
A lo largo de las últimas décadas podemos encontrar numerosos estudios y análisis en relación a las nuevas formas que adquieren los vínculos humanos, en representación de las experimentaciones, producto de los cambios inevitables que atraviesan las distintas sociedades.
El intento por realizar una crítica a la libertad sexual no implica necesariamente plantear un retorno a la conservación de ciertos principios morales que se basan en la preservación de un estado de cosas ya conocido. De hecho, todo lo contrario. El amor romántico no es algo a lo que pretendamos regresar. Partimos de esa base, para construir reflexiones que permitan pensar y repensar más allá de lo establecido. Sin embargo, es interesante preguntarse cómo el neoliberalismo utiliza el término libertad casi que apropiándose de éste, sin dejar entrever lo que es más preocupante. Illouz Eva (2020) nos dice: “(…) la libertad no puede anteponerse a la igualdad, porque la desigualdad invalida la posibilidad de ser libre” (p.28)
En este sentido, sin pretender caer en el discurso irreal de igualdad de oportunidades, bien sabemos que la desigualdad opera en distintos campos tales como el género y la sexualidad, por lo que hablar de libertad en estos términos, no es otra cosa que legitimar las ideas del individualismo producto de las formas que adquiere el comportamiento del sujeto moderno. ¿Cómo pensar entonces en la idea de ser libre, si en realidad existe una desigualdad latente y un individualismo exacerbado?
El auge y desarrollo capitalista no sólo ha transformado la esfera pública de la vida en términos productivos económicos, sino (y especialmente) lo ha hecho y continúa haciendo en el fuero íntimo de ésta. Los principios normativos por los que culturalmente nos guiamos a lo largo de la historia sufren transformaciones en tanto que el sistema opera en las lógicas sexo-afectivas.
Existe una tendencia actual a volver los vínculos humanos descartables. En este sentido, se se ha planteado la necesidad imperiosa de “dejar ir” todo aquello que no nos suma (en términos utilitarios y desprovistos de emocionalidad alguna), por lo que la construcción de vínculos basados en el respeto mutuo y la afectividad se ve amenazada, no dejando lugar al compromiso real entre pares. Al luchar contra la opresión de instituciones tales como el matrimonio, la familia tradicional y la violencia económica, se han logrado grandes y fundamentales avances en la historia, aunque no alcancen, aunque falte mucho camino aún por recorrer. No obstante, debemos prestar especial atención a las lógicas que le restan importancia y esencia a lo humano en términos vinculares. El neoliberalismo ha restado de ética a las relaciones íntimas.
Podemos encontrar un claro ejemplo en las aplicaciones de citas tales como Tinder. Allí se desarrolla una mercantilización y consumo de corporalidades. Mediante el uso de la imagen y una breve descripción, nos disponemos a seleccionar o desechar diversos perfiles sin reparar en los significados que eso desprende. ¿Cuál es el objetivo en esta búsqueda? La satisfacción instantánea de demandas y necesidades genera un deterioro importante en el plano de lo afectivo.
Es un amor también más individualista, donde prima el deseo de satisfacer ya, aquí ahora, el deseo sexual/sensual/erótico, sin necesidad de proyectar hacia el futuro, sin necesidad de entregar nada a cambio, ni de desnudar el alma y las emociones. Es una propuesta para mantener las emociones resguardadas, de consumo rápido, propia de una sociedad consumista y capitalista. Así, podríamos decir que Tinder y las demás aplicaciones semejantes, no tienen mucho de qué diferenciarse con respecto a una hamburguesa de McDonald’s o una Coca Cola. (Bonavitta. P; Setiembre 2015)
Las corporalidades se cosifican a expensas de las necesidades de otros. Usar y desechar como mercancías en un acto consumista, despojándose de subjetividad y personalidad, volviendo carne la existencia de otros. En esto los estudios feministas antiespecistas tienen gran recorrido teórico-conceptual, pero aquí lo que nos ocupa es ciertamente la lógica del consumo inmediato que no permite ir más allá, proyectar vínculos duraderos basados en el compromiso. Illouz. E (2020) plantea: “La sexualidad libre, en el marco de la cultura de consumo y de la tecnología, reverbera sobre la estructura de las relaciones y crea formas de incertidumbre que, a su vez, son el centro de las relaciones negativas” (p.98)
Nos han hecho creer que se trata de elecciones individuales las formas en que nos relacionamos y elegimos a las personas con las que entablamos una conversación con fines sexuales. Si bien son intercambios personales, el entramado social, político y cultural hacen que nuestras acciones estén constantemente mediadas. Esto explica el hecho de que grandes grupos de personas hayan experimentado situaciones similares en lo que a relaciones refiere.
Aún habiendo advertido estas cuestiones, seguimos visualizando descargos y expresiones frustradas sobre distintas maneras de proceder que han tenido personas de nuestro entorno cotidiano. Esto nos deja en evidencia el largo trecho que aún nos queda como sociedad por recorrer colectivamente.
La tecnología ha tenido su auge crucial durante el período de pandemia, donde incluso los vínculos y las formas han llegado a lugares que son impensados si se trata de otros contextos espacios-temporales. Las maneras en que nos relacionamos a través de un teléfono le restan interés a lo que en realidad haríamos en un bar o un espacio público en general. Nuestra cotidianidad se reduce a acciones específicas que nos ofrecen las aplicaciones tales como las redes sociales. Solemos medir el interés que una persona puede tener en vincularse, mediante su grado de disponibilidad en redes, su tiempo “en línea”, sus aprobaciones como “me gusta”, “mención”, “comentario”, volviendo el comportamiento humano en acciones simplistas y técnicas.
Así como las emociones están mediadas por lo social, las redes y la tecnología también lo están. Constantemente se nos bombardea con información sobre nuevos vínculos, parejas aparentemente felices, personas públicas enamoradas y formando familias pero, ¿cuál es el mensaje que subyace a todo esto? Que se intente reivindicar la perdurabilidad de los vínculos sexo-afectivo, no significa que pensemos en la posibilidad de un “para siempre”. Ya hemos dado vuelta varias páginas de libros de fantasías que nos fueron casi que impuestos durante la infancia, para apostar a construir lazos basados en hechos de la realidad y aquellas cosas que podemos comprobar, el idealismo no debería ser el vehículo mediante el que nos dispongamos a relacionarnos. Esto hará que atribuyamos a un otro todas nuestras expectativas y deseos frustrados, reafirmando teorías ya derribadas como la media naranja por ejemplo. Esto ha demostrado que lo único que logramos es decepcionarnos ante el no cumplimiento de ninguna de estas cuestiones.
Retornar en materia de lazos colectivos no es solo pensar en formas de producción alguna vez empleadas previo al capitalismo, es pensar a su vez en las maneras de vincularnos en la esfera íntima de nuestras vidas más allá de lo económico. Necesitamos revisar con compromiso nuestras decisiones y las repercusiones en el todo social, en nuestras comunidades. Federici. S (2022): “(…) nuestra lucha tiene que empezar por re apropiarnos de nuestro cuerpo, por revaluar y redescubrir su capacidad de resistencia y por expandir y celebrar sus poderes, individual y colectivamente” (p.137).
Federici. S (2022) Ir más allá de la piel. Repensar, rehacer y reivindicar el cuerpo en el capitalismo contemporáneo. Tinta limón ediciones. Buenos Aires, Argentina.
Illouz. E (2020) El fin del amor. Una sociología de las relaciones negativas. Katz Editores. Buenos Aires, Argentina.
Bonavitta. P. Cultura y representaciones sociales. El amor en los tiempos de tinder. Vol.10 no.19 Ciudad de México sep. 2015.













































