Hay cuatro luces extendidas sobre un piano. Frente a él, Fito Páez le canta a La Argentina, a la casa de la infancia, a lo desaparecido. “Nadie se puede salvar” canta.
Entra un acordeón rojo al escenario, y junto a él, Hugo Fattoruso baila con los dedos una canción infinita.
Fito Páez cambia de lugar con movimientos hiperactivos, levanta su copa, se estira sobre el piano y gesticula, con corbata y chaqueta, frente a un micrófono desnudo de instrumentos. Juntos cantan “Ojalá no se vaya”. Y confiesa: “ayer tuve un día horrible y me arranqué una uña, pero igual voy a tocar bien, es increíble cómo sale la música, pero es así”.
Canta al hogar, a la vida, a sus viejos. “Todas las canciones tristes también son hermosas”, afirma. Hace un solo de piano mientras unos se abrazan y otros se besan.
Cuando habla es para provocar. Cuando canta es para dulcificar la oscuridad del alma.
“Me cagaste la noche” le dice a una voz entre el público que adivina el próximo tema, “pero igualmente esta canción es para vos… la despedida, nuestra despedida”.
Construye y canta un mix de canciones. Recuerda a Charly García, habla de Fattoruso. Levanta las manos en movimientos nerviosos y se va. Encienden las luces de sala, prenden la música, abren las puertas, pero nadie mueve un centímetro de su cuerpo. Son las 22:40 de la noche y Fito Páez reaparece a las 22:55. Quince minutos de larga espera.
¡A despertar muchachos! nos dice mientras canta “yo te conozco de antes, cuando me fui no me alejé”. Pide a la sala que apaguen las luces y a nosotros que usemos los celulares para acompañar la última canción elegida: Un vestido y un amor. Fito canta la mitad, la otra mitad nos la deja a nuestras cuerdas vocales. “Mañana habrá otro concierto” dice. Y yo… yo quiero ir.
Imagen portada: Fito Páez – Sólo piano en La Trastienda – 7 de Julio de 2016 – Fotografía © Virginia Prado
[fbalbum url=https://www.facebook.com/media/set/?set=a.1080467335333512.1073742858.163210523725869&type=1&l=86d5407f8b]




















