Eileen Sánchez en Sala Camacuá - Crédito: Mathias Arizaga, para Precipicio Comunicación y Gestión

Get up and dance – Eileen Sánchez en Sala Camacuá

El festival Jazz a la calle, de Mercedes, generó una movida calurosa, fermental, como los veranos de la Coqueta del Hum. Tanto que eso derivó en una escuela de música, y hoy en día, en una de las sedes de la UTEC. La música llevó la universidad tecnológica a la ciudad que duerme plácida junto al río que siempre invita.

Entre quienes han aceptado el convite, Eileen Sánchez, una cubana joven, familiarizada con el clarinete desde los diez años, es dueña de una voz de registro potente, que se encuentra en plena búsqueda de la forma musical que le permita desarrollar las tonalidades que insinúa.

En medio de su trabajo de composición, convoca a un espectáculo, y la sala Camacuá nos recibe con una luna blanca llena brillando delicada en medio de un cielo azul intenso y con el brillo que solo un buen iluminador sabe dar. Los milagros suelen estar en los detalles.

Guitarra en mano, ocupa el centro del escenario luego de que sus músicos se han instalado como marco sonoro. Sus canciones tienen un encanto silvestre, de fruta en maduración. La manera de componer de la cubana tiene algo de la pulsación de la bossa, lo que por momentos opera como una contención demasiado estrecha para una voz que encuentra sus mejores momentos cuando se sale de los márgenes de la estructura de la canción.

El bajo de Nico Herrera (Paraná, Entre Rìos) envuelve el ambiente de cada tema; la guitarra eléctrica de Florencia Cabezudo dibuja sobre bases pentatónicas en una escuela en que debe haber mucho de los recorridos de los guitarristas de jazz de los 60, y un pulso que por momentos se va hacia el funky, con una mano derecha inquieta sobre las cuerdas. Quizá las canciones, aún en plena maceración, puedan enriquecerse haciendo más sitio a esos colores, dándoles un lugar de brillo bajo la luna.

Desde la batería de Teo Uriarte (Mendoza, Argentina) parches y platos dialogan con la melodía de la voz, que funciona como un instrumento más, en que la armonía es el núcleo sonoro que la banda y su música, cobijan.

Las letras cuentan historias de noches de luna, de los cosquilleos y padeceres dulces de los primeros amores, de las dudas en una ciudad lejos de casa, donde el invierno se arropa de amistades, músicas y conversaciones nocturnas. La poética de Sánchez se desenvuelve en un tono de canción pop, habitando las canciones casi como excusa para los juegos armónicos que la compositora va desgranando en su búsqueda.

A mitad del espectáculo, Noche se desprende del trillo. La batería cobra una fuerza inusitada, la guitarra eléctrica gana un par de puntos de volumen y por un momento una atmósfera un tanto lisérgica envuelve la sala. Los vapores de la noche mercedaria se funden en el aroma del mar caribe; la voz de Eileen se suelta y la canción se torna potente y compacta. Las partes no importan, no se notan, no se distinguen claramente y se funden en un sonido envolvente que condensa bajo la luz de una luna cálida y por momentos hostil.

Es ese momento en que el agua se encauza y encuentra un surco propio. Saben los músicos lo complejo que es componer una canción, una pieza que fluya, donde cada matiz haga lo suyo sin opacar y sin perderse. Saben los músicos, y sabe el público que cuando eso ocurre, es un pequeño milagro. En esa búsqueda se inscribe el show de la noche del viernes.

Pasado el momento de una intensidad de bordes oscuros, la cantante se pone de pie y declara su amor incondicional por su guitarra. «Entre ella y yo hay una relación monogámica», dice. «Nada de poliamor, es entre ella y yo, solamente», dice sonriendo a la complicidad de un público joven. Como todo amante que se precie de tal, declarado su amor pasa a otra cosa. La guitarra irá a descansar junto a la silla, y de la nada se materializará un clarinete. Otro viaje principia.

De pie, cantando sin la presión de «la canción», Eileen encarna el soul, da lugar a pinceladas gospel, juega, se divierte, recorre escalas en un registro amplio, toca el clarinete con un swing envidiable. Por un segundo Benny Goodman visita la noche junto al plata, junto al caribe, junto al Río Negro. La luna sonríe en el decorado. Solo vive y Yo lo sé cierran en el punto más alto, con la banda sonando ajustada y compacta, cobijando una voz que seguramente tenga mucho para dar, cuando halle su propio trillo, en medio del mar, bajo una luna más amable.

Eileen Sánchez en Sala Camacuá - Crédito: Mathias Arizaga, para Precipicio Comunicación y Gestión

 

 

Imagen: Mathias Arizaga, para Precipicio Comunicación y Gestión  

 

 

(Visited 202 times, 206 visits today)



Edh Rodríguez

Edh Rodríguez

Edh Rodríguez: Licenciado en educación, docente en formación docente. Publica habitualmente en Viciados de Nulidad la columna Mensajes Encriptados. Ha publicado artículos académicos sobre educación y psicoanálisis. Publicó Relato de un viaje en ómnibus en la obra colectiva Malestares en la ciudad (2016)