
Hace poco, en la puerta del cine donde trabajo, un hombre se me acercó y sin mediar introducción me dijo: “¡¿Quién no tiene un amor pendiente?!”. El señor rondaba los 70 años, era de estatura media tirando a baja, tenía un traje de dandy y su barba era color plata. “La verdad que yo no” le respondí con la honestidad que me caracteriza. Creo que no se lo esperaba, me preguntó como dos veces más si estaba convencida. “Le digo la verdad, no me queda ni una sola persona pendiente” le reiteré, ya sintiéndome un poco culpable al verle los ojos. Claramente, él tenía un amor pendiente, quién sabe, quizás más de uno, y, en su imaginario, a todos nos pasaba igual. Le podría haber dicho lo que quería escuchar, reírme amablemente y responder como cuando me cruzo con alguien en el ascensor y me habla sobre el clima. Pero, de vuelta, mi honestidad. El diálogo frustrado fue breve, las luces del cine se apagaron y comenzó la función.
Será una cuestión generacional, pensé cuando me alejé de la puerta. La película era “Amores Pendientes”, del uruguayo Oscar Estévez, y aunque no me podía quedar a verla, volví cinco minutos antes de que terminara para moderar el diálogo con sus creadores. La atmósfera rápidamente se tornó confesional y los espectadores empezaron a expresar sus impresiones sin pelos en la lengua: “Pensé que venía a ver una comedia inocente, ahora me pregunto cuántas veces he sido un cobarde”; “Me sentí tan identificado con el relato que ahora estoy pensando en mis amores pendientes”; “Es imposible no proyectar los propios errores al ver esta película”, y así continuaron un buen rato. Yo quedé atónita, estaba claro el efecto que provocaba en el público, pero aparentemente su Director ya estaba acostumbrado y había sido moneda corriente en previas proyecciones.
Los días fueron pasando, pero debo admitir que este episodio -prácticamente insignificante- quedó dando vueltas en mi cabeza: “Entonces, ¿Cuántas personas tienen asuntos sin resolver?, ¿Cuántos se enamoran en el mundo, a diario, pero no enfrentan sus sentimientos por cantidades impensables de inseguridades?, ¿Cuántos suspiran, de vez en cuando, recordando a un antiguo amor que jamás pudieron olvidar?, ¿Cuántos dejarían de lado sus vidas rutinarias si, un buen día, decidieran hacerse cargo de sus sentimientos más profundos?”. A veces me desespero porque el tiempo se me va demasiado rápido y me pregunto si la gente recuerda que se va a morir. Quizás el problema radique en que yo lo recuerdo demasiado seguido, por eso soy muy prolija. La gente prolija -de verdad- está preparada incluso para morir mañana y no tener una lista de pendientes. De hecho, quizás más por prolija que por cariñosa, no tengo amores pendientes, ergo: a cuanta persona amé se lo dije. Y a riesgo de sonar redundante, voy a decirlo más directo: a todos les dije TE AMO, antes, durante y después. Así que supongo que es un casillero menos que rellenar cuando pienso “¿Y si me muero mañana?” Bueno, si me conocés, que conste que te lo dije.













































