
Una noche en la que cantar aparece no sólo como una práctica artística, sino también como una forma de memoria y de transmisión entre mujeres.
La Sala Zitarrosa volvió a recibir, en el marco de su ciclo MAREA, una propuesta que puso en escena las voces de compositoras, intérpretes y trabajadoras de la música uruguaya. Siempre Cantamos fue, sobre todo, un homenaje a quienes cantaron antes para que otras pudieran hacerlo hoy.
“¿Quiénes cantaron antes para que nosotras hoy podamos hacerlo?”. La pregunta quedó suspendida en la Sala Zitarrosa antes de que comenzara la música. No era solamente una pregunta sobre compositoras, intérpretes o artistas. Era una pregunta por todas aquellas voces que alguna vez cantaron sin escenario, sin disco, sin registro y, muchas veces, sin nombre.
Porque antes de subirse a un escenario, las mujeres ya cantaban. Mientras cocinaban, lavaban, esperaban o criaban; en los cumpleaños y en los patios; en las cárceles, los coros y las aulas. Durante siglos, ese canto formó parte de una transmisión silenciosa: un saber que pasaba de una mujer a otra, pero que rara vez quedó registrado como obra, como oficio o como patrimonio.
“Detrás de la palabra anónimo que aparece en tantas coplas y canciones populares hubo muchas veces una mujer”, se escuchó desde el escenario. Y esa noche fue, en buena medida, un recorrido para devolverles nombre a esas voces.
Primero aparecieron aquellas que no conocemos. Las mujeres cuyos nombres se perdieron, pero cuyas canciones sobrevivieron. Después apareció Victoria la Cantora, una de las pocas de aquellas voces lejanas que llegó hasta nosotros con nombre propio. En el relato de la noche, Victoria cantaba en las oscuras noches de 1813, a caballo y con su guitarra, del otro lado del muro. Su historia abrió una puerta hacia otras mujeres que, en distintos momentos, hicieron del canto un oficio y de la música una forma de expresión propia.
Entonces llegaron los nombres: Juana de Ibarbourou, María Celia Martínez — Amalia de la Vega —, Laura Canoura, Malena Muyala, Natalia Oreiro, Ana Prada, Samantha Navarro. Mujeres de distintas épocas y generaciones, unidas por canciones que cambiaron de voz sin dejar de existir.
Algunas llegaron hasta el escenario a través de sus discos; otras, primero como poetas; otras, como compositoras e intérpretes. Algunas dejaron registros que permiten recuperar sus voces. Otras sobreviven en la memoria de quienes las escucharon y transmitieron sus canciones.
En el escenario, Ana Prada, Julieta Taramasso, Xime Bouso, Jacinta Bervejillo y Lu Romero retomaron esas voces y las hicieron sonar nuevamente. No se trató solamente de interpretar canciones de otras mujeres, sino de entrar en conversación con ellas: recibir una canción, darle otra voz y devolverla transformada.
Así, lo que comenzó como una pregunta sobre quienes cantaron antes fue convirtiéndose, canción tras canción, en una pregunta sobre el futuro. Porque si hubo mujeres que cantaron para que hoy otras pudieran hacerlo, queda también la responsabilidad de dejar canciones, historias y voces para quienes todavía no llegaron.
Al final de la noche, la pregunta ya no era solamente quiénes cantaron antes. Era otra: ¿Qué voces quedarán después de esta noche para que otras puedan cantar?
Las canciones cambian de voz, pero siguen vivas. Y por una noche más, cantamos siempre.
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