ya presentes en su libro anterior -el gusto por personajes jóvenes, el relato de vivencias mínimas, la descripción de ambientes cotidianos-, se despega del Elogio del Maracanazo que abriera la vida editorial de Sujetos editores dos años atrás-. Y no solo porque esta vez la mayoría de sus personajes centrales son mujeres.
Las historias, independientes y sin relación unas con otras, toman como hilo conductor diversas aristas y formas del pasado o, más bien, de las relaciones que establecemos con el pasado. O los pasados. Porque en el universo que se nos presenta esta vez, cada ayer puede ser desde una condena, o un retorno no solicitado, hasta una búsqueda porfiada o una venganza metódica y de frialdad maquínica que no pierde el sabor dulce del durazno más maduro del verano.
Un manto raído y lleno de mataduras que en el Chile de Ortega, como en el Uruguay que nos toca vivir, está marcado a fuego por el silencio pesado de la dictadura que segó a la generación anterior, y nos legó un paisaje de horrores latentes a los que no siempre nos animamos a plantarles cara.
Así, la Milena de Yugoslavia nos mete de entrada en un periplo más hamacado que un tren, llevándonos de la desaparecida república del mariscal Tito al Chile de los 90 y la Alemania contemporánea a ejecutar un designio bien planeado y descubrir que “siempre hay un chileno en cualquier lugar del mundo”. Tonje nos mete en su mundo de noruega migrada a un mundo donde nada funciona y las ratas parecen empeñadas en romper los ventanales a cabezazos. Los paisajes de Ortega tienen bordes de estalactita en los momentos menos esperados.
También son sitios que uno quisiera visitar, como la Plaza Libertad de Prensa donde el sonido del agua sobre el agua y el olor a piedra mojada son una invitación irresistible a conocer a tres pueblerinos que viven en Concha y Toro gozando de los encantos gratuitos. Para placeres costosos siempre estarán los turistas que sacan fotos y comen en restaurantes caros.
Las mujeres de Ortega hablan con voz propia, dialogan con pasados de los que no rehuyen, lloran una memoria que no pierde el tono agridulce de las frutas a punto de madurar. Caminan los recuerdos con paso a veces frágil, a veces firme, siempre decidido. En ocasiones, como en La venganza tiene forma de avispa, conspiran con una eficacia tan letal como improbable. Los hombres se refugian en silencios que a veces ni los lectores nos animamos a interrogar demasiado seriamente. Nos han enseñado a fuerza de miradas desviadas que mejor no hablar de ciertas cosas, y lo hemos aceptado con una pasividad asombrosa.
En ocasiones, desde la nimiedad de una pieza de cartelería, como el gato de Cheshire, nos asomamos a las delicias y peligros del otro lado del espejo. Claro que encontrar el camino de retorno será siempre una tarea nuestra. El tiempo, sustancia o marco, es omnipresente en el conjunto propuesto por Ortega. El pasado se vive y se padece en el presente, el futuro se acerca como promesa o amenaza para seres de carne y hueso que se agitan al compás de músicas que van desde el pop internacional de Ten Sharp a bandas chilenas que -vaya sorpresa- cuando no son Los Prisioneros, son La Ley.
Ortega se detiene a señalarnos paisajes urbanos siempre al borde de la extinción. Un llamado a atender los rincones mínimos donde la vida cobra sentido “yo le hablo a usted , que nunca ha andado por aquí, porque las horas pasan muy rápido en esta ciudad y tengo miedo de que esto desaparezca” dice el protagonista de Cabezas mojadas. Paisajes recorridos sabiendo como La Paraguaya que “pasear por la ciudad era una forma de tener más cosas en común con su mamá”. Porque como todo, la arquitectura, las calles, las ramblas, el mar, la montaña, hasta un hogar de ancianos son siempre excusas para el encuentro.
Da la sensación de que en este conjunto de relatos, el chileno ha encontrado, o construido -nunca se sabe con la literatura si el autor es creador o simple médium- una voz que sabe que “la desconfianza y el miedo son cosas muy diferentes” y que es conveniente clarificar, sobre todo cuando los años hacen que la memoria a todos se nos vuelva “sensible, selectiva, un poco traidora”. La voz narrativa sin dejar de estar advertida de que hace siglos que no vivimos en el mejor de los mundos posibles, es una voz optimista, cálida, que recuerda, atesora y comunica vivencias tan humanas como el amor, el miedo, la alegría, la locura y la muerte.
Mientras vuelvo a la lectura de algunos cuentos -inevitablemente siempre los gustos como los pasados, nos hacen volver a los sitios que amamos- confirmo que El pasado… es un puñado de cuentos que conviene tener siempre a mano, para releerlo, rayarlo, leerselo a los amigos o los hijos. Porque si algo es el pasado, es una invitación siempre abierta a conversar, que no deja de ser la mejor manera de hacer del presente un momento que en el futuro añoremos.














































