
Cualquier expresión artística es, de algún modo, un reflejo de los acontecimientos sociales, culturales y políticos. Así ha sido siempre. Cada época, cada contexto, cada pequeña comunidad o gran forma de organización social ha encontrado técnicas y recursos para visibilizar, incluso sin proponérselo. Como un vómito. Como la necesidad de sacar hacia afuera, nomás. Hacer catarsis para procesar, para sobrevivir.
No es casual que estemos frente a una oleada de cine y literatura que pone el foco en el terror y/o en el horror. Pero no únicamente en lo paranormal; sino en aquel que se alimenta de los horrores de la cotidianidad. No siempre es necesario lo explícito, sino que el foco también está en las sensaciones que se intentan generar a partir de los relatos.
Ruido. Lo que nos da miedo, ansiedad e incertidumbre. La propia vorágine de estos tiempos, la violencia, el hambre, la destrucción: insumos para reinventar, ir más allá y crear nuevas historias.
Y quizás lo interesante no sean solamente las historias en sí, sino aquello que aparece por debajo: la metáfora, el mensaje implícito, la crítica, la sátira, el absurdo. Universos distópicos, representados en ciudades y pueblos cercanos. Relatos basados en nuestro pasado e incluso de nuestro presente. Ofrendas (2026) de Martín Girona es un ejemplo de esto.
En este libro editado por Planeta, encontramos nueve cuentos que se desarrollan en lugares urbanos y rurales de nuestro país. Como se expresa en la sinopsis, se trata de horror sobrenatural que se conjuga con una mirada cruda acerca del desamparo, la sumisión, el resentimiento y la venganza. La inquietud surge de los ambientes de tensión, dando lugar a la imaginación muchas veces, o utilizando lo irracional, sin la necesidad de recurrir al terror explícito para que resulte amenazante y perturbador.
La religión, los rituales sobre la muerte, las tradiciones y el consumo obsceno son algunos de los elementos en estos relatos, pero también aparecen otras formas de violencia reconocibles, donde se refleja el abandono o la precariedad. Lo cotidiano empieza a tomar otra forma. Una costumbre empieza a tomar otra dimensión (el relato en Bodas del rey Cangrejo); una creencia deja de ser inofensiva, justificándose en los conocimientos y avances científicos para alcanzar extremos impensados. En este punto, me parece interesante pensar en el gore como recurso literario, como herramienta para representar la violencia explícita corporal, la mutilación, la destrucción buscando transmitir ese horror con un mensaje visceral. En cuentos como Un dios de cerámica ó Nani, me es inevitable pensar al gore también como una herramienta sarcástica al hablar de grupos elitistas y/o snobs que pueden encontrarse en el ámbito académico, y que funciona muy bien, aunque capaz no haya sido la intención del autor, o sí. Quién sabe.
¿Qué pasa cuando el imaginario cultural, las leyendas o mitos cobran vida? En La virgencita ciega, Lejos de casa o Séptimo, la energía de las creencias, la relación establecida entre lo religioso y el vínculo con los animales no humanos, son parte del universo simbólico construido por las comunidades. Este sistema de creencias permite interpretar lo que las rodea, por ejemplo atribuyéndole capacidades de presagio. Sin embargo también pueden ignorar las señales que estos mismos sistemas les ofrecen. Al relativizar, minimizar o subestimar, dejan lugar a la posibilidad y se terminan desatando atrocidades: muerte, saqueo, aniquilamiento.
El horror también se nutre de lo que se intuye que puede suceder a medida que vamos avanzando, y eso es lo más interesante al leer este tipo de literatura. Muchas veces nos encontramos frente a personajes que naturalizan o normalizan sus prácticas y vivencias, y que en el afuera nos resulta asqueroso o incomprensible. Otros relatos, transcurren en primera persona, por lo que se nos invita a ir descubriendo con los protagonistas las dimensiones a las que pueden ser capaz de llegar un grupo de personas ó un pueblo, así como también las consecuencias inimaginables de una catástrofe natural como sucede en uno de los cuentos más extenso de este libro que se titula La otra fábrica.
Quizás por eso el horror y el terror vuelven una y otra vez. Porque cuando la realidad se vuelve demasiado extraña, necesitamos inventar monstruos y escenarios fantásticos para poder hablar de ella.
Y a veces, cuando miramos esos monstruos y escenarios de cerca, descubrimos que no son tan distintos a nosotros ó a nuestro entorno. O que, en realidad, ya estaban acá.