
La gente fue entrando lentamente a la sala, estaba todo listo, cada instrumento en su lugar, la lista de canciones para cada uno de los músicos, adelanto del guion de lo que iba a pasar en la noche. Adelante, a la altura del piso, como en un escenario de un tablado, se alinearon cinco micrófonos con sus jirafas anticipando una noche con mucha gente cantando.
El recital comenzó unos minutos después de las 21, que era la hora estipulada. Bárbara Jorcin, con la elegancia que pedía la ocasión, ocupó el centro del escenario, detrás de ella una cortina de colgantes con corazones de metal nos recordaba visualmente que estábamos en la presentación de Corazón de metal, el disco de 2024 donde su autora desnuda su corazón, el que tuvo que rearmar, juntando los pedacitos, haciendo la catarsis necesaria para volver a despegar. Hoy los tiempos son otros, al amor se ha vuelto a colar con fuerza en su vida, pero de eso nos enteramos más adelante, en el momento que llegó a la canción número diez de la noche, la que compartió mano a mano con Bruno Sirian, ese con el que se va a casar algún día.
El recital abrió con «Número impar», que ocupa el track cuatro del disco y que en su grabación cuenta con sonidos domésticos, propios de una comida familiar, grabados durante la cena de año nuevo. La familia está presente como lo ha estado siempre, en sus discos y en su vida. Previo al comienzo, una hilera de personas se acomodó frente a los micrófonos, se trata del coro Mirlo compuesto por quince coristas, diez mujeres y cinco hombres, su director se instaló entre el público, creando una simetría con la figura de Bárbara que cantaba «Soy el número impar, soy la eterna incomprendida» frente a él desde arriba del escenario.
Barbara saludó, el coro abandonó el escenario y la batería despegó con toda la energía pop de «2023», que abre Corazón de metal, la canción me lleva hacia las bandas femeninas argentinas, a Viuda e Hijas de Roque Enroll, a la expresividad de Fabiana Cantilo en Los Twist o a Hilda Lizarazu acompañando a Charly. Esta noche los coros de Eugenia Antón refuerzan esa idea.
La energía y el legado ochentoso se mantuvieron arriba con la versión de «Heart of Glass», la canción de Blondie, escrita por la cantante Debbie Harry y el guitarrista Chris Stein, editada en enero de 1979 y que se bailó en todas las discotecas del mundo. Aplausos, silbidos de aprobación y el primer contacto con el público, saludó, agradeció a quienes vinieron, reconoció que estaba ida, que había llegado a esta fecha con mucho miedo, pero al ver la sala llena eso había pasado. Advirtió que iba a cometer un montón de errores, porque es lo que pasa con la música en vivo, pero eso no iba a impedir que el recital estuviera bien.
Prosiguió con «Alaridos», la canción que cierra el disco que se está estrenando, Bárbara coquetea con el soul, y con la candencia del tema llegaron las primeas palmas del público acompañándola. Su voz se lució y entabló un dialogo con los punteos del guitarrista.
En la siguiente se ubicó detrás del teclado, le pidió a alguien que le tuviera los guantes e invitó a Eugenia a acompañarla en «Cuando me haya ido», canción editada como simple por Little Butterfly y que cuenta con un videoclip de Produ Male Sal que en estos días cumple tres años de su salida. «Hay canciones que morirán conmigo cuando me haya ido» y mientras cantaba daban ganas de prender la llamita del encendedor, como en aquellos recitales de antes y acompañar la cadencia del tema abrazado a quien uno quiera.
Bárbara es todo carisma, puede cantar, pero también podría hacer un stand up. La siguiente canción es, según ella, la que contiene el núcleo del disco, «crucé un continente entero por alguien que no me estaba esperando», afirmó. Ese viaje le cambió la vida y le hizo hacer esta canción que se llama «El adiós». Siempre me pregunté ¿qué pasará por la cabeza de esas personas que son las destinatarias de un disco de desamor? Encontrarte con ese momento que pasó, vuelto letras y melodías. El estribillo se repite como un mantra, Bárbara invita al público a sostenerlo, desde la platea la gente canta como exorcizando un dolor, las vocales se estiran como un chicle mientras canta «Vine a hacerte compañía». El aplauso estalló al final, la comunión dio su resultado.
La siguiente permanece inédita, aunque ya la ha estrenado en vivo, una guitarra con aires folk introdujo a «Wildflowers», tema que Bárbara dedica a sus perras. En esa línea llegó otra de las inéditas, «Matías o Miguel», que es una canción de otra época, hacerla le provocó dolor, pero el tiempo pasó y ahora para cantarla tiene que interpretarla, meterse en un personaje que ya no está, y eso es muy divertido, saber que le metió un par de goles a la vida y fueron suficientes para ganar ese partido. La batería de Marcelo Lacava y el piano de Franco Polimeni brindaron un acompañamiento de estándar de jazz que le permiten a la cantante desplegar sus poderes interpretativos en una de esas noches en que alguien ande estrenando soltería.
«Canción para Pipo» fue la siguiente, es una de las que compuso cuando empezó, cuando estaba sola en su casa con un piano y era muy poca la gente que iba a verla, pero entre el público estaban algunos de ellos, una chica en la primera fila la recibió como si fuera un regalo de Navidad o de cumpleaños, no sé, pero la alegría la desbordó.
Llegó el momento de «Crisantemo», una canción de Bruno “el líder de la banda Sirian”, su actual compañero de vida, grabada en 2023 y cuya interpretación se convirtió en uno de los momentos más amorosos de la noche, cantando juntos y tocando el piano a cuatro manos. La canción, con aires de himno, tendrá destino en el próximo disco de Bruno.
Pasamos el ecuador del recital y Bárbara ofreció una canción nueva, que saldrá próximamente y apeló a cantar sobre una pista grabada, en una simetría que empezó a los nueve años, con los conciertos que organizaba su profesora de canto en la ciudad de Tarariras y llega ahora con la canción más nueva de su repertorio. Lo primero y lo último de su carrera artística unidos por el sonido de su karaoke. El micrófono atenta, no funciona, pero no es problema, «yo cantaba en una zorra en Tarariras, ¿me voy a hacer problema con esto?», pidió un Si bemol a su pianista para recuperar el tono perdido e interpretó «Gracias», la que se despega de la temática de Corazón de metal y pone la vista en un futuro que promete. Tras ella volvió la banda para encarar la recta final, es momento de perrear un poco, el vestido se acorta y encara «Renacimiento», con reminiscencias de la española Mala Rodríguez, acompañada de una pareja de bailarinas.
El recital prosiguió con «Lanza» y «Corazón de metal», la que da nombre al disco.
Volvió el coro Mirlo para acompañarla en «Platos sucios», con un estribillo que nos llevó al pop español de bandas como La oreja de Van Gogh. Esta es otra de las canciones que integran el proyecto que tiene este coro, surgido desde la sala La Experimental en Malvín y que se propone llevar a su repertorio algunas de las canciones de Bárbara.
Antes vinieron los agradecimientos, a la sala, al sello Bizarro, a las personas invitadas, Bruno Sirian, Bonnie, al coro, a las bailarinas Jess Cairus y Romi Yasuire, a la banda integrada por Franco Polimeni, Guillermo Pastori, Eugenia Antón, Marcelo Lacava, JP Szilagyi. Barbará pidió un aplauso que abrazara a toda esta gente sin la que este recital habría sido imposible. También sumó a las personas que estuvieron atrás de su imagen de esa noche.
La última canción fue «Un pedazo de sol», también con el coro Mirlo y un bis, «No fue amor» probablemente una de las canciones con aroma a hit del disco, que también tiene su video clip disponible en You Tube.
Un recital de esta naturaleza puede ser una montaña rusa emocional para la artista, toda la ilusión tiene el contrapeso del miedo, el estrés, preguntarse si el público acompañará, si las canciones gustarán, si todo saldrá bien. Bárbara lo vivió así, incluso pensó en «bajarse», en hacer este y nunca más, cansada de esa proporción que implica un cinco por ciento de alegría, de emoción, que es cuando logra subirse al escenario y el otro noventa y cinco del tiempo que se lo pasa gestionando, perdiendo plata, ganándole a la tristeza. Pero el premio llegó, la sala llena le renovó las fuerzas, las ganas de no bajarse, ojalá siga así porque su propuesta artística es honesta y hermosa a la vez, y eso siempre es algo que vale la pena descubrir, disfrutar y acompañar. Así que si estas leyendo esto y un día ves el anuncio de un recital suyo, acompañala, no te vas a arrepentir.














































