
La Trastienda Montevideo
4 de agosto 2023
Fernando Cabrera junto a Diego Cotelo
Hace alrededor de veinte años conversé con Fernando Cabrera acerca de su búsqueda musical de ese momento: tratar de decir más, tocando menos, marcar la fuerza de un rocanrol en una canción con apenas un acorde, pulsar una nota que llegara al alma del público. Eran tiempos del disco Viveza, donde destacaba la canción que le da nombre, tocada y cantada con el solo acompañamiento de una caja de fósforos. Recuerdo otra situación, tal vez en Guambia, donde llegó el momento de tocarla y la caja de fósforos no aparecía, palpar bolsillos, mirar estuches y nada, el percusionista le ofrecía uno de sus accesorios que podrían emular el sonido, pero eso para Fernando resultaba inaceptable, el instrumento que acompaña a la canción es una caja marca Fragata que contiene quince fósforos de madera, ni uno más, ni uno menos. Precisión y obsesión en partes iguales. Simpleza y hondura como norte.
Llegamos a La Trastienda sobre la hora, ya nadie estaba en la vereda, mala señal, el miedo de llegar con el recital empezado podía materializarse, pero no. Al minuto Fernando irrumpe en el escenario junto a Diego Cotelo con el mismo formato que se presentó unos meses antes en el Teatro Solís para celebrar los diez años de Intro, su libro y DVD del 2012.
La lista de canciones te va a sorprender, me comentó alguien de la producción, pero no me dio más pistas. Así que me senté predispuesto a ser sorprendido.
El recital arrancó con «Tablado del Colombes», la canción de Montresvideo que abre el recital de 1986 en el Teatro Circular junto a Eduardo Mateo. Continuó con un clásico, «El viento en la cara», luego, «Asociación amigos de lo marginal» y «Vidalita fea».
Fernando dio la bienvenida al público, aclaró que el tema con el que abrió hacía cuarenta años que no lo cantaba, pero en youtube hay pruebas de que son apenas treinta y siete. Presenta los nombres de las siguientes tres canciones interpretadas y anuncia otra de aquella época, «Estás acabado Joe» y rápidamente empiezo a entender por dónde venía el comentario sobre la lista de esta noche, la versión a dos guitarras es soberbia, Diego Cotelo se luce toda la noche. Es algo más que un multinstrumentista, me viene a la mente el sonidista de los antiguos radioteatros, ese que rodeado de instrumentos, chiches y chirimbolos mete mano a su baúl mágico y siempre encuentra el accesorio, el ruidito, la nota justa que precisa la canción.
Prosiguen con «Mudanza» y el espíritu de Darnauchans sobrevuela la sala. El clima es de silencio, ese que el amigo trovador valoraba más que el aplauso. Ni siquiera es roto por el estruendo que hace una puerta que dice Privado al cerrarse o por el andar apurado de las mozas que parecen hormigas en una mañana de verano, incansablemente repiten el trayecto entre las mesas y la barra.
Los clásicos se suceden, convierten al recital en uno de esos soñados por quienes siguen a Cabrera desde el siglo veinte. Es momento de «Agua» y «Lejos». Fernando explica que se trata de canciones de su lejana juventud compuestas cuando tenía entre dieciocho y veinte años, por lo que aclara que algunas pueden sonar exageradas o tener exaltaciones propias de la edad y de otras épocas de nuestro país. Es momento de «Viva la patria», la canción que da nombre a su disco del 2013 y que fuera galardonado como el mejor álbum del año por los premios Graffiti.
Es momento de otro clásico, «El loco», proveniente de uno de sus discos más roqueros, Buzos azules de 1986, en tiempo en que la música de The Police lo invadía todo.
Tras este segmento de cuatro canciones que fueron interpretadas solo por Fernando, Diego vuelve al escenario, Cabrera bromea, pide auxilio, reclama que no lo deje solo, estos jóvenes hacen lo que quieren, afirma, faltan, se van, unas risas cómplices brotan desde el público.
Llega uno de los momentos más íntimos del recital, con dos canciones de sus experiencias grupales de principios de los ochenta, la primera es «María Elena» de Montresvideo, la canción dedicada a su abuela, con la que compartían casa en Molinos de Raffo 432, la siguiente es «Méritos & Merecimientos» proveniente del disco Baldío de 1983, canción que garabateó en los espacios libres que le dejaba una revista Gente, sentado en el asiento de atrás de un auto que volvía de La Floresta. Este bloque cierra con otro clásico: «Yo quería ser como vos» con ese golpe a tierra proveniente del «toco», ese estilo de percusión que le marcara Chichito Cabral cuando la grabaron por primera vez.
Siguen los temas dedicados al tiempo de la niñez y la adolescencia, Fernando bromea nuevamente con el público, opina que podremos entender perfectamente lo que se viene, porque a la vista, los que ocupamos las sillas no hemos superado esa etapa. Dos son las canciones, la primera es «El liceo», rememorando, según la letra, la mejor época de la vida.
Continúa con «Mañana será otro día», dedicada a la joven que debe resignarse, perder en el amor y privilegiar la amistad. Fernando siente que debe explicarnos la historia, al mal tiempo buena cara, sufrir, resignarse y seguir, «…ríe mi mejor amiga, besa por primera vez, el que avistaba mi sueño con ella se fue…».
La voz de Fernando ya no es aquella, algunos agudos se resisten a volver, él también los insinúa, a veces algo parece romperse, la nota se escapa, se desafina. Me encanta cuando sucede eso, me gusta su esfuerzo, afirma mi hijo desde sus veinte años, mientras toma fotos del show.
El recital encara su recta final, es el turno de «Para» del disco Río de 1995, tal vez uno de los menos visitados por él y sus fans. El clarinete bajo de Diego Cotelo dibuja, viste a la canción, la guía con la dulzura de su sonido de principio a fin.
Continúa con «Llanto de mujer», también de Baldío y llega el momento de otro clásico: «Pandemonios», esa que hizo pensando en el Darno y que con el tiempo se convirtió en una de las preferidas del trovador, aunque Fernando nunca le dijo que había sido fuente de inspiración. La canción integra el disco Autoblues, por cierto, que lindo sería volver a escuchar esa canción, la que le da nombre al disco.
Es el momento del final con «Una hermana muy hermosa», antes nos cuenta que tomó el verso de una canción de Atahualpa Yupanqui que en realidad dice una novia muy hermosa, pero él la conoció a través de Mercedes Sosa que había hecho este cambio en la letra, suplantando novia por hermana. Él creyó que así era en realidad y terminó tomando el verso intervenido por ella.
Es el momento del final: el público aplaude de pie, pide otra, los músicos no se demoran, retornan al escenario. Con los bises volvemos al tiempo presente con «Manta y rocío», una canción editada este año que no forma parte de ningún disco.
El cierre es con «Estaba en otra vida» una canción de Simple, su último trabajo discográfico dedicado a quienes creen en la reencarnación.
Tras poco más de ochenta minutos Cabrera recorrió más de cuarenta años de canciones, los caminos transitados solo o acompañado. Viajaron con él Eduardo Mateo, Galemire, el Darno, sus compañeros de Baldío o Montresvideo, Atahualpa y Mercedes, hoy no vino Astor, pero siempre está. En Cabrera conviven muchos mundos para conformar un universo tan variado como singular. Nos vamos con un recorrido en el que no faltó casi nada, el repertorio podría considerarlo perfecto hasta que me hago de una lista de las canciones interpretadas y las que estaban previstas en los bises y no puedo dejar de lamentar que el recital no se completara tal como estaba escrito, sobre todo si el cierre incluía «Puerta de los dos» y «El tiempo está después».
Será para otra, su gira continúa, Santiago de Chile, La Plata, Ituzaingó, Los Cardales, Córdoba, Rosario y Santa Fe serán los lugares por donde estará girando en lo que queda de agosto y setiembre. Si usted anda cerca, no se lo pierda, ahora ya conoce algo de la lista de temas, pero no por eso dejará de sorprenderse, porque la magia sigue intacta.
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