
El pasado 3 de setiembre en la sala Hugo Balzo del Sodre Diego Presa presentó Visitante, un trabajo breve, compuesto por cinco canciones, grabado con músicos argentinos en el estudio La cocina de Beti, ubicado en La Paternal, un barrio obrero de la ciudad de Buenos Aires donde abundan las imágenes de Maradona y donde los zorzales te despiertan en la mañana, afirma Diego.
La producción del EP estuvo a cargo de Juan Ravioli, quien junto a Nahuel Roht acompañaron a Diego en la presentación.
A mediados de los noventa Diego tocaba la guitarra y cantaba en Banda Barroca, bajo la atenta mirada de Ulises Ferreti y Hugo Giovanetti Viola. La banda estaba formada por integrantes del taller literario de este último y se juntaba a ensayar en una casa de la calle Brito Foresti, a metros del liceo Dámaso Antonio Larrañaga. Pese a que la banda grabó un CD (Plan de Ataque) y participó de la película uruguaya Montevideo Proust de Hermes Millán (1997) no es muy mencionada en los antecedentes musicales de Diego, pese a que tres integrantes de Buceo Invisible fueron parte de ella.
Enrique Presa, abuelo de Diego, fue cantor criollo, compositor de tangos y milongas, su canción dedicada al balneario San Luis le dio a Diego el primer acercamiento a lo que podría denominar un hit, una de esas canciones que la gente conoce, espera y aplaude con entusiasmo. Enrique tocaba una guitarra fabricada por el luthier Manuel Ameijenda (padre del también luthier Ariel Ameijenda). «Es la primera guitarra que hizo, a fines de la década del 50, ellos eran amigos y mi abuelo se la cambió por dos violines que tenía. Es una guitarra hermosa que heredé», me cuenta Diego.
Con esa guitarra, cargada de historia y afecto, arrancó el recital solo en el escenario e interpretó «Entrevero» y «Sos».
Para la tercera canción se sumaron Juan Ravioli y Nahuel Roht. Con ellos presentó íntegramente las cinco canciones de Visitante: «Dafne», «1996», «El vino», «Melodía simple» y «Visitante». El trío de guitarras criollas emula a las mejores tradiciones rioplatenses, desde las guitarras de Gardel a las de Zitarrosa, todo huele a ellas, todo nos lleva por ese terreno que conocemos por el simple hecho de nacer acá, recostados al Plata.
Casi en el cierre de esta primera parte el trío ofrece una versión de «Oficio de cantor», la canción de Palo Pandolfo que abre su disco Cantor criollo, de 2008, un pequeño homenaje al cantautor que falleció el 22 de julio del año pasado, el mismo día que Diego se presentaba en solitario en La Cretina.
Si la referencia a las raíces no fuera lo suficientemente clara, el trío se anima con una versión de «La canción quiere» de Alfredo Zitarrosa, un tema que integra desde hace un buen tiempo el repertorio de Diego, pero que en este formato gana en calidad y sensibilidad.
También nos enteramos de que Juan se casa, quien agradece el comentario de Diego con una mueca amable. Juan es de pocas palabras, son sus dedos largos que recorren el diapasón los que se expresan. Nahuel no, no se casa, pero su sonrisa bonachona funciona como un ancla, ambos flancos acompañan, protegen, arropan a la canción y al cantante. Hasta aquí un recital o el cierre de una primera parte con el trío criollo y federal. Es el momento de la banda eléctrica y oriental.
Diego abandona la guitarra de Enrique y se calza su Fender Squier blanca de fines de los setenta, su primera guitarra eléctrica que lo acompaña desde hace tres décadas. Así da comienzo la segunda parte del recital u otro recital, no sé muy bien.
La banda es la de siempre: Ariel Iglesias en la batería, Enrique Checo Anselmi en el bajo y Santiago Peralta en guitarra.
Arrancan con «Todos los besos perdidos», continúa con «En el barrial» donde Diego vuelve a cambiar de guitarra, esta vez toma su Álvarez electroacústica de cuerdas de acero. La siguiente canción es en memoria del Bola, ese amigo de siempre, el de la muerte absurda, allá lejos, hace tiempo, tan lejos del Buceo y tan cerca del corazón. Diego no pierde oportunidad de traerlo de vuelta y lo hace a través de «S. Fair».
La banda es sólida, potente y sutil, las canciones se desgranan recorriendo buena parte de la trayectoria del cantautor. «Así te quiero Dieguito», comenta una chica del público.
Ahora es el turno de «Ropa tendida al sol». Un breve reposo para afinar y seguir con «Mandolina», canción que interpreta con este instrumento. La introducción se alarga, la voz no se suelta, hasta que en un momento Diego se dirige a alguien de la primera fila y le pregunta «¿Cómo es que empieza? Vení, acércate». Pero no, la línea llega, la mente se destraba y el recital sigue su curso con «La linterna mágica», esa canción hermosa que nos recuerda aquel tiempo en que con la boletera y el carné de Cinemateca alcanzaba para ser feliz. «Ánima» y «Mis incendios» cierran el recital, la banda se despide para volver, para dar el cierre final con una versión completa, con orientales y federales, Nahuel toma la Fender Squier, le pide una púa a Juan que será el encargado del aro pandereta y los coros.
«Hoy la casa se abrió» es la elegida para cerrar, el público hace rato que está en el bolsillo de Diego, los afectos están ahí, como siempre, como plataforma de despegue de este artista que permanentemente se está reinventando, explorando nuevos caminos para seguir siendo él mismo. En el caso de Diego, el camino es la recompensa, pero sospecho que él lo sabe desde hace mucho tiempo.
3 de setiembre de 2022 recital de Diego Presa
Sala Hugo Balzo
Presentación de Visitante.
Ver esta publicación en Instagram














































