
Cuando la esfera pública se contamina de una animadversión previa al argumento, la deliberación se convierte en teatro. El diálogo democrático se hace literalmente imposible, porque presupone lo que la polarización afectiva destruye: la buena fe del interlocutor.
En Corcira las palabras se usaron como arma. Lo cuenta Tucídides en el libro III de su Historia, al detenerse en uno de los episodios más inquietantes de la Guerra del Peloponeso. La isla quedó atrapada en una fractura del cuerpo político que no tardó en extenderse al lenguaje. Cada facción empezó a apropiarse de las palabras, a vaciarlas, a llenarlas con el significado que más le convenía. Lo que antes era prudencia pasó a llamarse cobardía. La moderación comenzó a leerse como traición. La temeridad adquirió el prestigio del valor; la violencia se confundió con la lealtad. Las palabras dejaron de nombrar la realidad y comenzaron a señalar bandos.
Tucídides entendió algo: que las guerras civiles más peligrosas empiezan en el momento exacto en que desaparece el significado compartido de las palabras con las que discutimos. Corcira resulta hoy incómodamente familiar.
Vivimos en sociedades que hablan más que nunca y que, sin embargo, parecen entenderse cada vez menos. Sobran los datos y los canales; la participación en la conversación pública jamás había sido tan intensa. Utilizamos el mismo vocabulario para nombrar cosas distintas. «Nación», «libertad», «democracia», «seguridad», «censura», «violencia», «verdad». Cada uno de estos términos funciona menos como descripción del mundo y más como contraseña de pertenencia a una facción. Las palabras ya no comunican; delimitan identidades. El lenguaje está dejando de ser una casa común y está pasando a administrarse como territorio ocupado.
Shanto Iyengar constató desde Stanford que los ciudadanos estadounidenses no se habían vuelto más extremistas en sus posiciones, pero habían incrementado de forma notable su hostilidad hacia el partido contrario. La brecha era más emocional que programática. Se odia al adversario antes de conocer su programa. Este tipo de polarización afectiva opera por identidad de grupo, con una intervención decorativa de la convicción racional. El partido deja de ser un vehículo de representación de intereses y se convierte en identidad tribal, en la que la coherencia interna del grupo vale más que la verdad. El miembro ya no evalúa las ideas; las adopta o las rechaza según su procedencia.
Cuando la esfera pública se contamina de una animadversión previa al argumento, la deliberación se convierte en teatro. El diálogo democrático se hace literalmente imposible, porque presupone lo que la polarización afectiva destruye: la buena fe del interlocutor.
Los efectos se dejan sentir en todos los planos. Los parlamentos funcionan cada vez más como escenarios de confrontación y cada vez menos como espacios de negociación; el consenso adquiere un aire equívoco de traición. La realidad se fragmenta en burbujas donde los hechos compiten con las identidades. Algunos asistimos consternados a la disolución de lo que Arendt llamó el mundo común. Todo conflicto acaba reencuadrado como lucha entre el bien y el mal —una suerte de inflación ética— y la concesión parcial se vuelve imposible, porque ceder algo al adversario equivale a colaborar con el mal.
Hay una consecuencia que suele subestimarse: la polarización agota. Produce ciudadanos emocionalmente exhaustos que terminan por desconectarse de lo público. El resultado, paradójico, es la apatía antes que la movilización. Difícilmente se habría podido diseñar una máquina más eficaz de desafección democrática.
Lo extraordinario del análisis de Tucídides es que no se detiene en lo institucional: penetra en la psicología del ciudadano en situación de facción. Identifica tres movimientos. Primero, la inversión de las virtudes: lo que era bueno pasa a ser malo según el bando al que sirve, y la lealtad al grupo desplaza a la lealtad a los principios. Segundo, la desconfianza como norma: los vínculos de parentesco, amistad y hospitalidad se disuelven, la sospecha precede a la relación. Tercero, la brutalidad como prueba de compromiso: la moderación se vuelve sospechosa, quien no odia con suficiente intensidad es un traidor en potencia, y la violencia, además de un medio, funciona como señal de identidad.
El episodio de Corcira no es una anomalía histórica. Es una patología recurrente de las comunidades políticas que la paz mantiene oculta y la discordia revela. Conviene releer a Tucídides, aunque solo sea para comprobar hasta qué punto nos describe. Recuperar un lenguaje común con el que discrepar sin dejar de reconocernos es hoy una de las tareas más urgentes de cualquier democracia.