
Liberado de los cánones y de una historia personal en la que vengo haciendo otra cosa, me propongo, en un pequeño pero divertido ejercicio, referir muy especialmente a las dificultades que la lectura ha causado en mi vida quitándome, inclusive, la posibilidad de transitar por el mundo sumido en la hospitalaria comodidad de la ignorancia. El ejercicio que intento me obliga a abandonar inclusive tiempos y personas verbales, además de formalismos editoriales, escribiendo como hablo y hablando en este caso de mí mismo y de mi pensar como doxa, como saber popular-vulgar sobre algo con relación a lo cual manejo poco conocimiento -episteme-. Intentaré entonces, reconstruir mi biografía literaria a la vez que descargar catárticamente contra el daño que los libros me han hecho, daño del que aún no he podido liberarme.
Desde que me encontré, a muy temprana edad, con el ejercicio de la lectura, los libros no han hecho más que causarme problemas. Cuando tenía tres años, mi hermana comenzaba a adquirir sus primeras herramientas de lectura en su primer año escolar. En ese contexto, justificada o no, no tuvo mejor idea que intentar enseñarme a leer. Como todo lo que hago, adquirí compulsivamente el hábito, transformándome en una especie de niño inquieto que visitaba las casas de conocidos y parientes en la búsqueda de bibliotecas. Aún recuerdo la sensación que me provocó siempre hurgar entre los libros en la búsqueda de cosas extrañas y llamativas. Un rasgo distintivo de mi búsqueda es que nunca me atraparon las formas enciclopédicas, los textos cargados de fotos y dibujos que poco o nada dejan al lugar de la imaginación. Mi debilidad siempre fue y será la prosa, la simpleza del negro sobre blanco y la gimnasia espiritual de construir yo mismo las imágenes.
A poco tiempo de perfeccionar el ejercicio, comenzaron a llegar a casa, a modo de préstamo y desde casas de mis amigos, los textos de Enid Blyton. El idilio fue instantáneo ante la fascinación de esos grupos de niños detectives que osaban desafiar la mirada atenciosa de los adultos para inmiscuirse en las más atrapantes y descabelladas búsquedas de pistas, asociadas con las labores en sus clubes secretos. Soñé de chico con ser uno de “los siete secretos” … o de “los cinco” … me daba igual. Soñé inclusive con tener mi propio club de niños detectives. Como si fuese poco, no mucho tiempo más tarde tuve el agrado de conocer a los Hollister. Andrew E. Svenson, bajo el seudónimo de Jerry West, me acercó a la vida de una familia modélica cuyos niños gozaban de las mismas dotes que los que describía Blyton. Lejos de mejorar mis desvaríos mentales, los Hollister agudizaron mis síntomas. Devoré una tras otra sus historias en la medida en que pude, porque a mi casa llegaban poco o nada esos libros de tapa dura.
En ese periplo maratónico, alternado con espacios de manchas y pelotas, comenzaron a regalarme algunos libros, sin saber que eso agudizaría aún más mis problemas. Al ejercicio de la lectura ávida y vehemente, se le agregó la preocupación por los personajes, por la vida de esos personajes, simplemente porque lo que leía me sembraba una semilla de duda sobre si era realmente posible que eso a lo que referían los libros fuese el producto de la imaginación desbocada del genio del escritor.
Y así fue como comencé a preocuparme por las aventuras de Tom y Huck. Y entiendo aún hoy que tenía motivos para hacerlo. Dos niños de su edad deambulando por las orillas del Misisipi es un tema alarmante, más aún cuando los adultos no parecen desvelados por sus andanzas juveniles. Con Mark Twain comencé a aprender que los juegos y juguetes son cuestiones de clase social y que no todos los niños viven en las familias de Blyton y West, cuestión que se encargaría de aclararme Baudelaire muchos años más tarde. Poco después, con de Amicis aprendí que si un adulto se propone escribir historias tristes para amargar a niños y adultos, es perfectamente capaz de hacerlo. Todavía no entiendo para qué lo hacen ni por qué alguien me regaló Corazón.
Mi niñez transitó los caminos de las aventuras juveniles hasta que, ya llegando a la adolescencia, apareció en mi barrio un club de canje. Las novelas iban y venían y lo que otros miraban por televisión yo lo leía, idénticos culebrones con héroes con sombreros y bastones, mucho más dignos y con mejor acento que las novelas centroamericanas. De Corin Tellado pasé a Agatha Christie, ahora con muertos reales y detectives adultos, lectura ágil y literatura simple pero lindo ejercicio para inviernos lluviosas.
Pasó poca cosa los siguientes años hasta que, cuando creí superado el trance inicial, alguien no tuvo mejor idea que presentarme a García Márquez. Cuando me enteré que a Dámaso no se le ocurrió otra salida que robar las bolas del casín, me di cuenta que a ese señor era a quien había que leer. Devoré en un verano todo lo que el gran Gabo había escrito hasta la fecha, sin poder determinar aún hoy qué fue lo que me causó mayor impresión. Mis recuerdos de ese verano fueron la debacle familiar de los Buendía, el amor eterno de Florentino Ariza y el pobre jubilado esperando su carta… cada historia mejor que la otra y la sensación de estar cerca del techo de la literatura leyendo esas obras que lees pero que, en el fondo, sabes que siempre te falta algo para comprender.
Lo mismo me pasó con Rulfo. Sigo pensando que no debe existir ni existirá jamás forma más sublime de describir el caudillismo y el patriarcado que la que nos muestra en Pedro Páramo, y aún recuerdo cómo iba y venía sobre hojas que no se atrevían a distinguir entre el mundo de los vivos y el de los muertos.
En esas épocas conocí a Hesse y su idealismo atrapante, acompañado de procesos de búsquedas personales y lugares oscuros, fármaco siempre atractivo para un adolescente que disfruta del ejercicio cansador de leer varias veces un mismo párrafo, y seguir sin entenderlo. Hoy, veterano y con muchos más libros en la espalda, me di cuenta que el problema de Hesse era justamente buscarse dentro de sí mismo, ejercicio que lo alejaba de la posibilidad de encontrarse en el mundo y, por tanto, de saberse sujeto a ese mundo, y de ese mundo.
Bastante bien hasta ahí. Pocos traumas y mucho disfrute hasta que, pocos años más tarde, conocí la filosofía. En mi cabeza aún creo que filosofía y literatura tienen algo de hermanos separados al nacer, aunque adhiero a las Tesis sobre Feuerbach, pero eso es motivo de otro análisis. Cuando leímos a Morin en secundaria, me pareció que eso que él expresaba como epistemología de la complejidad era algo que todos sabemos y que pocos podríamos expresar mejor que él, algo que es obvio que es así pero que la virtud del autor radica en la posibilidad de justificarlo en texto. Pero qué credenciales tiene un joven de 16 años para llevarle la contra a Morin.
Poco para agregar después de esto, sobre los primeros años de la juventud. La vida me puso en ocasiones a estudiar más que a leer. Pedagogía, didáctica, filosofía y tantas otras cosas que leemos los que aún tenemos la esperanza de que podemos, entre todos, transformar en algo al mundo. En ocasiones me alejé de la literatura, pero siempre con la intención de volver, aun cuando el tiempo muchas veces apremia y te obliga a hacer otras cosas, aunque obligar no debería ser menester de los libros.
De la filosofía aprendí que la injusticia es culpa nuestra, que la desigualdad no es inmanente, y que es ahí justamente donde radica la esperanza de transformación… que el pobre no es pobre porque quiere y que la realidad material, en el mayor de los casos, nos condena. Aprendí entonces que cultura y naturaleza no son la misma cosa y que es parte de mi tarea como educador enfrentar esencia con apariencia. Culpa de esa lectura y del propio Voltaire desconfío del mejor de los mundos posibles, además de que no me permito adorar criaturas imaginarias, porque ya creí en ellas en otras épocas. Me erizo cada día, cuando leo el genio barbudo alemán y admiro tanto su sistema de pensamiento como su narrativa, fusión perfecta entre filosofía y literatura. Reservo el mismo lugar para Nietzsche, y hasta le perdono muchas cosas cuando lo leo, inclusive su arrogancia de sentirse genio, tal vez porque en definitiva creo que lo era. Mi respeto para esas grandes obras que, aún sometidas al crimen de la traducción, mantienen la esencia de la genialidad inquietante.
Años después, luego de largas horas de gimnasias cerebrales y en uno de esos eternos retornos a la literatura, me amigué de una vez y para siempre con la poesía y, sobre todo, con los poetas. Le debo al genio de Walter Benjamin haberme presentado a Baudelaire, porque de él aprendí que la prosa no es la única forma de emocionar desde el papel y que hay no solamente quienes pueden escapar a la cursilería innecesaria de los poemas de amor sino quienes, inclusive, no necesitan de esa cursilería para estar amando, en otros términos, y de forma mucho más profunda. Le debo también al francés el descubrir en sus textos el compromiso político de describir el mundo para el mundo, de hurgar entre esencias y apariencias y de emocionar de belleza, algo que hacía tiempo no lograba, dejados atrás los paseos por Macondo y por Comala.
Hoy, hace muy poco, y de vuelta sumido en el ejercicio alienante de la incomprensión del texto, decidí adentrarme en el mundo del Ulises. Ya leída la obra de Homero hace años, me atreví a meterme con Joyce, en una búsqueda que llevó meses y que estuvo teñida de momentos borrosos de abandono inminente. No obstante, lo adopté como un hijo, queriéndolo cada vez más y en el paso a paso, comprendiendo en el fondo que cada vez que me adaptase a la lectura de un estilo, el autor lo cambiaría, y que en eso justamente radica la brillantez de la obra. Terminado el Ulises, en tertulia literaria con amigos lectores y bajo las mismas preguntas recurrentes hoy puedo afirmar lo siguiente: lo peor del Ulises es cuando lo terminas. Pocos libros habrá en el mundo que puedan dejar ese enorme vacío, la sensación de no saber qué seguir leyendo. No creo que haya palabras para describir lo de Joyce, sinceramente no sé qué más decir.
Los libros han estado en mi vida siempre alumbrando, poniendo luz, construyendo esto que me gusta llamar mi dispositivo de lectura del mundo. Dudo que quien no lee ni ha leído acceda por otra vía a la totalidad de las herramientas que los libros nos dan. Y hablo de libros, especialmente, porque soy de los reaccionarios que se niega al ataque incesante de la lectura digital.
Creo además que los sentidos son una construcción histórica, que nuestro ser social nos configura como sujetos que sienten, que ven, que escuchan pero que ese ver, ese escuchar, ese tocar…, son productos históricos que se pueden desandar, pero que no son bajo ninguna perspectiva producto de una naturaleza humana. Tal vez, y bajo esta mirada esperanzadora, sabiéndonos sujetos históricos a la vez que sujetos deseantes, podamos agregar a las tantas demandas que la educación nos plantea el reconstruir la estética del libro, del amor por el leer y del sentir el leer. Poco más por hacer para avanzar en la búsqueda de la apropiación por un hábito que no sólo eriza pieles, sino que también abre ojos, sensibiliza a la vez que espanta al peor de los virus que amenaza la sociedad actual, el del avance intempestivo de la doxa como saber supremo. Justamente el que refería al principio del texto cuando me atreví a escribir sobre literatura.














































