Sinopsis: ¿Cuándo dejás de tener derecho a decidir qué haces con tus bienes? Matita es una comedia sobre la vejez, el dinero y el amor. O sobre el amor al dinero.
Cuando me enteré del estreno de Matita, lo primero que me llamó la atención fue su temática, justamente estoy escribiendo una tesis sobre la representación de la vejez en la ficción uruguaya, y aunque lo mío trata de cine, esta obra prometía un cruce interesante: teatro con elementos audiovisuales. Una mezcla poco común por estos lados. Tenía que verla.
La historia es más que pertinente. La obra pone sobre la mesa algo que sucede pero de lo que poco se habla: la manera en que los adultos empiezan a tratar a las personas mayores, como si ya no pudieran decidir por sí mismas. Cómo se las infantiliza, se las deja al margen de las decisiones, incluso con argumentos legales que, en el fondo, lo único que buscan es manejarles la vida (y el dinero). En este caso, el sobrino y único heredero de Agatha (Matita) hace exactamente eso: la lleva por un laberinto jurídico para demostrar su “incapacidad” y quedarse con el control de todos sus bienes.
El elenco funciona muy bien, y hay que destacar a Graciela Rodríguez, que está excelente. Hace años que la venimos viendo en teatro y televisión y siempre cumple. Acá construye a Matita con una mezcla justa de ternura, dignidad y enojo. Se le cree y eso no es menor.
Hasta acá, todo bien. El problema —y es un problema grande— es lo que más ruido hace desde la promoción: la incorporación del cine. Lo que podría haber sido un recurso narrativo potente, terminó siendo algo así como un decorado digital. Una pantalla gigante que, más que aportar, distrae.
La excusa para incorporar al cine en la obra es el “documental” que un camarógrafo está realizando para contar la historia de Matita, esto en teoría, abre un montón de posibilidades. Pero en la práctica, la cámara no agrega nada. Todo lo que muestra ya lo estamos viendo. No hay contrapunto, no hay otro punto de vista, no hay una narrativa paralela. Hay, sí, planos más cerrados de los actores, lo mismo que sucede en un recital de música cuando en la pantalla se proyecta al cantante para que los de la última fila lo vean con claridad. ¿Es útil? Tal vez. ¿Es cine? No. Es teatro amplificado.
Además de este inconveniente, lo proyectado, como es natural tiene un leve pero perceptible delay respecto al vivo, lo que generalmente distrae. Y suponiendo que se estaba realizando un documental, hay una escena especifica que rompe con todas las improntas planteadas, ¿por qué vemos al camarógrafo siguiendo a los actores mientras se cambian? ¿Qué le aporta esto a la historia? todo lo contrario: rompe la magia. Nos recuerda y subraya que son actores, que están actuando, que hay un detrás de escena, y que todo es una representación. No suma, resta.
Lo más triste de todo es que la idea tenía un montón de formas de sacarle provecho real a ese cruce de lenguajes. Se me ocurre por ejemplo: tener escenas filmadas previamente, en otros escenarios, (el residencial, Matita esperando a Carlos en la puerta del restaurante, una llamada telefónica grabada, una cámara de seguridad…). Algo que no pueda pasar en vivo y le dé volumen a la historia. Lo interesante de la mezcla entre teatro y cine sobre todo documental, no es que la cámara registre todo lo que ya estamos viendo, sino que muestre una versión —la “oficial”, la puesta en escena para el lente— mientras que en el escenario (en vivo) podamos ver lo que realmente pasa, lo que los personajes piensan o hacen cuando “la cámara no los ve” o creen que no los ve.
Es una lástima, porque la idea era muy buena. Con un uso más acertado de los recursos audiovisuales, Matita podría haber sido una obra compleja, intensa, incómoda. Podría haber mostrado ese doble discurso tan propio de lo documental: la pose para la cámara y la verdad que se escapa por detrás. Pero se conformó con ser un teatro filmado en tiempo real. Nada más.
Matita tiene una historia potente y una actriz que la sostiene. Pero vende algo que no es: no es una fusión entre teatro y cine, es teatro con pantalla.














































