
LOS NIÑOS PERROS.
“La posición de los hombres de las altas esferas no es el resultado de sus virtudes morales”. C.W. Mills.
Los niños perros me dicen cosas. Cuentan historias inauditas. Como la laucha se arrastra durante el día para que la luz no pueda beber la humedad de su rastro. Van zarandeándose de lado a lado para confundirla. Para que la luz no sepa que es humedad y que es sombra. Me cuentan por ejemplo, como los ratones introducen sus colas por las ranuras de las cerraduras y llegan hasta los cofres de los botones.
Los que desparraman por las noches y transforman en borlas preciosas. Como las lechuzas asisten al juego del hornero soñador y computan las penas de algunos pichones. Los niños perros me dicen que por momentos dejan de ser perros y a veces también niños y entonces se buscan diseminados como espectros. A algunos les gana la locura y en su desesperación se despeñan por barrancos, y al ser encontrados los gendarmes forenses no saben cómo catalogarlos. Si como humanos o animales. Hasta pierden toda forma y rastro y no son más que un montículo de huesos, órganos y fibras. Los niños perros me cuentan cómo tras las lunas rojas unos se vuelven estoicos y se alejan. Se adentran en los bosques para no volver porque terminan comiéndose entre ellos.
Devorándose en las demoras de las cuentas regresivas. En los pistoletazos de salidas, cuando echan a correr como bestias endiabladas, hasta cruzar la meta y luego son elevados al podio de las olimpíadas magnánimas.
Cuentan como el pastor no duerme durante algunas noches. Como los espera agazapado para darles caza cada vez que oye el rumiar de alguna de sus cabras. Pero ellos no suelen comer cabras. Sólo se comen entre ellos en ciertas oportunidades o salen en busca de otros niños indefensos. Algunos se devoran devorándose. Se muelen hasta el final. Hacen aserrín de sus huesos y a estos los invisibiliza el viento. Los lleva alto. Se acaba el rastro. No hay hueso. No hay niño. Ni cadáver. No hay nada. A otros los convierten. Los transforman en niños perros devotos y los entremezclan como informantes. A diferencia de aquellos, a estos les permiten mantener la verticalidad pero les está prohibido hablar. Abrir la boca. Mostrar sus dientes. Relamerse en público. Incluso les cortan el rabo e implantan injertos plásticos de composición quirúrgica. No les ésta permitido adentrarse por los caminos de la nostalgia. Ni soñarse ni pensarse en sus ancestros. Incinerarse en sus recuerdos de lobos, cuando en manada salían a la caza de sus enemigos, y al no encontrarlos, tiraban a suerte la muerte de alguno.
Asumían las culpas ajenas como si fuesen corderos. Bajaban sus cabezas entregándose al sacrificio de la comunidad. De eso hablaban algunos de ellos. Lo hacían dirigiéndose a las piedras, pues sabían que ellas guardarían sus secretos, y porque no llorarían. Porque las piedras no saben llorar, apenas sudan cuando el frío se debilita y se asienta sobre ellas como láminas de humedad. A veces salen del bosque y llegan hasta los suburbios de los humanos, esos que saben auto eliminarse. Los ven con cierta displicencia pues nunca han confiado en ellos. Pero el olfato les advierte quienes son los infiltrados por más que se hayan mimetizado como unas piezas más de esos escuadrones de legos.
Esas piezas que se unen unas a otras, tanto para aparearse como para destruirse y continuar un extraño ciclo de redenciones, apariciones y desencuentros. Entonces retoman sus caminos y vuelven hacia sus lugares de origen. Hacia las vorágines de las estampidas, los últimos rescoldos donde han podido permanecer ocultos. Eso cuentan los niños perros. Lo hacen a veces, cuando entran en trance o transitan alrededor de las fases lunares y se pierden en sus vagas diatribas. Somnolientos, fantasmales. Esperando a sus víctimas como quién acecha las apariciones de sus propias siluetas.
Se ven a sí mismos entre los claroscuros de la maleza, incluso en los vertederos de los desagües, en los cementerios de automóviles donde dormita la chatarra muerta como cardúmenes apegados a una siesta eterna. Los niños perros se mastican entre ellos hasta perder sus dientes y ser sólo bocas con encías desnudas. Entonces esperan a que llegan los reemplazos, los implantes que les permitan volver a morder y cosificar las heridas. Se ladran entre ellos, se rascan y escupen, y vuelven a perderse en el universo de las hieles.
Algunos comienzan a heder, oler mal, orillando por los bordillos de la suciedad. Los demás se apartan, les tiran chorros de agua alcanforada como réplica a sus oraciones. Los niños perros saben, que llegado el momento todos serán presos de sus viajes. Colisionan entre sí, como si estuviesen en una pista de autos chocadores. Cada uno aferrado a su verdad, que no tiene porque ser la verdad propiamente dicha, para terminar siendo resúmenes ecuménicos de sus vidas.
Me gustaría saber en que lugar del universo cerebral se incuban los fanatismos. En qué sector de la masa encefálica anidan las bestias, el llamado de la sangre que alerta al animal liberado. Los niños perros dudan de la cara oculta de la luna y pasan noches en velas. Se yerguen tras los pupitres que han vaciado y dejan de buscarse cuando se ufanan unos de otros y simplemente se olvidan. Esto me cuentan los niños perros aunque no sepa el porqué.
Nunca quise llenar una ficha de adhesión a su club. Ni tomar partido entre las víctimas y los victimarios. Les habré caído en gracia cuando hice algún comentario sobre mis coterráneos, y no precisamente porque me sienta a esperar en una tierra neutral.
¿Es la certeza una vocación, una evocación, una equivocación? ¿Es la narrativa de los niños perros la que nos distrae de la destrucción? ¿La que nos separa en estamentos patibularios donde el renglón declina en su línea, se tuerce y curva en su calavera poliédrica. La que se hace hueco y humedece, sumisa al lamido del látigo imperial?













































