
En el marco del 14° Festival FADO Montevideo, el jueves 28 de noviembre 2024 se desarrollaron tres instancias en el Teatro Solis. Se trata de la 14° edición desde sus inicios en Madrid en 2011, año en que el Fado fue declarado por la Unesco como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad. Actualmente se realiza en 18 ciudades, 14 países y 4 continentes. En el momento que se celebran los cincuenta años de la restauración de la democracia en Portugal, el Fado se afirma como una expresión viva, dinámica, autentica y orgullosa de su historia, pero sobre todo libre de explorar sin apocamiento los caminos de su futuro.
A las 18 hs. con entrada libre, se exhibió la película de 2011 O CÔNSUL DE BORDÉUS, documental dirigido por Francisco Manso, João Correa.
A las 19.30 hs. también con entrada libre, se llevó a cabo la conferencia El Fado y la Libertad, a cargo de Rodrigo Costa Félix, uno de los fadistas precursores del nuevo fado, y también uno de los herederos de la tradición masculina del fado de Lisboa. Es fadista profesional desde los 17 años, y ha mantenido una carrera artística multifacética, actuando ya sea en casas de fado, en conciertos en Portugal y en el extranjero, participando también en programas de TV y documentales, así como en proyectos discográficos.
Con el auspicio de la Embajada de Portugal en Montevideo, Rodrigo Costa Félix se presentó ante una reducida pero interesada concurrencia, presentándose como cantante por más de 30 años, productor, conferencista, letrista y dueño de una Casa de Fado. “Toda mi vida gira alrededor del fado y la música urbana.” Nos relató la historia e hitos del Fado desde su origen hasta nuestros días, y la relación con los temas de la sociedad portuguesa.
Finalmente, a las 21 hs. se presentó en la Sala principal del Teatro Solis la artista Raquel Tavares con su banda.
Con el telón cerrado y en total oscuridad, comienza a sonar una guitarra portuguesa, para luego sentir la voz de Raquel haciendo Hei-de beijar-te Lisboa, una canción que habla de “saudade”. Sube el telón y descubrimos un escenario muy despojado, a la artista de pie junto al intérprete del instrumento, además de un guitarrista clásico y un bajo eléctrico, cada uno en su propia tarima.
La sala no está a pleno, pero se nota que la mayoría de los asistentes son brasileros o portugueses; también hay representantes del Ministerio de Cultura entre el público.
La iluminación del escenario varía en cada canción, mutando colores y ambientes.
Ataviada con un mantón de flecos negros sobre los hombros, Raquel saluda en un muy correcto español, recuerda que no visitaba Montevideo desde el 2008, cuando con 23 años hizo su primera gira internacional, y rememora al público que la recibió con mucha emoción. Cuenta que nació en un barrio popular de Lisboa, donde vive gente muy simple y se puede escuchar fado por todas las calles. Nos dice que el fado habla de tristeza, pero la poesía es más importante, y que si además de conmovernos, logra hacernos sentir un poquito de alegría, habrán hecho bien el trabajo. En portugués saluda ahora a los compatriotas, y menciona que le gusta cantar sobre la tristeza, el sufrimiento, el desamor, el amor ausente.
Para la siguiente canción la artista queda menos iluminada, se quita el mantón mientras observa embelesada a sus músicos tocar, sintiendo la música en el cuerpo. Se seca el rostro, nos pide palmas, que celebremos a los artistas sobre el escenario. Nos impulsa a canturrear con mucha energía, no capta nuestra natural timidez. Hace unos gestos con las manos, que me recuerda un poco a las gitanas, a las bailaoras flamencas.
La siguiente canción habla de perder el amor, pero tiene un ritmo muy ligero, hasta alegre. Por momentos cambia el portugués por el español, mientras no pide hacer palmas y acompañar el coro.
Luego nos cuenta que tuvo la suerte de crecer junto a los grandes del fado, ya que ningún artista se hace solo, sino que es un cúmulo de referencias. Una de ellas fue Beatriz da Conceição, una mujer de difícil carácter, muy “geniosa”, pero que le enseñó que el fado se hace con verdad. “Beatriz nos dejó hace 9 años, ayer, y yo tengo que cumplir su herencia, su estilo”. Nos cuenta que el chal que tiene en la mano era de Beatriz, y que cuando se lo pone, siente el peso de su historia; para presentar la siguiente canción que habla de lo difícil que es decir adiós a quienes amamos.
Raquel no sólo canta, interpreta con su voz y con todo su cuerpo. Es tan sentida la actuación que, al terminar, se retira del escenario mientras los músicos tocan una Guitarrada, que a mi entender suena al principio a madrigal, luego a folclore.
Cuando vuelve nos permite ovacionar a sus músicos, y les presenta uno por uno. Luego explica que nadie sabe por qué canta fado, para comenzar Foi Deus a capella y terminar acompañada con los instrumentos.
En este momento el bajista se retira y las dos guitarras (portuguesa y clásica) se acercan al borde del escenario para tocar de pie cómo si fuera una Casa de Fado, donde no hay lugar para tantos músicos (chiste interno para el bajo). Es tan pequeño el lugar, nos cuenta, que se puede sentir la respiración de los artistas. Y es un ambiente muy tenso, un poco debido a que hay mucho ego (se sigue burlando de ellos mismos). Y al terminar la canción nos dice: “¿comprenden cuando hablo de tensión?” mostrando a las risas que a la guitarra clásica se le rompió una cuerda. Debido a este inconveniente, queda ella sola junto a la guitarra portuguesa, con el intérprete en una posición que a mi entender tiene que ser muy incómoda (similar al bandoneón), pero lo tolera naturalmente. Ella canta muy cerquita hasta que vuelve la otra guitarra (ya compuesta en tiempo récord, delante de todos), y allí Raquel se aleja, les deja lucir. Se nota que hay mucha complicidad en este grupo humano, mucho cariño.
La artista nos cuenta que cuando la cantante hace algo extraordinario con la voz (como ella hizo, y no supimos apreciar, evidentemente), la gente grita “¡a fodista!”, pero “lo tiene que sentir en serio, gritar desde las entrañas”. Entonces “voy a volver a hacer algo extraordinario” dice entre risas, pero “que salga natural”. Los músicos se liberan de la tensión y deben dejar la actuación un momento, para poder reír junto al público.
Durante el concierto logro captar algunas de las palabras clave… sus canciones hablan de pérdida, de silencio, de la noche, de soledad, de llanto y gritos de esperanza.
Volviendo los artistas a sus asientos, Raquel nos confiesa que le encanta cantar en español y si le permitimos, va a hacer una canción de Chico Novarro. Se sienta a los pies de uno de los guitarristas para hacer Algo Contigo y el teatro la ovaciona cuando termina el bolero a capella.
Desde ese lugar nos cuenta que hace un mes que están de gira con el Festival de Fado por toda América y que hoy es el último concierto, así que “hoy me voy a cantar todo”. Ahora quiere cantar un tango: acompañada sólo con guitarra clásica nos deja Volver, una versión tan conmovedora que sus propios músicos también la aplauden. Luego nos dice que nos quiere contar una historia. Que siendo jovencita fue una vez al cine, a ver la película diarios de Motocicleta, y cuando escuchó la música de los créditos quedó sola en la sala, fascinada por esa canción. Eran tiempos antes de Google, entonces le costó descubrir al autor: el uruguayo Jorge Drexler, y recién cuando en el marco de un novel Festival de Fado llegó a Buenos Aires, pudo comprarse el disco Eco. Estuvo todo el tiempo en su habitación del hotel, aprendiéndose las canciones para cantarlas cuando viniese al Uruguay, como hace esta noche nuevamente, y termina con “gracias, Montevideo”, aplaudiendo al público. “Estamos llegando al final, voy a volver a tocar porque siempre son un público maravilloso, me voy con el alma llena”.
Esta vez los tres músicos se acercan al borde del escenario, para hacer la última canción, casi a media luz. Desenchufan sus instrumentos para actuar al estilo tradicional, sin amplificación, “para que vean que podemos hacerlo”, no la necesitan. Todo el teatro de pie aplaude y pide el bis.
“Nos vamos a despedir con una fiesta” dice Raquel y nos enseña el estribillo para que la acompañemos en Rapaz da camisola verde, una canción que habla un marinero, una mujer y el color verde. Pide un aplauso para los tres músicos mientras hacen sus solos, ella otra vez deja que se luzcan mientras suena algo similar a una bossa nova. Nos hace percatar de la particularidad de los instrumentos, y la plasticidad de sus sonidos, todos distintos y complementarios. Pide aplausos para el sonido y las luces, para el Festival de Fado y culmina con “voy a volver a Uruguay, hasta siempre, los quiero mucho”.
Efectivamente se cumplió lo prometido, nos vamos con el corazón más ancho, reconfortado. La explanada del Solís nos recibe pleno de plantas por el Festival de la Tierra que comenzará al otro día, nos envuelve con sus aromas tan exóticos en plena ciudad vieja, y siento frases sueltas entre el público: “ella es amorosa”, “tiene una fuerza”, “me transportó a mi infancia” y pienso en lo importante que es que el arte te haga sentir por un ratito, que sos feliz.


































