territorio infiltrado - obra - Alejandro González Soca - Museo Blanes - Montevideo - marzo 2019 - Foto Federico Meneses

El diablo en la leyenda latinoamericana

Se supone que el Diablo, o como se le quiera llamar: Belcebú, Demonio, Lucifer, Luzbel, Mefistófeles, Príncipe de las tinieblas, Satán, Satanás, se encuentra en el Infierno. Pero Shakespeare nos dice que el “infierno está vacío y todos los diablos están aquí”. La tierra está poblada de diablos que han adquirido todas las formas, para confundirnos con sus historias que la literatura se ha encargado registrar en sus diversas manifestaciones. El ángel caído, porque eso es Luzbel, magistralmente ilustrado por Gustave Doré (La caída de Lucifer), basado en el poema de John Milton El paraíso perdido, expulsado de la corte celestial, por haber permitido la tentación de Adán y Eva, encontró refugio en la tierra, y como Proteo, se metamorfosea para hacer de nosotros su objeto de adoración. Razón tenía Dostoievski cuando decía que “el corazón humano es el campo de batalla” del “duelo entre Dios y el diablo”. Pero el ángel caído, el bíblico, se encontró con que los diablos terrestres podían ser más astutos que él en sus diabluras, aunque muchas veces su malignidad se apodera de más de algún hombre o personaje literario (el diablo shakespereano), como Miguel Cara de Ángel, el sanguinario personaje, favorito del Señor Presidente, hasta caer en desgracia: “El que le hablaba era un ángel; tez de dorado mármol, cabellos rubios, boca pequeña y aire de mujer en violento contraste con la negrura de sus ojos varoniles” (Miguel Ángel Asturias, El Señor Presidente).

La leyenda es una de las formas de la literatura para contar historias reales o inventadas, con sus particularidades propias de relato folclórico que combina elementos reales con elementos imaginarios o maravillosos, colocados en un determinado contexto histórico y geográfico. La historia de la humanidad está hecha de leyendas que dan cuenta de las creencias populares que los hombres han tejido en torno a ellos y en torno al mundo que los rodea, el conocido y el desconocido, desde la leyenda de la creación del mundo hasta las leyendas que comprenden la transformación de lo real, como La leyenda del Cid y las leyendas escatológicas que hablan de las creencias y doctrinas referentes a la vida de ultratumba o viajes al inframundo. Dentro de ellas se encuentran las incontables leyendas sobre el diablo en todas las culturas, en todos los idiomas, en todos los tiempos. De estas leyendas en las que el diablo es el protagonista con mayor o menor suerte, hablaremos en esta columna que centraremos en América Latina.

Este personaje de cachos, cola y de color rojo, según lo pinta mayoritariamente el imaginario colectivo, aparece en la leyenda latinoamericana vestido con distintos ropajes y con diversos nombres, pero siempre con el propósito de causar el mal que adquiere también formas diversas, desde la pérdida de bienes materiales hasta la pérdida del alma, razón de ser de la conducta demoniaca como poder opositor a la fuerza divina que lo expulsó de la corte celestial. Emil Sinclair se lo dice a Demian: “venerábamos a un dios que representaba sólo a una mitad del mundo; por lo tanto, había que tener un dios que fuera a la vez demonio o había que instaurar junto al culto de dios un culto al diablo” (Hermann Hesse, Demian). Ese dios, como sabemos, era Abraxás.

El primer texto que revisaremos es la leyenda uruguaya Una noche del diablo (Fernán Silva Valdés, Leyenda [Tradiciones y costumbres uruguayas], Montevideo, 1936). Es una narración in extrema res en la que el capitán del Olmo narra la leyenda muchos años después a sus amigos, sentados alrededor del fogón. La primera aparición del Malo, uno de los nombres de nuestro acervo latinoamericano para referirnos a Satanás, en la lluviosa y oscura noche, es de terror: “—Pero lo que también vide jué «al malo», que me salió al paso. Bendito sea Dios — y el viejo hizo la señal de la cruz”. El viejo es Pablo, que vio “una sombra emponchada e negro” montada en un “tordillo blanco” y que cubierto de terror y lluvia llega a la casa del capitán del Olmo que juega una partida de truco con su vecino Nicomedes y el capataz. “Me dijo si quería darle juego” y que “dentro de un ratito no más estaría con nosotros”, prosiguió el viejo Pablo su relato. El diablo llega a la casa vestido lujosamente con los atuendos de un gaucho: “Aun cuando el poncho lo cubría casi por completo, se adivinaba un gaucho lujosamente vestido, alto, flaco, trigueño, de barba en punta y bigotes abiertos. Usaba botas negras, espuelas de plata, sombrero de anchas alas y golilla blanca”. En cuanto vio al viejo Pablo, le dijo: “—No le aseguré, amigo, que iba a estar en seguida con ustedes? El diablo juega una partida de truco con el capitán y le gana todo, hasta el ganado. Pero nunca lo fue a buscar; sin embargo, el mal lo recibe don Nicomedes cuyas reses mueren todas extrañamente: “vino una mortandá de reses que día a día amanecía el tendal. No le quedó ni una. El rodeo enterito se lo yevó el diablo. / ¿Y no sería el diablo mesmo? — preguntó una voz. / ¿Y dejuro… quién había’e ser? — contestó el capitán”. El mismo capitán que rechazaba este tipo de creencias.

Es el diablo que infunde el terror y el mal disfrazado de gaucho, como corresponde a la ocasión. La noche oscura y lluviosa, de ruidos extraños y perros atemorizados, le ofrecen a la narración los ingredientes precisos para provocar el miedo y el suspenso en el auditorio, muchos años después. Esta cualidad proteica le permite mimetizarse con la realidad que lo confunde y es confundida al mismo tiempo. Pero en la leyenda chilena La carreta del diablo (Portal Puente Alto), la presencia del diablo trae consigo el olor nauseabundo que se desprende de él, conductor de la carreta, y de los caballos que la tiran: “Los caballos que tiraban la carreta apestaban, como su conductor, a putrefacción y azufre, y eran de color negro azabache, de ojos rojos como la sangre y de aliento de muerte”. Olían a muerte putrefacta. La leyenda entrega también el clásico pacto con el diablo y la vecina curiosa que en una noche fría es testigo de ese pacto. El diablo ahora, vestido de huaso, solía pasearse en su carreta “por la vía que unía los poblados del Cajón, hoy llamada Camino al Volcán”. La presencia de la carreta era la antesala de la muerte: “[…] el rechinar de las ruedas de madera en medio de la noche quieta, todos sabían, secretamente, que el demonio había salido a buscar almas o a presagiar alguna muerte”. En este clima de espanto, Pedro, un hombre pobre que vivía en el pueblito de Melocotón, ofreció su alma al diablo a cambio de riquezas. Pacto que el paso del tiempo hizo que olvidara pero no el Espíritu del Mal, como nos cuenta la leyenda (Ibsen dijo que “para entablar una relación con el diablo hay que tener compromiso”). La noche que debía cumplirse el pacto Pedro desapareció y nunca más se supo de él, pero sí de su carreta abandonada que apareció una gélida mañana. En ella se encontraba su chupalla como se conoce en Chile al sombrero de paja.

En las leyendas comentadas, el terror que provoca lo inexplicable en el plano de la realidad donde se mueven los personajes, ha sido el motivo narrativo que dio sentido al relato, pues es lo que yace en el imaginario colectivo como construcción de una realidad inextricable que desarticula el pensamiento reflexivo: “La mujer sintió que su cuerpo temblaba, que su alma se le escapaba por las narices y que sus huesos se astillaban. Sus sentimientos eran contradictorios. Horrorizada, miró hacia el cielo […]”. ¿Cómo mantener la calma cuando se ve a un vecino firmar un pacto con el diablo? El alma se paralogiza. Como dice Carlos Javier Blanco en su excelente Ensayo sobre el terror: “no es tanto un ente o un suceso lo que causa el horror, sino más bien la percepción de la falta de toda adecuación posible con el sujeto lo que verdaderamente desemboca en reacciones somáticas y nerviosas del organismo” (A Parte Rei 36. Revista de Filosofía). Es lo que vivió la vecina que vio el pacto de Pedro con el diablo.

Claro que en otras leyendas el diablo la pasa mal, y hasta aparece como un ser ingenuo y bondadoso al que se engaña fácilmente. Es lo que ocurre en la leyenda Pedro Urdimán y el diablo (Berta Elena Vidal de Battini, Cuentos y leyendas populares de la Argentina, Tomo X. Secretaría de Cultura. Ministerio de Cultura y Educación, 1995). Llama la atención el nombre de “Pedro Urdimán”, pues en el mundo hispano al personaje se le conoce como “Pedro Urdemales”, aunque en libros españoles aparece como “Pedro de Urdemalas”, según el texto de Ramón Laval Cuentos de Pedro Urdemales, Santiago de Chile, 1925. Pues bien, este Pedro Urdimán no tuvo mejor idea que engañar al diablo y se fue al campo. Allí lo esperó por un camino que Satanás acostumbraba a pasear “cerca de la hora de la siesta”. Entonces “agarró un puntal para sostener una vara rota del ranchito, y lo tenía con las manos”. Al diablo le llamó la atención lo que Pedro hacía y curioso quiso saber la razón. Pedro le contó que hacía días que estaba en eso y que tenía que ir al pueblo para cambiarla. Ingenuo el diablo, como pocas veces en la tierra, se compadeció y le prestó su mula blanca que nunca más volvió a ver, porque Pedro la pintó de negro y le cambió el freno y la montura. Entonces se vistió de gaucho y pasó por donde estaba el diablo que estaba muy enojado. Le pidió por favor que le vendiera la mula porque vivía muy lejos para ir a pie. Luego de negociar lo necesario, Pedro le vendió la mula blanca pintada de negro: “Urdimán se hizo de rogar y el diablo le ofreció todo el dinero que quisiera con tal de salir de esa situación. Por fin cedió Pedro, y le vendió la muía por diez cargas de plata. El diablo de contento, le entregó veinte, y se fue”. El ingrediente nuevo que aporta la leyenda anterior, es la presencia del diablo en “la hora de la siesta”, puesto que en la mayoría de las leyendas la noche suele ser la hora propicia para sus apariciones. Dejo el fin de la historia a la curiosidad del lector.

“No es pecado engañar al diablo”, enseñó Daniel Defoe, el célebre autor de Robinson Crusoe. Víctor Emilio Estrada, al igual que Pedro, también engañó al diablo, pero lo hizo de otra manera, de acuerdo con la leyenda ecuatoriana de Guayaquil Víctor Emilio Estrada y el pacto con el diablo. A Víctor, el pacto lo atemorizó y mandó a construir una tumba de cobre para que el diablo no pudiera llevarse su alma. Indignado el diablo “dejó varios demonios custodios fuera de su tumba para que lo vigilaran y no lo dejaran descansar en paz”. Desde ese día, sin embargo, el espíritu de Víctor sale todos los días a las once de la noche “con su sombrero de paja y su traje de gala” a conversar con las personas que esperan el bus. Se cuenta, además, que hay taxistas que lo han llevado hasta la entrada del cementerio. El engaño al diablo registrado en innumerables leyendas del folclore latinoamericano, ilustra, por un lado, el rasgo cultural de astucia y viveza que el hombre común latinoamericano se auto atribuye, y que se encuentra en innumerables obras literarias del siglo XIX; de otro lado, una relación de fuerzas entre el hombre y el demonio que no se mide por la fuerza física. No se trata, en consecuencia, de una lucha frontal que el hombre sostiene con el demonio, sino de una lucha en la que prevalece la astucia, la sagacidad, única forma de vencer la divinidad del mal. Ulises no venció a Polifemo luchando con él, sino utilizando su astucia. Es lo que hacen Pedro Urdimán, Víctor Emilio y tantos otros personajes de nuestra tradición urbana y rural, como el maestro de obra Florentino de la leyenda colombiana El diablo en el puente del Común en Leyendas populares de Colombia, de Javier Ocampo quien, con la ayuda de un cura, engaña al diablo.
La tradición literaria, por lo tanto, “que sustenta la justificación del diablo en tanto personaje narrativo procede del cambio y la adaptación que por medio de rupturas diferenciadoras, grandes o pequeñas, saturan al personaje de significados pertinentes y dialogantes de cada época, sociedad e idiosincrasia que lo recrea. De ahí las múltiples máscaras que ha usado para transitar fijo y renovado por la historia” (Alberto Ortiz y María Isabel Terán Elizondo, Narrar al diablo. Apuntes teóricos para la identificación del personaje literario, Universidad Autónoma de Zacatecas en Mariela Insúa y Robin Ann Rice [editores], El diablo y sus secuaces en el Siglo de Oro. Algunas aproximaciones). Y la leyenda como expresión literaria narrativa, ha sabido adecuarse a la realidad sociocultural de los pueblos latinoamericanos en su comprensión no solo del diablo como personaje demonológico, sino también en todo lo concerniente al mundo escatológico. Sin duda la presencia de este personaje expulsado de la corte celestial por traidor (recordemos que en el Infierno de Dante, el último círculo es el de los traidores, donde se encuentra Lucifer y con él, Bruto y Judas, entre otros traidores connotados), ha tenido una relación con los hombres que los tiempos fueron modificando por razones socioculturales.

¿Qué leyendas, dentro de cien años, se contarán del diablo respecto de este siglo XXI? Seguramente estarán fuertemente condicionadas por razones económicas, puesto que el mercado consumidor ha hecho de todo y de todos, puros objetos de consumo. El culto al demonio en nuestros tiempos no es una ficción, como lo demuestran el mercado de la música, del cómic, del cine, de la televisión y, ciertamente, de la literatura. Satanás “ha cambiado su status en la época contemporánea. De ninguna forma está ausente, se cree en él o se comercializa con él, pero el espíritu moderno no logró eliminarlo” (Felipe Orellana, El diablo y su posicionamiento en la postmodernidad: una reflexión desde la teoría social en UNIVERSUM – Vol. 28, N. 2, 2013, Universidad de Talca). La sociedad de consumo tiene espacio también para Satanás.

Una observación al terminar esta columna: todos los datos bibliográficos se encuentran también en internet, lo que facilita la lectura y comprensión de las leyendas comentadas aquí. Pero si aceptamos la reflexión de Shakespeare de que el infierno está vacío porque todos los diablos se encuentran en la tierra, quién sabe si nosotros mismos no somos su mejor referencia bibliográfica.

Espero que no.

Imagen portada – Archivo: Territorio infiltrado – obra – Alejandro González Soca – Museo Blanes – Montevideo – Marzo 2019 – Foto © Federico Meneses







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Alejandro Carreño T.

Profesor de Castellano, Magíster en Comunicación y Semiótica y Doctor en Comunicación. Académico en Brasil y en su Chile natal. Columnista y ensayista. Lleva adelante en Youtube su canal “De Carreño a los libros”, donde aborda temas de Literatura, Educación y Cultura.