
A menos que uno haya estado viviendo en una cueva durante las últimas semanas, es casi imposible ignorar el “pequeño” detalle que hace a los shows de la gira Music of the Spheres de Coldplay tan únicos. Y, sin embargo, una vez que Chris Martin ha terminado la ceremonia previa (salir con el resto de la banda desde una trampilla en la pasarela y agacharse para besar el piso del escenario), el aire del estadio de Núñez parece henchirse con las exclamaciones de asombro cuando el cantante se acerca para encender la noche: 60.000 pulseras hechas con compost vegetal se iluminan de rojo en otras tantas muñecas.
Ahora sí. Todo el Más Monumental (como se lo ha rebautizado en honor a la nueva tribuna inaugurada recientemente) es un escenario. Todo. Las tribunas, el público, el aire saturado de colores y luces emitidas desde todos lados. Incluido, claro, el escenario que para entonces es un elemento esencial pero también una parte del cambiante caleidoscopio junto con a las ondas de color que bañan las tribunas.
10 estadios de River = un enigma
Coldplay comenzó el 25 de octubre una serie de 10 conciertos. Cuando este 8 de noviembre culmine el décimo, habrán asistido nada menos que 600.000 personas a su espectáculo. Ese es un número importante, aún para la Argentina, donde el Indio Solari movió medio millón de personas en su última “misa” de Olavarría. Llama la atención, incluso en un país tan habituado a sorprender, el número considerando la crisis económica actual, una más, que atraviesa. ¿De dónde saca la gente tanto dinero? ¿Crisis, qué crisis? La explicación me la da una chica. Trabaja en una agencia de publicidad, vive con sus padres y cada mes compra religiosamente los 200 dólares permitidos por el gobierno. Si no gasto el resto, pierdo plata, me dice. No gano tanto para comprar un electrodoméstico, un auto o un departamento, amplía. Sé que no está bien ser tan consumista pero no tengo otra opción. Para lo mismo que este mes puedo comprar con mil pesos argentinos, el próximo mes voy a necesitar 1200. Entonces salgo y compro ropa, entradas o como afuera, y lo mismo hacen mis padres. Igual, aclara, Coldplay me encanta.
Otra actitud
La pandemia perjudicó muchos sectores. El negocio de los grandes shows con sus concentraciones masivas llegó a convertirse en el símbolo de un pasado que muchos temían jamás volvería a darse. Para Coldplay tuvo, en cambio, una consecuencia paradójica. Al reducirse la contaminación por el parate forzoso que experimentó el mundo, la huella de carbono que produce la actividad humana también disminuyó y la banda, que había decidido no volver a salir de gira debido al daño ambiental que éstas producen, consideró que podrían volver. Eso sí: no a la vieja usanza sino aprovechando tecnologías nunca antes usadas para reducir el impacto ocasionado por cada show a, eso dicen ellos, el 50% de la huella anterior.
Eso se logra mediante varias estrategias. Las pulseras que le dan a cada espectador están hechas de compost vegetal reciclaba y solicitan que al final de cada recital sean devueltas para el próximo show. Antes del show se invita desde las pantallas a saltar sobre dos campos cinéticos circulares ubicados en la parte trasera del campo y a pedalear en bicicletas fijas. De esa forma se guarda energía para el próximo show. Además, el 10% del valor de cada show se dona a distintas organizaciones de ayuda al medioambiente y por cada entrada se planta un árbol.
¿Estamos entonces ante un nuevo modelo o es una ocurrencia particular, y pasajera, de Coldplay? Solo el tiempo lo dirá, ello es obvio, pero al menos en el caso de la banda de Chris Martin sería contradictorio si fuera a la “vieja” manera. Los mensajes ecologistas se repiten en las pantallas antes del show y el tono humanista/naturalista, casi zen, de los músicos componen un acto ecologista que parece bastante coherente.
Los entremeses
También llamados teloneros por el ambiente musical. En esta oportunidad fueron dos. La cordobesa Zoe Gotusso inició la cuenta atrás con su pop aniñado con aires de bossa nova. Despertó algún que otro aplauso amable como su música y se retiró consciente del empuje que estas diez fechas le dan a su carrera. Ya tiene marcado un show propio en el teatro Gran Rex, nada menos que en la calle Corrientes, para los próximos meses.
Luego fue el turno de la gran sorpresa. H.E.R. (Having Everything Revealed), es el nombre de la banda de Gabriella Wilson, una californiana multinstrumentista de 25 años que sorprendió con la calidad de su show. Ganadora del Oscar 2021 por la canción “Fight for you” de la película “Judas and the Black Messiah”, lo de Wilson va del ska al r’n’b al estilo The Weeknd, o el funk con reminiscencias de Prince. Del primero tiene el fraseo y el sonido vocal y del otro, la versatilidad y sensibilidad con que toca la guitarra, los teclados o la batería. A medida que se cerraba la tarde su música abría la noche, calentando los espíritus para lo que se venía.
De música ligera
“Music of the spheres” es el nombre de la gira actual del grupo y también de su último disco lanzado en el 2021. El título tiene reminiscencias espaciales y, de hecho, durante el preludio musical que marca el inicio del show suena la música de la película “E.T.” antes que Martin realice el gesto que pinta de luces rojas las pulseras y comienza a sonar “Higher Power”, el primer sencillo del disco estrenado desde la Estación Espacial Internacional el 7 de mayo del año pasado.
A esta altura conviene aclarar algo para que no queden dudas de la opinión de este cronista: el show (la decena de shows, en realidad) que Coldplay dio en la Argentina, y que seguirá girando por el mundo, es deslumbrante. Por su puesta en escena, por la habilidad de Chris Martin para liderar la puesta en escena y, cómo no, también por el público, uno más que dispuesto a dejarse llevar por sus ídolos.
El Más Monumental ha visto muchos shows espectaculares. Sin ir muy atrás en el tiempo, el artista que más shows había realizado en Núñez era Roger Waters con su gira “The Wall”. El ex-bajista de Pink Floyd logró llenar 9 estadios, récord arrebatado por Colplay pero, a diferencia de la monumentalidad sobrehumana de su espectáculo, el show de Coldplay integra al público. Es inclusivo en un sentido amplio. No solo porque la multitud se convierte en una parte esencial del espectáculo con sus pulseras de luces, o porque Martin lo agite, conduzca, conmueva con la sabiduría de un veterano. Hay algo más: la Disneylandia de láseres, confetti, fuegos artificiales, globos, marionetas y buena onda determina en gran parte el tono amable y agitado, enérgico pero armónico, apto para todo público, de la multitud.
Es en lo estrictamente musical donde puede encontrarse, sin embargo, la espina que puede llegar a molestar. Esto es: si uno anda con ganas de buscar algo más allá de las luces y los colores cambiantes.
En primer lugar la voz del cantante todavía no se ha recuperado del todo de la neumonía que obligó a la banda a suspender las fechas que tenía previstas en Brasil, y a medida que fueron pasando las fechas en River el esfuerzo sostenido se hizo visible: la recurrencia al coro siempre a la mano de los argentinos (maestros en corear bandas a juzgar por los testimonios de gente como Eddie Vedder o los Rolling Stones) en este caso sirvió además para suplir vacíos que Martin no llegaba a cubrir. Ese hándicap se hizo más notorio, por ejemplo, en “The scientist” o “Clocks”. La voz no llega, los agudos son impuros. Pero claro, a quien le puede importar eso cuando está sumergido en un océano de luces multicolores y láseres verdes. El asombro es visual, entonces. No sónico.
Por otra parte, en lo que concierne a las canciones en sí, uno no puede menos que recordar las palabras de Ryan Dombal, crítico musical del portal Pichfork en su review del disco “Music of the spheres” (fuente citada abajo de la nota). Allí escribió que la magia de Coldplay reside en “convertir algo que ya ha sido escuchado antes -una frase, el eco de una guitarra- en algo que uno quiere oír una y otra vez”. Y para que eso ocurra la música debe cumplir con ciertos requisitos: ser amable al oído, reconocible y, sobre todo, cantable por la mayoría de las personas. No busquen piruetas vocales ni solos acrobáticos por este lado. Esto es Coldplay, la quintaesencia del pop en su máxima expresión.
Una que sepamos todos
En cada país que visitan, los Coldplay y su equipo de Relaciones Públicas hacen una investigación previa con el fin de conocer cuáles son los artistas y cuáles las canciones más populares. Estas son ensayadas en el idioma original y luego brindadas como ofrenda al inconsciente colectivo, a la memoria musical de cada nación anfitriona. En el caso de Argentina el tema elegido fue el viejo éxito de Soda Stéreo “De música ligera” y, sospecho, sea el título más sincero de todas las canciones locales cantadas a lo largo de la gira. Ya la habían cantado en giras anterioes, pero en River el efecto logrado fue similar al de arrojar una antorcha encendida en un barril de pólvora ubicado dentro de un depósito ya incendiado: la mole de cemento repartió por el barrio de Núñez las vibraciones de 60.000 cuerpos saltando al unísono, y esto no es una figura poética. El estadio tuvo que resignar las ganancias que le deja albergar estos megashows por un tiempo debido a un recurso interpuesto por los vecinos. Estos llegaron a contratar sismólogos los cuales midieron movimientos similares a ondas sísmicas de baja intensidad -micro terremotos, digamos- que podían causar daños estructurales en los edificios más cercanos. Ahora, luego de diez fechas movedizas, supongo que se sentirán aliviados.
Durante ese tiempo además el grupo invitó a un amplio espectro de artistas para acompañarlos en el escenario. El primero fue Jin del grupo de Kpop BTS para cantar “The astronaut”; a él le siguió la cantante iraní Golshifteh Farahani quien el sábado 29 de octubre entonó la canción de protesta “Baraye”, prohibida en su país, a coro con Shervin Hajipour, cantante y autor de la canción, presente en forma virtual desde las pantallas de altísima definición. Luego fue el turno de los locales: Tini Stoessel el martes 1º de noviembre suplantando a la inmensa H.E.R. en “Let somebody go” y también cantando su hit “Carne y hueso”, Charly Alberti y Zeta Bossio (es decir: Soda Stereo sin Cerati) por partida doble. Con ellos cantaron “De música ligera”, “Persiana Americana” además de “Yellow”, momentos que Martin agradeció una y otra vez con el mítico saludo que acuñó Cerati en aquel lejano último show de Soda en River: “gracias totales”. El show del 8 de noviembre mostró además que, lejos de ser un gesto demagógico, este al menos será una presencia permanente: Chris Martin mostró su brazo con la frase tatuada durante su estadía en Buenos Aires. El último invitado fue una sorpresa al igual que los anteriores, aunque por razones distintas. Era un extranjero, el colombiano Manuel Turizo, quien interpretó “La bachata” junto a los ingleses.
https://www.youtube.com/watch?v=NVn8vSCDJwM
La despedida
“Estamos un poquito tristes porque esta noche es el último concierto aquí. No me quiero ir, pero gracias a todos” confesó Martin en un castellano rengo antes de cerrar el ciclo de shows. Para el recuerdo queda entonces la buena onda, el ánimo aligerado, un aire necesario para una fracción que es gigantesca (600.000 personas pasaron por River) y pequeña (en un país de 47 millones) a la vez.
Según la página oficial del grupo su siguiente parada será el 10 de marzo del 2023 en San Pablo, Brasil. Tiempo más que suficiente para que la garganta de Martin termine de recuperarse y para que la banda ensaye la canción en portugués elegida por ellos o para ellos por la producción.
Quedan allí, entre marzo y mayo, algunas fechas libres.
¿Se atreverá algún productor uruguayo a intentar el desembarco de Coldplay en Montevideo?
Stay tuned…
https://pitchfork.com/reviews/albums/coldplay-music-of-the-spheres/
























