
Apenas dos horas le bastaron a los ingleses para dejar en claro la gran banda que continúa siendo. La fiesta comenzó con dos números fuertes. Primero la mítica banda uruguaya Cross. Un set enérgico de seis temas convocó los espíritus más revoltosos por primera vez en la noche, y el pogo comenzó a adueñarse, primero tímidamente, de parte de la platea. Luego llegó el turno del increíble TV Smith, ex miembro de la banda punk The Adverts, quien munido únicamente de su guitarra acústica levantó aún más los ánimos. Su dominio del instrumento y esa voluntad de recrear la tónica punk sin más red de contención le valieron la adhesión espontánea del público. Fue despedido entre vítores.
Pero todavía quedaba lo mejor.
La sala estaba casi llena cuando entraron a escena, por estricto orden de aparición, Monty Oxymoron, tan excéntrico en su aspecto como lo demanda el seudónimo artístico elegido, a su lugar tras los teclados; Captain Sensible, una suerte de “¿Dónde está Wally?” añejo y divertido, en guitarra; Paul Gray en bajo, con la estampa que suelen tener los bajistas ingleses de “este tipo solo puede ser el bajista, mirá esa pinta”; el gran Rat Scabies, una aplanadora, en batería y, last but not least, el vocalista Dave Vanian encarnando una suerte de Elvis gótico. Carismático y misterioso, vestido enteramente de negro, incluyendo los lentes, usando un micrófono de crooner, el frontman componía una declaración de principios estéticos desde el vamos. La cruza entre un personaje sacado del Blue Velvet de Lynch y un videoclip como los que pasaba Carbone en los 80.
La fiesta comenzó como ya lo habían hecho en otras fechas de esta gira.
El repertorio se basó en los cuatro primeros discos de la banda: Damned, damned, damned, 1977; Machine Gun Etiquette, 1979; The black album, 1980; Strawberries, 1982 y Eloise, publicada en 1986 por fuera de todo álbum y que fue el mayor éxito comercial del grupo.
En una entrevista concedida a la Rock & Pop, Christopher Millar, más conocido como Rat Scabies, le confesaba a la periodista su asombro por el hecho de que públicos tan lejanos conocieran y se interesaran por letras cantadas en inglés. Básicamente, se asombrara de que las entendieran.
Ayer debe de haber renovado su asombro desde el inicio, cuando gran parte del público repitió las palabras de “Love song”, y luego hicieran lo mismo con cada una de las siguientes piezas del repertorio: Machine Gun Etiquette, Wait for the Blackout, Lively Arts, The History of the World (Part 1), Plan 9 Channel 7, I Just Can’t Be Happy Today, Dr. Jekyll and Mr. Hyde, Fan Club, Eloise, Life Goes On, Born to Kill, Noise Noise Noise, Ignite, Curtain Call, New Rose o Smash it up.
Pero, más allá del pogo o la alegría, hay algo que puede pasar inadvertido. Y ello hace necesario incluir acá, en esta crónica más o menos entretenida, más o menos exacta, una tediosa parte del medio. Necesaria por aquello de que las luces, el carisma, el profesionalismo y la búsqueda sonora de The Damned tal vez distraigan, por desconocimiento, por encandilamiento, de la verdadera importancia de la banda que estuvo ayer en esta ciudad.
La parte del medio
Algo estaba pasando dentro del rock en inglés (¿hay otro?) a comienzos de la segunda mitad de los setenta. El rock estaba cambiando de sonido. Como otras veces, claro. Hay una diferencia entre el be-bop-a-lula y el surf rock, o entre el Mersey Beat y la psicodelia. La mayor novedad no había que buscarla allí, en lo estrictamente musical.
Esta vez la diferencia más significativa estaba en la intención que acompañaba a los nuevos sonidos: su declaración de principios jamás escrita.
Aunque la prensa británica más hipster del momento, encabezada por el New Musical Express, insistía en que el punk, pues de eso se trataba la novedad, llegaba para reemplazar los dinosaurios, tal el calificativo despectivo usado para generalizar un movimiento que si dudas tuvo momentos ridículos a lo Spinal Tap (siendo Emerson, Lake & Palmer el ejemplo más flagrante), también conoció investigaciones sónicas que anticiparon el hastío juvenil que expresaría el punk apenas un año más tarde (hablo de The lamb lies down on Broadway, el álbum doble que la banda publicó en 1974).
Sin embargo, la leyenda se solidificó, y hasta el día de hoy se toma como verdad revelada: el punk mató al género progresivo. Lo dicen desde los ingleses de la NME, los españoles de Vibraciones o sus réplicas en el Río de la Plata y, sobre todo, en el Uruguay (en Montevideo, para ser más preciso), el rincón más punk del Cono Sur.
Lo cierto es que el progresivo hoy goza de excelente salud (alcanza con visitar el sitio progarchives.com y ver los cientos de exponentes y variantes que el género tiene), mientras que el supuesto verdugo apenas sobrevive en sus variantes más comerciales (el punk pop californiano), o apenas como un recuerdo.
En cambio (casi) nadie se acuerda de las verdaderas víctimas de la vomitona punk. Eddie and the Hot Rods o Dr. Feelgood, y ello por una sencilla razón: el escándalo desatado por la band boy creada por Malcom McLaren como protesta performática se robó los titulares con sus escándalos.
¿Qué quedó del punk entonces?
En un sentido estricto, nada. Su exponente más famoso, los Sex Pistols, apenas lograron sacar un disco. Las otras bandas de entrada ya tenían otra intención y, sobre todo otras capacidades. Las integraban músicos, antes que modelos. El exabrupto se justifica recordando como McLaren expulsó a Glen Matlock, bajista en serio, por Sid Vicious, que no sabía tocar el bajo, debido a que este último era “más lindo”; los Pistols apenas compusieron dos temas más luego de esa movida empresarial. Fue así que los músicos enseguida abandonaron el grado cero a que se hubieran condenado de seguir los dictados del movimiento devenido moda y comenzaron a experimentar en busca de ser mejores músicos.
The Clash, Television, Paul Weller, The Buzzcocks, la propia Siouxsiee (y a partir de ella nada menos que Robert Smith), salvaron el rock de los verdaderos dinosaurios: los lúmpenes criados a escándalo vivo por un empresario de la ropa llamado Malcom McLaren y su socia Vivienne Westwood.
Pero, antes que los Sex Pistols o The Clash, antes que Siouxsie o The Cure, antes que Sisters of Mercy o The Lords of the New Church estuvieron… The Damned.
Y están. Siguen subiéndose todavía a los escenarios con una vitalidad que, en cierta forma, recuerda a los Stones (cuando los Stones todavía eran “jóvenes” de 60 y pocos años). Mientras, la mayoría de sus colegas han desaparecido.
Ellos fueron los primeros punks británicos: primer single (“New Rose”) en octubre de 1976; primer LP punk (“Damned, damned, damned”) en febrero de 1977; primera gira de un grupo punk británico por Estados Unidos en 1977.
Grupo de culto por excelencia, los Damned sin embargo jamás tuvieron ni una buena relación con la prensa ni tampoco fueron un grupo ordenado, con una clara estrategia pensada para aumentar su base de fans lo que, considerando la riqueza de su discografía, lo hace a uno entender el por qué, siendo tan buenos, no son masivos como The Cure o The Cult, por citar solo dos colegas de época.
Estado de cuenta
Al final, apagados los amplificadores y con los oídos todavía reverberando, lo que quedan son algunas cosas claras:
- por la propia lógica del mercado, que a su vez formatea el modo de escucha de los usuarios, se hace muy difícil pensar en alguno de los artistas actuales, los más nuevos, todavía en ejercicio dentro de 50 años.
- este fue, junto con el de The Cure en el 2022, uno de los mejores recitales dados por una banda epítome de los gloriosos años 70 y su síntesis, la década de los 80. The Mission en 1988 también, pero demolieron el Cilindro, ya no es posible escuchar los ecos que todavía quedaron rebotando durante años después gracias a la pésima acústica del recinto. Lo que lleva al siguiente punto.
- MMBox es una de las mejores, si no la mejor, salas (preparada desde el aparataje lumínico hasta las condiciones acústicas, pasando por la calidad del servicio), para recibir estos espectáculos. Sus propietarios deberían ir pensando en crear un grupo de seguidores (si es que no existe ya), una panda de fanáticos de la buena música y las charlas post show (como en su momento lo fueron la Cueva y la Perla del rock en Buenos Aires, por citar un ejemplo mítico cercano) ya que el local va camino a convertirse en leyenda. Ergo, en algo más que un recinto donde se va a escuchar música.
Por último: Montevideo, aun con su escala de mercado minúscula (tener a un gigante como Buenos Aires tan cerca distorsiona la perspectiva) no carece de núcleos de seguidores fieles a grupos de culto. Y, aunque el promedio de edad andaba por los 40-50 años, también se contaban entre el público gente de menor edad.
La música es poderosa, no solo se trata de una cuestión de gustos: la música formatea cabezas. Las expande, les muestra otras horizontes, tantea otras sensibilidades.
Recintos como MMBox y artistas como The Damned se unen en una conspiración afortunada para luchar a favor del futuro espiritual del público. En la repetición de tales encuentros nacerá, tal vez, la presencia de ánimo para hacer frente a tanta intención ramplona de emparejar las exigencias musicales hacia abajo.
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