Hermandad

LUC: ¿ser o no ser? La patria en peligro II

El 10 de abril del año 2020 el presidente Julio María Sanguinetti sostuvo que el gobierno tiene que gobernar, fíjese usted, razón por la cual resulta pertinente que el presidente Luis Alberto Lacalle Pou envié una ley de más de 500 artículos para ser tratada en unas pocas semanas y que fue elaborada, en sus orientaciones generales, ANTES de que el mundo ingresara en una crisis monumental de la que todavía NADIE sabe cómo se saldrá.

Un momento, plena administración social y científico técnica para evitar la propagación de la pandemia, (abril del 2020) como puede apreciarse, de lo más oportuno: nadie va a poder ir en condiciones de serenidad a ninguna comisión a aportar un criterio, una sugerencia, una reflexión al proceso de deliberación democrática y menos aún, claro está, salir a protestar por alguna disposición que pueda afectar sus intereses, sus condiciones de vida, su futuro.

Salvo que decida exponer su vida y la de los demás al riesgo de contraer un virus para el cual todavía no hay, ni va a haber hasta dentro de unos meses, una vacuna, ni siquiera un tratamiento farmacológico más o menos confiable.

No soy de los que cree que la vida individual de hoy pueda valorarse por encima de la vida (social) de mañana, ni que la libertad de salir a tomar aire si se toman en consideración las circunstancias excepcionales, entra en contradicción con el “distanciamiento” social.

No he escrito sobre ello porque como saben el doctor Sanguinetti y el presidente Lacalle la dialéctica entre libertad y disciplinamiento social es un asunto muy, pero muy serio, (por lo demás en permanente transformación), de modo que me pareció prudente hacer silencio a este respecto y confiar en que el gobierno adoptaría las decisiones técnicas pertinentes para evitar la propagación del virus.

Una de las virtudes históricas del presidente Julio María Sanguinetti fue la de no tomar por “bobos” a los demás. La de participar seria y rigurosamente en todos los debates atinentes al destino de la comunidad espiritual a la que pertenece y hacerlo además considerando sus particularidades, pero también su pertenencia a un universal denominado humanidad.

Ahora, sin embargo, lo hace. En caso contrario la situación es más grave. No está queriendo o pudiendo comprender, quizá porque la situación lo obliga a una edad ya muy avanzada a revisar prejuicios, la entidad del cambio civilizatorio que va a tener lugar en el mundo post pandemia.

Ciertamente, hay quienes están cometiendo el error al revés: creen que todo va a cambiar por arte de “birlibirloque”, pero de esa ansiedad de cambio procuraré ocuparme en otra ocasión.

Estamos en un momento de la historia de la civilización en el que los conflictos de intereses pueden llegar a convertirse en salvajes disputas de poder.

No por la pandemia, sino por lo que ocurrió en los últimos cuarenta, cincuenta años: una absurda concentración de la riqueza, en pocos, muy pocos conglomerados de capital y naciones Estado.

La gravedad de este estado de cosas, grosera acumulación concentrada de capital, mercantilización de todas las esferas de la vida social por las dificultades del capital para lograr rentabilidad, más la pandemia, obligan a la política y a los intelectuales a regenerar la cultura de la honestidad absoluta.

La propia de algunos momentos revolucionarios.

Es la única manera en que la deliberación democrática puede conducir a encontrar soluciones con sentido de comunidad.

Las tensiones socio económicas, los conflictos de intereses directa y llanamente por la supervivencia, (de los individuos y de los Estados) sin embargo, estimulan sistémicamente a los agentes más bien al salvajismo que a la racionalidad.

Por ello, otra vez de nuevo, la exigencia intelectual y técnico administrativa sobre la política vuelve a tener tanta significación civilizatoria como la que exigió en el pasado la búsqueda de solución a un conflicto bélico, la gestión político jurídica y económico política de una revolución (burguesa o proletaria) o una transformación tecnológica muy disruptiva, (lo que también estamos viviendo como especie y como sociedad singular).

Vayamos pues, con la más absoluta honestidad intelectual y con este marco general, del estado de situación, a las cosas.

¿Por qué es muy inoportuna la forma en que se presentó la ley de urgente consideración TAL Y COMO ocurrió?

Porque divide a la sociedad uruguaya cuando lo que hay que hacer es unirla contemplando la diversidad de intereses, necesidades y sensibilidades de TODOS sus componentes.

Y porque la calidad de la gestión política es absolutamente central a la consolidación del liderazgo del presidente para un mundo que traerá sobre el Uruguay inconmensurables desafíos político económicos.

Se debió y se pudo presentar el proyecto al Frente Amplio y los trabajadores indicándoles que no será ingresado formalmente para que corran los plazos hasta que no se haya superado la pandemia y hasta que no se tenga una idea aproximada de en qué condiciones quedará la economía mundial. Se pudo y se debió negociar con la oposición y al interior de la propia coalición de gobierno -lo que no ocurrió- una fragmentación de la ley, procurando generar consensos para enviar tal o cual bloque de artículos que se considera urgente aún en las condiciones actuales, explicando por qué, y así.

¿Es antidemocrática la decisión de presentar la ley, tanto para su consideración deliberativa como para su tratamiento institucional?

En absoluto, la modalidad ley de urgente consideración está prevista en la constitución y es un recurso al que puede recurrir el gobierno, electo como fue por una mayoría, exigua, pero mayoría, de la sociedad uruguaya.

En las condiciones actuales no facilita una deliberación democrática profunda, pero su presentación ante el cuerpo legislativo es absolutamente legítima y ajustada a Derecho.

Lo que se enunció hasta aquí no es difícil de comprender.

¿Por qué entonces se jugó la carta de dar el primer paso para presentar la LUC, a todas luces inoportuna, por las condiciones generales en que se hace y por los efectos políticos que genera?

Hablamos antes de honestidad, digámoslo pues con honestidad.

Porque una parte del gobierno de coalición llegó al gobierno con la intención de imponer un programa neoliberal y otra con la intención de ocupar el espacio político cultural que conquistó la izquierda y el movimiento popular en los últimos cincuenta años a efectos de estar en condiciones de reescribir la historia nacional anulando su significación.

Y porque la realidad global puso en evidencia, por muchas causas que ojalá pueda disponer de la serenidad necesaria para analizar en el futuro, que ambas intenciones resulta razonable dejarlas de lado cuando lo que está en juego ahora es la viabilidad del Uruguay como nación.

De modo que el gobierno, además de estar presionado por sus contradicciones internas, se encuentra con una realidad que lo fuerza a modificar sustancialmente los contenidos de su programa.

Salvo que tenga vocación suicida.

Finalmente, lo expresado aquí no da por bueno que TODO lo que hizo la izquierda en los últimos quince años, en los cuales gobernó, haya resultado “inmejorable” desde el punto de vista del interés nacional.

Ni que todos los postulados político culturales que “trabajó”, (no siempre con rigor historicista y filosófico político) hayan sido, desde el punto de vista de la civilización occidental, evolutivos en relación con la calidad de la cultura uruguaya.

El artículo se limita a advertir que TODOS los componentes del sistema estamos obligados por la realidad a superar reflejos de clase, identidades ideológicas, visiones político culturales, porque el desafío que afrontaremos como sociedad será dramáticamente exigente.

Gerardo Bleier

Posdata: la única salida sensata a la satisfacción de las ansiedades ideológicas y a las necesidades de clase (de unos y otros, de las dos mitades) es negociar la presentación de fragmentos de la LUC como parte de un acuerdo nacional orientado a preparar al país para las terribles convulsiones económicas y sociales que se vienen en el mundo. Cualquier otro camino es dejar librada a la nación al neofascismo o el espontaneísmo radical, cuando es el momento de la política, de la racionalidad sistémica. Ni del consenso social abstracto, ni del populismo, ni del encono. De la racionalidad sistémica.

 

 

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Gerardo Bleier

Gerardo Bleier

Gerardo Bleier nació el 26 de noviembre de 1960. Escritor, Periodista y Asesor en Comunicación Estratégica. Dirigió revistas, radios y programas de televisión. Publico varios libros de poesía entre ellos Ideanimas (Arca) y Cenizas (Artefato) y una novela Cráneo de Vaca (Cruz del Sur). http://gerardobleier.blogspot.com/