
Anoche me acerqué a despedir al “Pepe” al Salón de los Pasos Perdidos, del Palacio Legislativo. Fui como miles; en silencio, conmovido, con los sentidos anestesiados y a la vez alertas, atravesado por la dimensión del momento.
Llegué pasadas las 21 horas y fueron más dos horas y media en una fila que se extendía por la explanada y serpenteaba con ritmo lento, paciente, por varias calles. Cada paso era un acto de reconocimiento, un gesto simple pero profundamente simbólico; el pueblo despidiendo a uno de los suyos. Había un clima de tristeza, pero también una energía de encuentro y comunidad. De murmullos. De abrazos. De historias al pasar.
Delante de mí, una familia completa; siete personas. Tres de ellas, niños de entre cuatro y nueve años, que jugaban, se sentaban en el piso, corrían un poco y volvían a la fila como en una coreografía espontánea. El padre llevaba una bandera del FA que seguramente tenía más de veinte años y varios actos, campañas y/o días de ventana o balcón. Le cubría la espalda como un abrigo, desde el cuello hasta el piso. De a ratos orientaba a los gurises con voz serena para que no se alejaran, y en otros momentos hablaba muy bajito, casi en susurros, con una mujer que parecía su pareja. Ella, con los ojos húmedos, respondía en voz apenas audible, como si no quisieran romper la delicada intimidad de la espera.
Vi también a otras personas conocidas; compañeros de trabajo, vecinas, gente con las que alguna vez compartí espacios en distintos momentos de la vida. Cada quien llegaba con lo que podía ofrecer; una flor, una bandera, aplausos, lágrimas.
El entorno hablaba. Había banderas del Frente Amplio, del MPP, del MLN, de sindicatos, clubes deportivos, asociaciones barriales y mas. Una representación multicolor que expresaba, mejor que cualquier discurso, el lugar que José Mujica ocupa en el corazón del pueblo. En esa fila, se sentía muy fuerte, Pepe es de toda la comunidad.
Conversé con personas que venían desde distintos puntos del país; Tacuarembó, Flores, Durazno, San José. Familias que habían viajado muchas horas para estar presente. Un señor muy grande, más de 80 quizás, acompañado de una muchacha mucho más joven, pedía permiso para seguir el paso, pañuelo en mano, al que llevaba a los ojos cada pocos segundos. Decía: “No me voy a ir sin saludarlo al Pepe”.
Muchas otras llegaban al entorno del Palacio preguntando dónde estaba el final de la fila y rápidamente encontraban orientación de alguien que minutos antes, había estado en la misma situación. Me crucé con una excompañera de trabajo a quien hacía tiempo no veía. Primero nos saludamos de lejos, a los segundos enfilamos para darnos un abrazo, medios perdidos y anestesiados por el momento, sin saber muy bien qué decirnos, más allá de un cruce de palabras rápido, sobre cómo estábamos.
Ya dentro del Salón de los Pasos Perdidos, el silencio imponía. Se sentía en el cuerpo.
El féretro, cubierto con la bandera nacional y la de Artigas, descansaba entre arreglos florales que ocupaban el pasillo organizado en forma de “U” para la despedida. Estas ofrendas, enviadas por distintas instituciones de todo el mundo: Fuerzas Armadas, sindicatos, cooperativas, colectivos feministas, estudiantes, vecinos, trabajadores del Plan Juntos, consulados, embajadas, gobiernos y mas.
A los pies del cajón, una cartulina escrita a mano coloreada y con las banderas de Uruguay, el Frente Amplio y la del MPP que decía: “Gracias Pepe. Hoy, tengo un hogar digno”.
A la salida, habían dos atriles con libros de condolencias. Dos funcionarias del Palacio, muy corteses, alumbraban con sus celulares a quienes quisieran dejar unas palabras escritas. No me ha tocado escribir muchas veces en este tipo de libros, pero cada vez que lo hago, imagino que lo leerá su familiar más cercano. En este caso, se me representó su compañera de todas las horas. Y a ella fueron mis palabras: “Lucía querida, sin lugar a dudas, valió la pena”.
Impresionaba la expresión popular, una especie de ritual laico de gratitud. El adiós a un hombre que eligió vivir con austeridad, pensar desde los de abajo y hablar sin rodeos.
Afuera, la fila seguía creciendo. Algunos se abrazaban al salir. Otros lo hacían en silencio, con los ojos rojos y los brazos caídos. Faltaban cinco minutos para iniciar un nuevo día. La noche estaba amigable, a pesar de estar a mitad de mayo, mientras el Palacio seguía abierto por un rato más para abrigar la resignación.
Me fui conmovido. Con un nudo en la garganta. Pensando que en tiempos donde la política muchas veces se vuelve espectáculo vacío, “El viejo” representó una forma distinta de ejercerla; con sobriedad, ética, y humanidad. No como pose sino como consecuencia de su propia historia.
Y quizás por eso, en esa fila interminable, nos sentíamos parte de algo más grande. Como si al despedirlo también estuviéramos renovando un compromiso. Con la memoria, la justicia y con la ternura.
Descansá en paz, querido Pepe. Tu pueblo te abraza.













































