
Gracias a Fito Páez y sus declaraciones -que comparto- sobre el reguetón, recobro este texto de 2023.
EL TIEMPO Y EL REGUETÓN (2023)
Recién, mi amigo Miguel Olivera, me hizo recordar una increíble película de 2002, del enorme Alexander Sokúrov.
Es un “plano secuencia” de 93 minutos. Un “plano secuencia” es una toma sola, sin cortes. La proeza del ruso fue hacer desfilar la historia completa de Rusia por los salones del Palacio Hermitage de San Petesburgo, utilizando actores y cientos de extras. Eso me hizo reflexionar sobre el “tiempo” en el arte, sobre qué nos conmueve a la hora de ver, leer o escuchar una obra. En una película, por ejemplo, si nos adentramos y creemos en lo que vemos, el tiempo se modifica y podemos asistir a la vida completa de alguien en hora y media. Esto nos parece real, aun conociendo que no es cierto; pero si la historia es lo suficientemente creíble y bella, nos moviliza o nos divierte. El Arte es Tiempo. Una novela, un poema, una canción, son una máquina del Tiempo.
En el caso del Reguetón, eso está abolido. Ya no existe el Tiempo; no hay posibilidad de ensueño o de reflexión: es hoy, aquí y ahora. Se resuelve en este momento: lo sexual, lo económico, la relación humana, en una especie de elogio de lo explícito. El macho- quien es casi siempre el vocero- es el que arenga para ir a la cama, subir a “un carro”, perrear y gozar. No hay intento de reflexionar pues es un perpetuo himno narco: necesita dinero ahora; no ayer o mañana.
Ese “sonido urgente”, que no piensa más que en obtener cosas y seres, es lo que defienden algunas figuras públicas, con el aval que le da su prestigio o las líneas de corrección política, que de tan correctas se vuelven nefastas. Darle prestigio a estas manifestaciones, curiosamente machistas y clasistas (hablo de “clasista” porque se cita en todas esas canciones a riquezas, cadenas de oro, autos caros, etcétera), es aplaudir lo que está muy lejos de una expresión artística, que significa comunicar algo intransferible a través de un discurso, de lo inefable y el misterio de una obra, de una emoción verdadera. El Arte, muchas veces, dice más en lo que oculta, en el silencio, en el espacio en blanco de un poema. El Reguetón necesita mostrarlo todo como el porno: necesita que se vea “el mostro”.










































