
En los últimos tiempos, hay rasgos distintivos de las sociedades posmodernas que vienen instalándose progresivamente como parte de su paisaje. No hablamos exclusivamente de los objetos que configuran la estética de las acciones vitales sino también de rasgos asociados con tendencias poco menos que naturalizadas asociadas al desarrollo de la conciencia.
Las prácticas sociales, principio y final de las formas y los fondos de las conciencias de los sujetos, el marco de acción de esas conciencias, devienen unidimensionalmente bajo el mandato de sociedades odiantes en las cuales el enemigo parecería identificarse dentro de la propia clase.
Esto no es nada nuevo. Hace alrededor de cuatro siglos, Montaigne advertía sobre los riesgos de someterse a lo que los sentidos nos muestran destimando el conocimiento como elemento central de la praxis, retomando tal vez el debate comenzado por Sócrates con Teéteto en el clásico diálogo platónico. Marx transformó esto en denuncia, promoviendo la sospecha asociada con los estados de conciencia, los que se sostienen a partir de la inmanencia de ciertas formas sociales.
La ideología viene siendo, desde tiempos muy remotos, un elemento central para reproducir los sistemas productivos. La configuración ideológica del marco de pensamiento del trabajador alienado es fundamental para conservar la estabilidad de un sistema injusto que pelea de forma permanente contra sus contradicciones internas. Invisibilizar las injusticias ha sido tarea permanente de las clases dominantes las cuales, agotado su marco de acción, se embarcaron en la construcción de un aparato propagándístico que se propuso y se propone desviar el foco del debate. Esta máquina de producir discursos, opera atacando de forma permanente la lucha de clases real, objetiva, promoviendo enfrentamientos entre pares desde lecturas que no responden a la condición material de quienes las hacen sino que representan explícitamente los intereses de las clases dominantes.
Dicho de otra forma. El trabajador ya no cuestiona a sus explotadores ni cuestiona al sistema por las injusticias de su propia condición material. Por el contrario, busca atacar a los otros trabajadores los cuales, devenidos en nuevos enemigos, parecen ser los responsables de todos sus males, mucho más aún si esos trabajadores son funcionarios del Estado, ya que parecería ser este un punto central en el que habría que poner la mira.
Sería de perogrullo reiterarnos sobre la forma en que los gobiernos neoliberales desplazan las responssbilidades del Estado hacia los individuos y su voluntades y cómo el discurso voluntarista puebla redes y bibliotecas. Sin embargo, no está de más aclarar que ese desplazamiento es uno más de los elementos asociados con procesos de privatización endógena mediante los cuales los gobiernos neoliberales atacan las instituciones públicas y sus funcionarios, responsabilizándolos de la inoperancia, justificando de esa forma el ingreso de capitales privados para la privatización total o parcial de las esas instituciones. A modo de ejemplo, nada más sencillo para privatizar la empresa estatal de telecomunicaciones que declarar de forma manifiesta su rentabilidad negativa.
Un capítulo aparte son las actitudes que prácticas y discursos generan en los potenciales odiadores y la forma en que su odio responde a condiciones materiales bastante homogéneas, a realidades vinculantes asociadas con su lugar en la trama productiva. En general, suelen ser sujetos explotados inconscientes de su propia explotación o trabajadores que pertenecen a la generación de nuevos emprendedores los que, como decía Han, necesitan autoexplotarse para poder sobrevivir y que, además y llamativamente, levantan la bandera de una independencia económica que no es ni será otra cosa que su par antinómico. Su manifiesta independencia es la expresión objetiva de su dependencia absoluta a un sistema que los ubica en la posición de hámster, corriendo en la rueda de su propia pecera.
Los odiadores se caracterizan además por le levedad de su discurso y la imposibilidad de alcanzar un nivel mínimo de profundidad en cualquier discusión presencial. En general, conocen a Marx por las redes sociales, las que toman como verdad absoluta tanto como las charlas de Youtube. Jamás sospecharán que esas charlas y esos memes, en general, son pensadas para un público como ellos, incapaz de gastar su tiempo en la lectura de un libro completo. Además, no tienen reparos en expresar abiertamente su repudio para los que no trabajan y se esfuerzan porque ellos sí lo hacen, porque son los que realmente mueven la economía. Jamás sospecharán que son el engranaje menor de una maquinaria que derrama todo cuanto produce para el molino de un número reducido de personas que realmente no trabajan, pero cuya gran virtud es manejar el gran capital.
Un elemento más que identifica a los etiquetadores de trabajadores es su facilidad para apelar de forma permanente al insulto cuando no poseen los argumentos para sostener una discusión o cuando se le terminaron las frases recortadas y falsamente atribuidas a los filósofos que el propio sistema le enseńó a odiar. Su odio se incrementará exponencialmente si se trata de atacar a un sindicalista, verdadero parásito del sistema desde su mirada sesgada que no le impedirá protestar si en algún momento alguien atenta contra sus derechos como trabajador, aunque esos mismos derechos sean el producto de logros sindicales.
Los estados de falsa conciencia son un problema manifiesto de un aparato de producir conciencias que no para de avanzar. Los conflictos de autopercepción no son más que la manifestación de la incapacidad para comprender la condición objetiva que nos habita, la ceguera sobre el lugar que ocupamos en las relaciones productivas. Viajar en cuotas o comprar autos a crédito no es ni será jamás un indicador asociado con la movilidad social, porque endedudarse es justamente el opuesto a vivir de rentas. Para esto último siempre será necesario comprar el trabajo ajeno a menos de lo que vale, algo que no deberíamos tener miedo a llamar explotación.
Un elemento agravante para leer la explotación en los modelos neoliberales es la dificultad para identificar los agentes explotadores. De forma similar a lo que vive el señor K. en el castillo de Kafka, intentar llegar a la cabeza de la cosa es poco menos que imposible ya que siquiera podemos afirmar que esa cabeza tenga forma de persona. Es un camino sin llegada y sin garantía alguna, una búsqueda infructuosa y desalentadora que finaliza en la entrega absoluta al sistema y en la naturalización de la explotación y de la desigualdad como fenómenos inmanentes.
Por último, pero no menos importante en la discusión, ehablemos del componente estético. La maquinaria ideologizante a la que hemos referido coloca como elemento central la producción del sentido del gusto, condiciona sujetos “gustantes” de los cuales su faceta odiadora es simplemente una más de sus manifestaciones, tal vez la más agresiva y preocupante. Los trabajadores que odian trabajadores los odian porque no les gusta lo que hacen, no les gusta cómo viven o no les gusta cómo piensan, así como tantas otras cosas que no les gustan en tanto no los favorecen, porque el individualismo es también un elemento distintivo del suejto posmoderno.
Los odiadores son, en general, capitalistas sin capital. Sujetos con gustos de ricos que no escatiman en explotarse para acceder a aquello que materialmente no pueden, razón por la cual puden detonar en cualquier momento bajo las presiones y el cansancio que el mecanismo les imprime. Tal vez sería momento de entendernos en el mundo para pensar y actuar colectivamente, de forma de avanzar en la búsqueda de la famosa justicia social, devenida en utopía.




































