
Pasadas las 21 horas del viernes 7 de marzo, con el carnaval acercándose a su cierre y los tablados dando sus últimas funciones, llega la oportunidad de vivir esta Terapia de murga, la segunda de tres funciones que prometen conectar con la esencia de nuestra identidad
En el escenario del Auditorio Nacional del Sodre, Rubén Rada y Agarrate Catalina se preparan para ofrecer un espectáculo que trasciende lo musical y se convierte en una celebración del arte popular. El ambiente se siente cargado de expectativa y el público que agotó las entradas se dispone a ser parte de una experiencia que va más allá de la actuación de reconocidos artistas, es un espectáculo que conjuga la tradición del candombe y la murga
Al ingresar, una escena contundente nos recibe: Rubén Rada en el centro del escenario, sonriendo con complicidad. A su espalda, los integrantes de Agarrate Catalina esperan el momento justo para encender el coro. Frente a ellos, el público de la sala “Eduardo Fabini” que comienza a dejar de lado la solemnidad de la butaca. No estamos aquí para un concierto convencional; es momento de ser parte de una celebración del arte popular y para eso nos preparamos.
Terapia de murga une a Rada con la murga más emblemática de las últimas dos décadas, creando un espacio donde la murga, el candombe y la canción popular uruguaya encuentran su lugar. Sin estructuras rígidas ni límites estilísticos, el hilo conductor para este espectáculo es claro; llenarnos de calidad desde un sentido de identidad.
Un espectáculo que propone desafiar el formato clásico. Rada, junto al tecladista Gustavo Montemurro, Nelson Cedréz en la batería, Marco Messina en bajo, sus hijas Julieta, Lucila en coros y Matías en guitarra y coros se adueñan del escenario con contagiosa energía, esa característica de los Rada, aqui, él y tres de sus hijos . Acompañados por la Catalina, con su potente coro y su teatralidad, refuerzan cada canción. Tabaré Cardozo se mueve entre el canto, la guitarra y la dirección coral de la murga, mientras Lobo Núñez con su cuerda, tiran magias al viento como en cualquier esquina de comparsas.
La lista de temas abarcó 23 canciones, desde clásicos de Rada hasta piezas icónicas de la Catalina. La noche arranca con “Quién va a cantar”, compuesta hace un cuarto de siglo, pero con una vigencia sorprendente. El estribillo, coreado a canto de tribuna enciende la sala y provoca una tibia arenga de veces que pintan canas.
Le sigue “Montevideo”, de Tabaré Cardozo, donde se siente la presencia del público más murguero, que corea con la energía de un tablado. En esa misma línea, llega “Vivir”, otro clásico de la Catalina del espectáculo El Fin del Mundo (2006), el año de las cucarachas y del célebre cuplé de Hugo Chávez.
Los momentos más emotivos llegan con “La niebla” y “Vidas comunes”, donde Julieta Rada toma el protagonismo y la sala queda en un silencio contemplativo y respetuoso. Son instantes de conexión profunda, donde la música se vuelve memoria y emoción.
Pero si algo caracteriza al “Negro” es su habilidad para convertir lo solemne en celebración. Con su picardía, juega con el público, lo provoca e invita a ser parte de la fiesta. Cuando la noche parece llegar a su fin, pregunta si se puede seguir un poco más, y el público responde con un sí rotundo
La fiesta continúa con la canción “La violencia”, de La Catalina, acompañado de un juego de luces y una puesta en escena impactante. El sonido del bombo va directo al pecho, mientras las expresiones y gestos de murguistas y músicos reflejan la intensidad del contexto carcelario que la canción describe.
A continuación y para bajar el ritmo, es momento de un clásico de Tótem, “Dedos” que convoca al movimiento y las palmas, a partir de este momento, una serie de himnos que hace que se trasciendan las fronteras de los espacio, haciendo que el público se levante de sus asientos y comience a desplazarse hacia otros sectores; “Candombe para Gardel”, “Murguero Oriental”, “Mi País“, “El gorrión”.
Algunos asistentes registran la experiencia con sus teléfonos, mientras otros se entregan al ritmo en los pasillos. La murga, con su potente voz coral, intensifica cada estribillo, transformándolo en un canto colectivo impresionante.
Cuando finalmente llega el cierre con “Terapia de murga”, ya no hay división entre el escenario y la platea. La energía, la comunión y el pulso de la música popular lo ocupan todo. “Lo que el tiempo me enseñó” intensifica el clima emotivo antes de un final para alquilar balcones, que viene de la mano de “Muriendo de plena”.
Pasadas las 23 horas, el cierre es inevitable. Pero la fiesta no se apaga, solo se traslada. Afuera, en la noche densa de Montevideo, las murgas sigue sonando en los escenarios barriales. Algunos tablados aún titilan con luces tenues, y los 32 grados a esa hora invitan a seguir la celebración en otros espacios, donde el carnaval no da tregua.
¡Salud, Montevideo! ¡Salud, arte popular! ¡Salud, carnaval!











































