
En las cercanías del Río de la Plata, el pasado jueves 30 de noviembre, bien adentro de la Ciudad Vieja y de la Aduana Montevideana, donde aún se puede percibir la nostalgia tanguera del tiempo que fue, del tiempo que ya pasó y del que uno no termina de despedirse, concretamente en la Sala del Museo, iba a tener lugar otro de esos reencuentros que el rock nacional de los últimos años, nos ha traído. Como todo reencuentro, la expectativa se podía percibir, apenas viendo en la vereda una gran cantidad de gente que a eso de las 21 horas, se arrimaba a la puerta para ir entrando a la Sala, y apurando las botellas y latitas de cerveza al sentir que el comienzo estaba cerca.
No recuerdo si también había sido un jueves u otro día de semana, la última vez que había visto a los Graffolitas tocar en vivo, tampoco sé a ciencia cierta si ese toque en la calle Magallanes en un escenario montado de espaldas a la calle Uruguay en el marco de un evento organizado por la Facultad de Humanidades, había sido el último de la banda antes de la puesta de unos puntos suspensivos por más de 10 años.
Dentro de los asistentes que colmó la sala, compuesta por muchos jóvenes que tal vez eran niños cuando Graffolitas pisaba fuerte, la mayoría de los presentes éramos “los gurises del post 2002” que crecimos viendo al grupo en distintos lugares, desde la Sala Zitarrosa, las Fiestas de la X, los primeros Pilsen Rock, pero también curtimos toques más improvisados, como aquel en las cercanías de la Plaza Larrobla en el Barrio Colón, cuando lo que estaba planificado para hacerlo en un lugar, por una mala jugada del destino, se terminó haciendo en plena vereda-pasto, debido que al parecer uno de los techos se derrumbó sin dar mucha tregua, pero el toque se terminó haciendo igual, copando esa noche en el barrio de rock, de juventud y de alegría. Esos eran tiempos donde el rock (pre-cerveza artesanal y food track gourmet) se hacía muy fuerte en los barrios y mucha cantidad de bandas gozaban de gran popularidad en los liceos y en los jóvenes universitarios que iniciaban una carrera.
El show arrancó con una energía incombustible y desplegando un vértigo que enganchó a las primeras canciones. Luego de una introducción de la canción “Erase una vez” que ya hacia emerger las primeras gargantas, siguieron “El Pastor”, “Primavera en Alsacia” y “El interior del Interior”, para despertar la alegría de los presentes.
En el show que se dividió en dos partes, -con un muy agradecido y necesario intervalo-, hubo espacio para invitados de bandas amigas como Guillermo de Souza, baterista de la ya extinta Cambia la biblia, Javier Pérez, un músico del palo que despliega rock por distintos boliches y bondis montevideanos, Juan de La Chancha (gran parte del camino recorrido con esa enorme banda amiga que tanto compartió) para darle voz a “El perfume”, y luego llegó el turno del “Enano” de La vela Puerca que subió a interpretar unas de las más lindas y festejadas canciones como “El Mar” y Hugo de Trotsky para tocar “Bajo el Ojo” y “Tiempo al perdedor”
La lista de temas, dejó conformes a todos por su amplitud y elección, y además -como no debía ser de otra manera- fue notablemente generoso con el disco más popular de la banda: POBRES.A. (del que solo omitieron: “Sálvame” y “Palo y Palo”), rescató un puñado del primer disco con tintes bien duraznenses (como “Wiken” y “Con los colores del cielo”) pero también tuvo una buena dosis del disco “Mutuatatu” (con “Hue, it Guidaí”, donde más de uno se quedó con las ganas de ver a Larbanois-Carrero), con “Cicatrices” como punto muy alto y sobre todo con “El instinto” como mojón emocional ineludible.
Para disfrute de muchos, pareció notarse que la banda se dio el gusto de honrar hermosas canciones del disco “El lenguaje de las flores” que denotaron en su tiempo, una gran evolución musical –cosechando mucha inspiración de bandas como Extremoduro y Marea- canciones que por encontrarse en la última etapa de la banda no habían podido ser tocadas muchas veces “Le voy a decir al sol” y “Hoy Romeo no duerme tranquilo” y por supuesto “Ángel Solitario”.
Sin dudas que la comunión con el público fue total, y en cierto punto, dejó entreverse un cierto gusto de nostalgia o añoranza, (acaso acorde a la estirpe tanguera de la zona donde se encuentra la sala), pero muy mezclada con una profunda dosis de alegría y emoción en los rostros de las personas. Es que, este reencuentro ponía las cosas en su punto, porque el final de la banda hace más de una década, había sido sin aviso, y sin posibilidad de asimilarlo. Hoy día, lógicamente que las vidas de las personas y la distancia en kilómetros, hace todo muy difícil, por más voluntad y ganas, y por ello la importancia de disfrutar este reencuentro y recordarlo, ya que solamente el tiempo podrá encargarse de develar que sucederá, como lo dice la canción: “Y la vida con los años/ va borrando como el tiempo,/ las canciones,/ los momentos más felices, /y también las cicatrices”.
El cierre del show tampoco podía dejar de ser emotivo, con una versión del clásico “Ellos dicen mierda nosotros amen” de La Polla Records, con todos los invitados y algunos pequeños familiares encima del escenario, cantando y sintiendo la canción como un himno propio.
Y de esa manera se fue un toque esperado de la Graffo, una noche de un reencuentro necesario, que le hizo justicia a una banda que acompañó en años fermentales a una generación que hoy ya es adulta, pero que los sigue disfrutando en canciones que fueron mezclando con gusto un fuerte contenido de protesta social, con ironía y humor, y que envejecieron de muy buena manera. Acaso si hubiera que dejarle un mensaje a la banda, el cariño del público dejó en forma elocuente, y parecería también ser bastante claro que en estos días en el Rock Nacional, con algún vacío que no se pudo llenar, sería muy bienvenido que el “Cope”, volviera a desempolvar papel y lápiz para escribir canciones necesarias, desde el hoy, y como ayer caminado en días muy diferentes supo escribir.
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