
Música que surge desde un silencio contemplativo y aunque incluye guturales no perturba la ausencia de sonido necesaria para reflexionar. La canción se llama El Mundo Pequeño; da comienzo y nombre al cuarto (y esperado) disco de Marina Fages, parido después de más de 3 años de trabajo tras los que, además, se estrenó como productora, en equipo con Martin Misenta, encargado de la mezcla e ingeniería de audio, y Brian Iele, autor del mastering.
Las trece canciones que componen el disco forman una malla de emociones que repasa varios de los puntos más altos de la polifacética carrera de Fages, que con la misma dosis de talento compone, canta, toca la guitarra, hace murales y dirige videoclips en los que caos y naturaleza dialogan dando cuerpo a la complejidad humana, creando melodías tempestuosas y arpegios que te van arrullando suavemente.
Algunas de las canciones de El Mundo Pequeño ya las conocimos en trabajos anteriores de Fages porque, como ella misma canta en El Cielo Amanece, “todo envejece y se destruye pero algunas cosas quedan”. Aguardiente, por ejemplo, es una bienvenida reedición de la canción que supo presentarnos en su EP de 2017 junto a Chicas de Humo. En El Límite tenemos una inspirada colaboración junto a Melanie Williams & El Cabloide que nos deja vibrando.
Empujada por el viento del sur, creando mantras que hablan de amenazas naturales, ciclos vitales y la vida en fade out, El Mundo Pequeño es un guiso de melodías irreverentes que pueden sonar con la suavidad de un susurro o la furia de un incendio. Por momento se coagula con la intensidad del hardcore, fluye como una diatriba punk o parece una colección de mares desconfigurados donde los géneros pierden sentido y entendemos que no hay botón de reset, ya estamos metidos en este lío, la música forma parte de la confusión generalizada en la que tratamos de vivir.
Marina Fages salió de su zona de confort para sacudirnos con la naturalidad de quien se toma unos mates y nos hace compañía con un hermoso disco que calienta el invierno para que podamos desandar el camino y ver el momento exacto en que un río de congela y las nubes se disuelven. Sólo hay que enterrarse los auriculares y disfrutar de una de sus obras más completas.
Escuchado ahora, con ATALAYA AVALANCHA, su más reciente disco, editado hace apenas unos meses, cayendo encima como una continuación sísmica, El Mundo Pequeño parece menos un punto de llegada que una estación secreta: el lugar donde Marina Fages ordenó su propio sistema climático antes de dejarlo romperse. Si en el disco nuevo todo avanza con una potencia más frontal, con guitarras que empujan como placas tectónicas y emociones convertidas en catástrofes naturales, acá todavía hay una intimidad expansiva, una forma de mirar el incendio desde adentro de la casa sin dejar de preparar la fuga. El mundo pequeño no era chico: estaba comprimido. Como esos objetos que caben en una mano pero contienen una tormenta.