El sexto largometraje del prolífico director Paul Thomas Anderson es también su tercer película de época, ambientada durante la post-guerra a principios de los años 50. Y es probablemente su filme de mayor complejidad de personajes, no habiendo uno sólo de trascendencia que genere un seguimiento de empatía para el espectador.
La historia cuenta la vida después del retiro profesional de Freddie Quell (Joaquín Phoenix), un ex marinero curtido física y psíquicamente por su pasado en la guerra.
El personaje es presentado mediante la disonante pero memorable música de Jonny Greenwood con una serie de inadaptados comportamientos, propios de un adicto al sexo, o al menos de alguien de pronunciada abstinencia sexual. Pero luego veremos que en realidad es por lo primero. La película luego de la grandiosa escena inicial, hará especial hincapié en principal tópico superficial de la película: el destino y las motivaciones, o no, que les deparan a todos aquellos que fueron a la guerra, y vuelven abruptamente al mundo real, o al menos a la realidad colectiva donde convive el resto.
El Maestro que le da nombre al filme vendría a ser Lancaster Dodd (Philip Seymor Hoffman, habitual colaborador del director), un autodenominado escritor-doctor-físico nuclear-filósofo, (un new age de la época, supongo) quien luego que Quell llegara inconsciente a su barco, entabla una instantánea relación personal con el ex marinero. Dodd dirige un proyecto meta-físico con el objetivo de visionar y entender las supuestas vidas pasadas de quien disponga, llamado “La Causa”, donde Quell se convertirá en su principal y favorito ‘cliente’.
La película se toma su tiempo para desarrollar el vínculo que van entablando estos dos hombres, sin una progresión demasiado definida en ninguna ninguna de ambas partes, dejando quizá cierta ambigüedad para quien espera encontrarse con una narrativa clásica de personajes que saben lo que quieren con objetivos concretos. Y es que no sólo no hay héroes, sino tampoco anti-héroes, sólo hombres de mediana edad.
Aún así las actuaciones de cualquiera de los dos son brillantes. Y por supuesto, el director de “There Will Be Blood (Petróleo Sangriento) logra escenas visualmente deslumbrantes, con una bellísima cinematografía y un versátil manejo de cámara.
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