
La lectura de “… De cómo Panchito Mandefuá cenó con el Niño Jesús” ((https://livres.org.ve/libros, páginas 7 a 13), del venezolano José Rafael Pocaterra (1899-1955), cuento que forma parte de su colección de relatos Cuentos grotescos (1922), pero que comienza a escribir en 1915, no dejará indiferente al lector. Una historia de Navidad que tiene por lo menos cien años, pero que suele repetirse a menudo en todos los tiempos. Y Pocaterra entrega su mensaje en el primer párrafo de la historia: “A ti que esta noche irás a sentarte a la mesa de los tuyos, rodeado de tus hijos, sanos y gordos, al lado de tu mujer que se siente feliz de tenerte en casa para la cena de Navidad; a ti que tendrás a las doce de esta noche un puesto en el banquete familiar […], te dedico este Cuento de Navidad, este cuento feo e insignificante, de Panchito Mandefuá, granuja billetero, nacido de cualquier con cualquiera en plena alcabala, chiquillo astroso a quien el Niño Dios invitó a cenar”. La dedicatoria atrapa de inmediato al lector que se ve impelido, literalmente, a conocer la historia de Panchito Mandefuá. Lo atrapa y lo incomoda porque la historia que le dedican, fea e insignificante, anuncia una realidad que él, ciertamente no vive, pero que la sabe e ignora.
Las historias de Navidad como la que el lector tiene ante sí, no son cuentos de hadas para limpiar las almas de cualquier atisbo de soberbia, vanidad o avaricia en la Nochebuena. Lejos del candor y de las luces variopintas que derraman sus colores titilantes alrededor del Árbol de Navidad, en cuanto el Niño Jesús, cada vez más desnudo, yace olvidado en su pesebre a los pies de ese Árbol vanidoso y desafiante, llora desolado su soledad, las historias de Navidad como la de Panchito Mandefuá le dejan al lector un mensaje amargo que lo sacude en su condición humana. Historias que claman del lector un corazón que haga de la Nochebuena la luz que ilumine el pensamiento de la humanidad en todos los momentos de su vida, en todos los minutos, en todos los segundos. Ese es el sentido del primer párrafo del relato, muy propio del gusto literario de la época, dirigiéndose al lector con mayor o menor intensidad. “Honraré la Navidad en mi corazón y procuraré conservarla durante todo el año”, nos enseñó hace mucho tiempo Charles Dickens, que sabe de historias de Navidad. ¡Cómo no recordar su maravilloso Cuento de Navidad!
Panchito Mandefuá tiene mucho de Lazarillo de Tormes, incluso sus orígenes miserables. Es un pícaro: bribón, astuto, burlesco y de mente ágil. Pero a diferencia del Lazarillo de Tormes, en su alma no anida la maldad ni la venganza. Trabaja y quiere ser feliz y en su miseria, es un niño bondadoso y tierno. Como dice Elba Marina Mireles en su ensayo “La concepción grotesca en la obra de José Rafael Pocaterra como forma de denuncia” (Letralia, Año X, N. 130, 10 de septiembre de 2005): “aquí destaca el drama conmovedor del muchacho marginado, pero que en medio de su miseria disfrutaba de la libertad a su manera y hasta prodigaba una ayuda”. En la figura de una chica pobre, Margarita, tan pobre como Panchito y huérfana como él, Pocaterra construye uno de los pasajes más encantadores y conmovedores de su relato, pues deja de manifiesto, por un lado, el alma generosa del protagonista que no duda en desprenderse de su dinero ganado gritando los diarios por las calles, para ayudar a la afligida muchacha; y de otro, ilustra toda su picardía de niño callejero “canchero”, un pequeño granuja, que le roba un beso a la harapienta niña:
“—¿Cómo te pago yo? —le preguntó con tristeza tímida. / Panchito se puso colorado y balbuceó: / —Si me das un beso. / —¡No, no! ¡Es malo! / —¿Por qué?… / —Guá, porque sí… / Pero no era Panchito Mandefuá quien se convencía con razones como ésta; y la sujetó por los hombros y le pegó un par de besos llenos de gozo y de travesura”. El fragmento citado forma parte de un diálogo extenso entre Panchito y Margarita, que se inicia en el momento en que el pequeño bribón encuentra a la pobre chica llorando en la calle ante la indiferencia de la gente y termina a la entrada de la casa donde la niña trabaja, y donde inesperadamente son sorprendidos por “un rostro de garduña, de solterona vieja y fea […]”: “—¡Muy bonito el par de vagabunditos éstos! —gritó. El chico echó a correr. Le pareció escuchar a la vieja mientras metía dentro a la chica de un empellón. —Pero, Dios mío, ¡qué criaturas tan corrompidas éstas desde que no tienen edad! ¡Qué horror!“. De correr sabe Panchito Mandefuá.
Se ha pasado la vida corriendo por las calles gritando “chillón, desvergonzado, optimista”, sus números del sorteo: “—Aquí lo cargoo… El tres mil seiscientos setenta y cuatro; el que no falla nunca ni fallando, archipetaquiremandefuá…!”. Era su trabajo que le permitía “darse sus lujos” como ir al circo, comprar sus cigarrillos, golosinas y hasta ir al cine. No sabe ni leer ni escribir, pero le miente sin pudores a Margarita cuando se lo pregunta. Pero sí sabe de cuestiones de números y tiene claro que el trabajo debe ser remunerado: “—¿Te pagan? / —¿Me pagan qué? / Panchito sonrió con ironía, con superioridad: / —Guá, tu trabajo: al que trabaja se le paga, ¿no lo sabías? / Margarita entonces protestó vivamente: / —Me dan la comida, la ropa y una de las niñas me enseña, pero es muy brava”. Panchito no tiene escuela, pero la vida, a su corta edad, le ha enseñado la suya con sus perfecciones e imperfecciones. Su escala de valores, que comienza con su sentido de lo humano y su conciencia de que el trabajo cualquiera sea, debe ser remunerado, hace de él un pícaro encantador que lo aleja definitivamente de lo que podría ser su modelo literario: Lazarillo de Tormes.
Su sentido de la vida simbolizado en su acción humanitaria, le ha significado una “pérdida sustanciosa” de sus ganancias diarias, y con su pragmatismo surgido de sus andanzas callejeras, lo comenta y reflexiona: “¡Era un botarate! ¡No le quedaban sino veintiséis centavos, día de Noche Buena…! Quién lo mandaba a estar protegiendo a nadie… Y sentía en su desconsuelo de chiquillo una especie de loca alegría interior… No olvidaba en medio de su desastre financiero, los dos ojos, mansos y tristes de Margarita. ¡Qué diablos! el día de gastar se gasta ‘archipetaquiremandefuá…’”. “Una loca alegría interior”. Una frase encomiable que encierra un sentimiento de profunda pureza espiritual, que Pocaterra pone en boca de Panchito, cuya miseria no puede ofuscar la grandeza de su corazón de niño, en ese acto tan simple de ayudar a otra miserable que sufre tanto o más que él. Sí, “la Navidad no es una temporada, es un sentimiento”, como afirma la gran escritora del Oeste Americano, Edna Ferber, autora de clásicos como Cimarrón y Gigante. Navidad es “esa loca alegría interior” que siente el alma, cuando a la vida se le envuelve con la ternura del sentido de lo humano que debiera colorear toda la humanidad.
Panchito Mandefuá, nos dicen Piero Arria y Valmore Muñoz en su ensayo “José Rafael Pocaterra ante la condición humana” (Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid, 2003), mantiene “una permanente crítica al absurdo modo de vida de la burguesía venezolana, a la que no sólo acusa de burda, inútil, laxa, sino que arremete contra ella debido a su compromiso con el régimen establecido, y su completo menosprecio a las clases no favorecidas”. Hay efectivamente en José Rafael Pocaterra, una comprensión de la literatura de marcado acento social, cuyo propósito es desvendar los desequilibrios e injusticias sociales de una sociedad acomodada e indiferente ante el dolor y la miseria humana. “Pocaterra lucha contra la hipócrita sensiblería romántica que se explaya en las tertulias afrancesadas de la burguesía, hundiéndose en la oscuridad de las vidas que se desmayan bajo la opresión de la desigualdad social, económica y política”, comentan las citadas autoras en su mencionado ensayo. Una sociedad venezolana burguesa y acomodada, indolente ante el dolor y la miseria de los desamparados, despojada de todo y cualquier vestigio de humanidad aun en plena Navidad.
Esa humanidad con que Panchito Mandefuá golpea a esta clase encerrada en su burbuja de miseria humana, y nos golpea como lectores. Sacude nuestro sosiego y nos enseña con su ejemplo la importancia de la solidaridad y amor al prójimo. Su grito de vida, “Mandefuá”, es su consigna de libertad, de ansias de vivir, de ser feliz: “Como una flor de callejón, por gracia de Dios no fue palúdico, ni zambo, ni triste; abrióse a correr un buen día calle abajo, calle arriba, con una desvergüenza fuerte de nueve años […]”. Un apellido inventado por él con el que terminaba todos sus gritos callejeros, sus ironías y sus burlas. “Mandefuá” era el sello de su ser. El símbolo de su esencia de niño vital: “Panchito metíase a socialista, le ponía letra escandalosa a «La Maquinita» y aprovechaba el ruido de una carreta o el estruendo de un auto para gritar obscenidades graciosísimas contra los transeúntes o el carruaje del general Matos o de otro cualquiera de esos potentados que invaden la calle con un automóvil enorme entre un alarido de cornetas y una hediondez de gasolina…”.
Panchito Mandefuá se merecía una cena diferente con el Niño Jesús. Pero, ¿podemos comprender su muerte como una liberación de su miserable vida terrenal? ¿O era un alma cuya humanidad no pertenecía al reino de este mundo, desprovisto de cualquier atisbo de sentido de lo humano como el que lo rodeaba?: “Cuando cruzaba hacia San Pablo, un cornetazo brusco, un soplo poderoso y de Panchito Mandefuá apenas quedó, contra la acera de la calzada, entre los rieles del eléctrico, un harapo sangriento, un cuerpecito destrozado, cubierto con un paltó de hombre, arrollado, desgarrado, lleno de tierra y sangre… / Se arremolinó la gente, los gendarmes abriéndose paso… / —¿Qué es?, ¿qué sucede allí? / —¡Nada hombre! Que un auto mató a un muchacho «de la calle…». / —¿Quién…? ¿Cómo se llama…? / —¡No se sabe! Un muchacho billetero, un granuja de esos que están bailándole a uno delante de los parafangos… —informó, indignado, el dueño del auto que guiaba un ‘trueno’”. Panchito había salido del circo. Eran las once de la noche y pensaba en su cena de Navidad: “hallacas de «a medio», un guarapo, café con leche, tostadas de chicharrón y dos «pavos rellenos» de postre. ¡Su cena famosa!”. Pocaterra destroza al lector. Lo desgarra con su historia “fea e insignificante” como él llama en la presentación del cuento.
Con todo, la muerte de Panchito Mandefuá no solo denuncia la realidad venezolana de su tiempo, también la realidad de nuestra América Hispana de ese tiempo y de todos los tiempos. La realidad de una Humanidad que olvidó qué significa “humanidad”, y que vive la Navidad como una fecha para expoliar sus faltas y desmanes de todo un año, de toda una vida. Su muerte simboliza, además, un llamado de atención a quienes tienen sobre sus hombros la responsabilidad política, social y cultural de la sociedad que gobiernan, para que el mundo deje de parir Panchitos Mandefuá que hacen de la calle la escuela y el hogar de sus vidas.
Para que los Panchitos Mandefuá cenen con el Niño Jesús también aquí en la tierra, rodeados de su familia y con la Estrella de Belén sobre sus cabezas. Solo así podremos entender la Navidad como la entiende el escritor y ensayista estadounidense, Hamilton Wright Mabi: “como la fecha que une a todo el mundo en una conspiración de amor”.
















































