
A las 20:30 ella y yo entrábamos, curiosos y expectantes como niño en cumpleaños, a la explanada de la Manzana 20. El ritual ya familiar de elegir dónde ubicar las reposeras y continuar la charla en la que te toma el día cuando la tarde comienza a ser noche sin saberlo.
En el escenario el coro afinaba un arreglo, calentando las gargantas. Lentamente el lugar se fue colmando de parejas, familias, y grupos de gentes que peina canas, o de gurises que claramente están en sus primeros 20. El aire se llena de expectación y aromas varios.
A las 22:03, Rosana subió al escenario de la manzana 20, y con su voz cargada de garbo lanzó al aire el primer “Buenas noches, bienvenidos al 17 encuentro internacional de músicos Jazz a la Calle”.
Ella me miró, sonrió y dijo —Si está la reina ¡ya podemos brindar!
La Orquesta de la escuela JALC, dirigida por Reinaldo Pina se despachó con Killer show, y Basie blues. Como para marcar la cancha. En la escuela se estudia en serio, se hace música con el alma, y con horas de ensayo. Y, evidentemente, se pasa bien.
La gente, que ya había ocupado la explanada frente al escenario, generando corredores entre las playeras, desplegando saludos, sonrisas, comentarios, escucha en ese silencio respetuoso que no obstante siempre está habitado de murmullos. La plaza de comidas y algunos locales fuera de la manzana, proveen de lo necesario para una cena al paso, sin apuros.
El coro de la escuela, dirigio por Lara Haller, ex-alumna devenida en docente, tomó su lugar a la derecha de la orquesta. La luna cobra un brillo cada vez más intenso. La tardecita hace rato que es noche.
La escuela y el coro hicieron tres versiones saludadas por el público, donde como siempre que tocan los locales se adivinan gestos de familiares y amigos. Milonga para andar, Blue Moon, Do Re Mi son una muestra de la variedad cultivada. El cierre fue para una composición de Haller. Capital del jazz, es más que un gospel, una declaración de principios.
Quienes trabajan en la selección, curaduría y armado de la grilla, toman a veces riesgos. Luego de los locales, subió a escena, solo con su piano el brasileño Diones Correntino. Una decisión audaz. Y sumamente acertada.
Correntino, nos sumergió en un mundo de especial delicadeza. En las primeras tres composiciones, Rosa y Lamento, del histórico compositor popular Pixinguinha, y Joca Ramiro —el homenaje que compuso a Guimaraes Rosa— las manos dialogan entrelazando base y melodía de tal forma que resulta difìcil distinguirlas. El sonido es pequeño y delicado o se expande en la fuerza de las notas graves con una potencia que sabe mantener la tensión.
Siguieron tres composiciones de Milton Nascimento. Tristeza, Travesía y A festa. Si uno hace el ejercicio de cerrar los ojos y no seguir las manos del pianista en las dos pantallas a los lados del escenario, el efecto resulta delicioso. Las melodías livianas, rítmicas, fluyen como la estela de la luna seguramente sigue fluyendo en el río, unos metros más allá. Un clima de evocación generado con una sencillez envidiable.
Los gestos del músico, hablar pocas veces, pausadamente, en un portugués que suena mucho más familiar que extranjero, agradecer con las manos los aplausos al cierre de cada tema, generaron un clima de una intimidad estrecha, aun al aire libre entre 500 o 600 personas.
Para el bis, alcanzó una mirada para que el público coreara el “Ae, aea a e” de María María, haciendo que la magia fuera completa.
El cierre estuvo a cargo de los argentinos Oído Obsoleto y fue una verdadera fiesta. La banda, formada como banda callejera, tiene el formato clásico de las bandas de la cuna del Jazz (vean Bolden, por favor!). Corneta, clarinete, Saxo alto, Trombón, Saxo bajo, Banjo y Washboard. Porque las raíces, como los ríos, siempre están en viaje, circulando, recorriendo el mundo. Pero siempre presentes.
Lo de ellos es la fiesta, la danza, el goce de tocar una música centenaria que aman y disfrutan. Y se les nota. En los pasos de baile, la circulación permanente de los músicos en el escenario. Las miradas cómplices, las palabras sueltas y risas que los micrófonos captan.
Arrancaron con That’s a plenty. Y verdaderamente, fue un montón. Un montón de swing, de talento, de melodías tejiendose por encima de la sólida base rítmica del banjo, la tabla y el saxo bajo.
Los vientos se mueven, se dan la voz unos a otros, hacen minicoreografìas, van y vuelven. Abandonan la melodía y emprenden viajes mínimos que son retomados por otro, y luego otro, para reunirse siempre en el cauce central. El percusionista, además de tocarse absolutamente todo, baila como un poseso, y por un momento, la Manzana 20 de Mercedes fue un tugurio del delta del Mississippi.
Para el cierre, la fiesta era total.el ensamble baja del escenario y se queda entre el público tocando la eterna When the saints go marchin’ in. Ya en casa, meto la llave, abro la puerta y nos recibe un grillo, festivo en medio de la noche. Y sí. Esto es, hasta mañana al menos, New Orleans.
La música no va a faltar en toda la noche.
Adelantos de lo que esperamos para hoy:
Lucas Querini grupo
Grossman – Gaggero Dúo









































