
Cerrado el ciclo electoral, y pasando raya, hay muchas cosas sobre las que es posible reflexionar. En Maldonado, tal vez la más llamativa sea el auge de una nueva clase trabajadora: el militante. Ser militante es un trabajo el cual, en el mejor de los casos, es miserablemente remunerado mientras que, en otros tantos, es una suerte de préstamo para una fuerza de trabajo que se devuelve en forma de contrato. Precario y a término.
Maldonado, 2045. La semana próxima se celebran las elecciones municipales. El Cordero llega tarde a su casa. Horas fuera de casa. ¿Dónde estabas papá? Trabajando. ¿No me dijiste que estabas sin trabajo cuando te pedí los championes? Bueno… es que estoy trabajando para tener trabajo. Suena raro pero es así. Ya te dije que si gana el Gordo me dan trabajo en la APD.
Al trabajo de militante se le suma una dimensión oculta: el renacimiento de la dieléctica libertad-necesidad en la más abominable de sus expresiones. Aquellos que transitan situaciones complicadas en términos económicos son tentados con los más miserables discursos de ayudas que llegan tan fácilmente como se van y que sobreviven siempre bajo la amenza de no estar si el voto no lo está.
La APD es la Asociación para delinquir. Funciona en Maldonado desde 2030, hace ya quince años. El Cordero recuerda lo joven que era cuando la gente, mediante una jornada democrática, decidió habilitar este tipo de Asociaciones sin fines de lucro. Tremendo paso. Recuerda orgulloso que la movida empezó en Maldonado. Ahora se extiende por todo el país. La APD vende servicios a las intendencias mediante la implementación de contratos a término.
A la precariedad del trabajo de militante se le suma el temor de perderlo, instalando el discurso del miedo que come las cabezas de aquellos que saben que si ese ingreso no está, tampoco está la comida. Porque está claro que no hay forma de ser libre cuando la necesidad tiene la llave de la más fuerte de las cadenas.
Hace más de veinte que se estila llamar a los candidatos por apodos. El Oveja no recuerda quién lo inventó pero recuerda también que en Maldonado se usaba mucho en sus comienzos. Desde ahí ya fueron Intendentes el Gordo Martínez, el Bizco Hernández, el Sordo Suárez y el Rengo Perdomo. Se ríe porque recuerda que cuando votó al Bizco no sabía ni como se llamaba en verdad.
Otra novedad es el abandono de los nombres de los candidatos por el apodo chabacano. No importa qué tan agresivo sea el apodo para quien lo ostente. De lo que se trata es de mostrar la cara simpática del candidato, al que no le molesta que los amigos lo traten como quieran. El candidato debe verse como pueblo y el apodo es pueblo. O eso parece.
Ahora el Gordo va por su segundo gobierno. Por suerte solamente lo procesaron cuatro días y medio cuando descubrieron que el rengo Perdomo realmente no existíay que era un holograma que el mismo Gordo manejaba desde su casa. El Cordero y el Gordo se conocieron en esos cuatro días y medio.
Es llamativo también el hecho de que, en la totalidad del país, la gente dejo de lado las exigencias del orden de lo moral para votar gobernantes. No importa qué tantos delitos haya cometido quien se postule si el dinero circula, como tampoco importa de dónde viene ese dinero que circula. Hasta podríamos decir que parece una bandera de la propia condición de candidato el hecho de estar procesado o de tener una causa abierta.
En realidad fueron cuatro días solamente. El Gordo salió antes de pasar la última noche del último medio día que le habían dado de condena. Por buena conducta. Por esos tiempos al Cordero le habían dado cuatro años por robarle un pan francés y dos vigilantes al panadero del barrio. Su primo le puso un buen abogado pero no pudo reducirle la pena.
Y todo este desparpajo caricaturesco se sucede en los mismos tiempos en los que los delincuentes de las grandes fortunas parecen vincularse siempre con algún sector político. Y, en ese universo de lo inmoral, destaca una regla: la molestia del pueblo es inversamente proporcional al volumen del robo. Robar 500 millones de dólares es mejor tolerado por el común de la gente que robar una cebadu ra de yerba para calentar las tripas.
El Oveja aprendió la lección en la cárcel. Hoy prefiere morirse de hambre que robar. El Gordo le dijo que si repartía listas en su campaña de este año le conseguía trabajo en la APD. Obvio que agarró viaje. En realidad, el Oveja no puede entender cómo todavía se usa esto de entregar listas si ahora se vota por internert. Asume que es para saber quienes son los que integran cada sector político.
Parece que asistimos, como anunciaba Galeano, a la escuela del mundo al revés. Todo lo que parecería a favor de los intereses individuales y en contra del pueblo es recibido de brazos abiertos por el propio pueblo, el que parece resignado a vivir entre la desazón, el acomodo y la “gauchada”.
El Oveja aún no sabe si él puede votar en estas elecciones. Hay que tener la versión Premiun de Spotify. Y él, sin trabajo, está escuchando la gratuita, que solamente le permite escuhar a Bad Bunny y está plagada de propaganda. Pero prefiere eso que el silencio, porque en el silencio la cabeza le habla y él odia escucharla.
Un último elemento a destacar es la desaparición de los elementos de la ciencia política de la propia práctica política. Los políticos ya no hablan de política y no saben de política, además de que no les interesa saber. La política de la “gauchada” se ha instalado de tal manera que parecería hasta atinado gobernar de esa forma. Teoría y práctica alineados en conciencias cada vez más inconcientes.
Sobre la música, el Pato Lucas, enemigo del Gordo pero del mismo partido, ya le dijo que se deje de escuchar esos comunistas que quieren copiar revoluciones de otros lados y que violan la laicidad que debería haber en el aire. Porque el aire es laico, le dijo el Pato. Por eso no le ha pagado para que tenga una cuenta Premiun. Porque Spotify está lleno de comunistas. A ese sí que le tiene fe el Oveja. Ya le dijo que iba a sacar todo el lumpenaje de la calle.
Puede sonar reaccionario extrañar la vieja política. Pero de lo que se trata realmente es de gritar a corazón abierto que es necesario levantar la vara, salir del oscuro abismo en el que estamos abandonados. Hartan los que dan cátedra de cosas que son incapaces de definir, cansa el discurso de lo absurdo y sin conceptos y espanta de la prácica política a quienes aspiran a la posibilidad de contruir proyectos colectivos. Cansan los hedonistas enfermos salvándose solos. La política de la “gauchada” y el amiguismo no es más que un síntoma de la enfermedad más enferma del neoliberalismo reinante.
Y lo peor es que el Oveja aún no sabe que él es lumpen.





































