
El Cuarteto de Nos: Puertas abiertas a un delirio hermoso
En la crisis económica de 2002, muchos, jóvenes entonces, nos vimos empujados a dejar el país. Cuántos habremos cruzado fronteras con un CD de El Cuarteto de Nos en la mochila es una estadística aún no escrita, pero indispensable para entender un fragmento de nuestra identidad. En aquel tiempo prehistórico previo a WhatsApp, videollamadas y lives, que la banda anunciara un concierto en Barcelona para presentar Raro era casi ciencia ficción: un telegrama emocional desde casa.
En la Sala Apolo del Poble Sec nos recibió una pantalla proyectando una postal costumbrista: pastura uruguaya, un alambrado, una vaca coronando la escena. Una forma de decir “estamos lejos, pero seguimos siendo lo mismo”. Al final de aquella misa oriental incluso pudimos saludar a Tavella, gracias a que su padre era colega del amigo que me acompañaba esa noche. Vista desde hoy, con los años y la distancia emocional a cuestas, aquella charla parece un espejismo: un instante imposible de replicar.
Pensé en eso anoche, saliendo del Antel Arena repleto, cuando volví a ver al Cuarteto en vivo después de tanto tiempo. Habían pasado demasiadas vidas desde que, a los doce años, compré mi segundo CD: Appetite for Destruction primero; Otra Navidad en las trincheras después. Ese contraste —Guns N’ Roses mezclado con Me agarré el pitito con el cierre— explica mejor que cualquier psicoanalista por qué uno termina siendo quien es. Y cuando alguna vez le preguntaron a Roberto cuál había sido el momento que lo definió como persona, respondió con esa gracia matemática tan suya: “¿Viste las series numéricas? Son una sucesión de sucesos sucedidos sucesivamente”. Solo él puede convertir una respuesta en un proceso semiótico semejante.
Rodeado de padres con sus hijos, de preadolescentes que descubrían por primera vez esa energía tan particular, me vi reflejado en ellos: viviendo una noche marcada por un magnetismo que la banda genera desde hace décadas.
Ese conjunto de juegos lingüísticos y conceptuales que hoy lleva el rótulo de “rock raro”, pero que es mucho más que una etiqueta: un pacto emocional compartido a lo largo de una vida entera entre ellos y nosotros y que fueron sumando nacionalidades, generaciones y géneros. Es que han hecho todo desde música electrónica hasta milongas y rapeado como rayado lo tropical.
A las 21:15, los aplausos espontáneos ya dejaban claro que había una sed real de revivir todo lo que el Cuarteto significa en nuestras vidas. Era como si el público quisiera volver a tomarles la mano y dejarse arrastrar por ese recorrido largo y sinuoso en el que siempre terminamos encontrando una sonrisa… y, de vez en cuando, una cachetada necesaria. Ese vaivén es, al fin y al cabo, el idioma que la banda habla desde hace décadas, y la audiencia parecía dispuesta a escucharlo de nuevo como si fuera la primera vez.
El despliegue de anoche parecía de otra galaxia: un show preciso, contundente, conceptual. La prueba viva del crecimiento musical y escénico de un grupo que ha forjado su camino a base de una personalidad única, construida sobre raíces inconfundibles que llevan el sello de Uruguay a cualquier escenario del mundo, pero siempre con el coraje de asumir riesgos.
La ausencia de Tavella —fundador y mitad del ADN histórico del Cuarteto— inevitablemente me llevó a pensar en Pink Floyd: bandas donde las personalidades chocan, se potencian, se separan y aun así cada una conserva su espacio vital. Tavella por un lado; Musso por el otro. Y en el centro, la criatura que levantaron juntos.
Hoy el Cuarteto respira con una formación nueva que sostiene el pulso con madurez y potencia: Roberto Musso como brújula creativa y voz; Álvaro “Alvin” Pintos marcando el tempo con precisión quirúrgica; Topo Antuña aportando un filo guitarrero que, años atrás, parecía inconcebible en su sonido y que junto al contrapunto de los acordes de la guitarra de Luis Angelero hacen del “Rock raro” un género completamente nuevo. Santiago Marrero, nuevo bajista, que trae un impulso fresco sin alterar la esencia. Esta encarnación ilumina aristas nuevas sin traicionar aquello que está marcado a fuego —como en la yerra—: la identidad profunda del Cuarteto permanece intacta.
Hablar de la banda es aceptar el reto imposible de resumir casi cuarenta años de mutaciones. Desde la irreverencia adolescente de los 80 y la sátira feroz de los 90, pasando por el salto internacional que significó Raro en 2006 —su verdadero renacimiento—, hasta la etapa más conceptual y filosófica de la última década. Aquella mezcla temprana de humor negro y personajes delirantes en Otra Navidad en las trincheras; la crudeza punk de Barranca abajo; la sofisticación que alcanzó un punto alto en Jueves; y la introspección quirúrgica de Lámina Once prepararon el terreno para Puertas, su álbum más breve y, a la vez, uno de los más densos: un viaje refinado, una decantación alquímica de todo lo que han arriesgado como banda en sus múltiples vidas.
En ese universo, las letras de Musso ocupan un territorio propio: una combinación de ironía, filosofía cotidiana, matemáticas emocionales y disección de nuestras miserias más íntimas. Un bisturí forjado en humor. Y en Puertas ese bisturí se afila aún más. Musso define el disco como “un corredor infinito de puertas. En un mundo donde el cielo parece inalcanzable, cada puerta es una elección: un instante donde la vida se condensa”. Y agrega: “No hay mapa ni llave maestra. Solo momentos en que el corredor se vuelve un crisol de espejismos: jaulas vacías que revolotean como promesas rotas”.
Esas jaulas vacías marcan el núcleo emocional del álbum y de la gira.
La gira Puertas encuentra al Cuarteto más vigente que nunca: México, Argentina, Colombia, Paraguay, Uruguay. Están llenando estadios —como cuando se convirtieron en la primera banda uruguaya en colmar el Palacio de los Deportes de Ciudad de México— y lo hacen con un repertorio que atraviesa generaciones sin apoyarse en la nostalgia fácil.
Y ese, quizás, sea el secreto conmovedor del Cuarteto: funcionan como un espejo de lo mejor y lo peor de nuestra identidad, con la lucidez que solo pueden permitirse los outsiders que caminan seguros de sí mismos. Esa actitud desafiante los mantuvo en la cima de los escenarios hispanoamericanos mientras otros se deshicieron en su propia inercia. Ellos, en cambio, llegan a 2025 en un estado de madurez artística pocas veces visto.
Lo ridículo y lo sublime.
Lo cotidiano y lo filosófico.
La sátira y la ternura.
Lo absurdo y lo inevitable.
Ahí está el truco de sus canciones: nos revelan lo que no queremos ver, y en sus shows encontramos un refugio contra una cotidianidad cada vez más distópica.
En Contrapunto para humano y computadora se filtra el presagio; en Gaucho power flamea un pabellón patrio; en Raro encontramos un consuelo inesperado. Todo esto envuelto en una sola noche de cierre de gira en casa es una patada en el pecho, que lo abre para dejar entrar más aire.
Anoche, al salir del Antel Arena, sentí que volvía a abrir la puerta de mi cuarto: la del gurí de doce años que compraba discos sin saber que, algún día, iba a escribir sobre ellos.
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