
El rostro de Irene Jacob se adviene desde la pantalla del televisor. El plasma se vuelve una identidad móvil. “La doble vida de Veronique” me lleva al París de fines de los 80, comienzos de los 90, tal como lo conocí. Podría decirle a ella que mis impulsos apenas pueden mover una hoja, o que a veces, podrían pulverizar una roca. Que no pertenezco a este mundo desde cierta perspectivas, y vivo desclasificado, como si fuese un producto que han quitado del mercado.
Descatalogado a medida que el tiempo se extiende como una sábana, sobre las vestimentas de los días, y se convierte en una suma de sudarios, mientras Irene deja ver su cuerpo de entonces y sus senos se desvisten para que mis labios vuelvan a morder siluetas de antiguas sombras, y las luces brinquen como peces sobre un estanque al que no quieren dejar de pertenecer. Pero también es probable, que me haya inscripto en el sector de los autoexcluidos, negándome a pertenecer a una farándula de descerebrados, o personajes anestesiados por los influencers de turno que viven una sobrevida gracias a la instrumentalización monetaria de las marcas publicitarias, que se una manera también de hacer políticas.
Suelo pensar que las únicas que realmente generan los usualmente denominamos “Políticas de Estado”, son justamente las corporaciones o lobbies de mercado, a las que nada les puede importar el destino del pueblo iraní, kurdo, saharauis, y todas aquellas otras poblaciones indígena o minoritarias que podamos encontrar. Sean la propia población nativa de Groenlandia en boga últimamente, como cualquiera de los descendientes originarios de los pueblos del norte argentino, por citar algunos ejemplos. Este mundo que nos quieren mostrar como un jardín tecnológico y uniforme dista mucho de serlo. Entonces, en el rellano de una historia, en el dialogo vertido en un momento del film citado al comienzo, identifico la claridad de una revelación sabida y no atendida. “Estoy enamorada” le dice Veronique a su padre. “De quién” pregunta este. “De nadie…” responde ella.
Quizás por qué simplemente te enamoras de lo ausente, de lo que es sólo deseo. Lo que no tienes y no vendrá, de lo que sólo es aspiración o expiación. Una lluvia otoñal, una ventana hacia un bosque de ramas y hojas rojizas.
El pasado que vuelve a la anatomía del día y construye puentes de supervivencias, entre funciones de sábados a la tarde, conciertos de domingos, paseo hacia la costa, donde la arena se arremolina entre las dunas y se vuelve un picadero de tramas pasadas. Eduardo Darnauchans en una de sus canciones introdujo unas estrofas del “Coplas a la muerte de su padre” celebre poema del poeta español Jorge Manrique del siglo XV: “nuestras vidas son los ríos, que van a dar a la mar, que es el morir…”. Algo hablamos en su momento, antes de que el mismo partiera en su barca a confrontar a Caronte y a todos los frontispicios habidos y por haber.
Desde siempre nos hemos preguntado en vano que es la finitud y no creo que la IA me pueda dar una repuesta convincente, ya que nosotros tampoco podemos hacerlo, pero sí definir la existencia en nuestra composición de cuerpos que piensan y se mueven y ejecutan diversas actividades en ese entorno espacial en el que vivimos, encerrados dentro del encapsulado atmosférico. Si bien matemáticamente era posible comprobar la existencias de que los agujeros negros existen, ahora también podemos hacerlo visualmente, corroborando una vez más Einstein tenía razón. Al acercarse una estrella, un planeta al borde del agujero el tiempo comienza a ralentizarse, de la misma forma en la que luz es engullida.
Supongo que de llegar ese momento, la Tierra tardaría quién sabe cuánto en ser devorada por dicho agujero, al que según últimas teorías consideran como el vacío absoluto. ¿Será este entonces la tal mentada Nada, que volverá a implosionar en un nuevo Big Bang, hasta convertirse nuevamente en un salpicadero de civilizaciones, cuyo fin no será otro que el autodestruirse unas a otras, así en una sucesión interminables de ciclos del que nunca habremos de conocer su verdadera razón? ¿Es acaso El poder la razón de la codicia humana, la vanidad el desapego hacia los valores ajenos, los pensamientos, las creencias, la inmoralidad? ¿En cuantos períodos de la humanidad la ética se mantuvo en pie de equidad con las aspiraciones políticas y económicas de unos y otros? ¿Somos el experimento del Bolsón de Higgins y de serlo en manos de quién estamos y por qué?
De hecho, la realidad nos dice que hoy somos los ratones blancos de Trump, Putin, Netanyahu, Bezos, Elon, Amazon… Nadie llora por los muertos civiles, sean niños, ancianos o simple ciudadanos de compras en un mercado, como las víctimas inocentes que caían en Sarajevo en manos de los asesinos nacionalistas serbios.
¿Somos nuestro propio agujero negro, ralentizándonos bajo las narrativas siniestras de estos personajes, a los que sólo Nosferatu absolvería?













































