
1.
Lo ausente es el fútbol. La levedad es todo aquello que se cierne y pesa sobre él. Desde el instinto de manipulación empresarial -lo que quiere decir político-, hasta su origen confrontativo. No se debe olvidar que ante todo se trata de un juego, en las esferas de lo que denominamos deporte.
Como las miradas y enfoques culturales no abundan hacia sus principales características, y sólo se afincan o autodirigen hacia las comarcas de quienes ostentan sus dominios patrimoniales, no es extraño olvidar (la propia FIFA lo ha hecho), que desde sus comienzos como deporte olímpico (esas estrellitas adjuntas a las otras en la camiseta de la selección mayor), se trato de que las naciones se vieran hermanadas bajo ciertas reglas de juego y que cada una de ellas, pudiese expresar sus matices y características culturales a través de la interpretación de cómo un balón de fútbol se pone a rodar sobre un campo de juego.
En nuestro caso, lo ausente es el fútbol propiamente dicho. La levedad es la conspicua flema discursiva de los opinólogos de turno, desde las diversas plataformas, incluidas las tradicionales. Entiéndase prensa escrita, radio y televisión, lo cual es suficiente como para completar un exhaustivo mapamundi de la mediocridad nacional, y del estado en que se debate (si es que hay alguno) en nuestro medio cultural, temeroso en reconocerse a sí mismo al igual que nuestro fútbol. Pobre, mediocre, tedioso, presidiario de unos cuantos manipuladores de opinión, lo que en estas instancias, tal como subraye al comienzo, no son más que categorías económicas y políticas. En resumidas cuentas, la ostentación del poder.
Un poder tan carroñero como provinciano, si comparamos nuestra liga, ni siquiera con las europeas, basta sólo cruzar el Río Negro hacia el norte o hacia Sur, y navegar hasta la orilla argentina. Si acaso, siendo incluso benevolente, la liga nacional “profesional” apenas podría estar constituida por nueve equipos. Lo ausente no es sólo el fútbol, es la mirada y las apreciaciones que sobre él no sé hacen, porque la visión contemplativa de sus filosos disertantes, se ahogan no sólo en las reiteradas tematizaciones de sus ofertas enunciativas, sino en el sinsentido de un combate cuerpo a cuerpo a ver quién obtiene el pedazo más grande del pastel de turno.
“Yo viajo al mundial, tu te quedas para la cobertura nacional…”, podría ser un diálogo a escuchar. “Esta bien, pero al próximo sudamericano voy yo y mi equipo..”, también sería una repuesta factible de ser audible. Lo ausente es el fútbol. Entonces no hay juego, sólo una pasión que nos viene desde la primera estrella olímpica obtenida y que para bien o para mal, así como la “Marcha a mi bandera”, nos han incrustado en los paradigmas de nuestros genes.
Pueden cambiar otras categorías dentro de esa abstracción a la que denominamos “imaginario nacional”, ese constructo que en nuestro caso, se desarma y sangra cada día. Incluso de las maneras más inusitadas. Por ejemplo, en el advenimiento de los 90 donde nuevas clases económicas, se afincan en las ausencias que los viejos patriciados han dejado vacantes, por defunción o por fijar residencia en el extranjero. En Carrasco se celebraran bodas y festines bajo el sonido de canciones como “Mayonesa”, cuando en otros tiempos si bien podría escucharse engendros como “Las olas y el viento” de Donald, también sé podía escuchar a Santana o Stevie Wonder, al que entre otros, se le sumaba el infaltable Barry White o la extraordinaria Aretha Franklin.
Esto es también parte del juego, y de cómo el entramado cultural, en donde se inscribe también el fútbol, ha ido descendiendo tras la dictadura y el endogámico ensalzamiento de la “Generación del 45”, como punto neurálgico de nuestra identidad. Una impuesta por una culturosa izquierda nacional, con la finalidad de apropiarse de ella, ante la placidez de los demás partidos (que de hecho la ignoran) salvo ciertos sectores del partido colorado, que aún no sabe cómo reponerse de la ausencia de Carlos Maggi, a quién Julio María Sanguinetti (aún con su reconocida verba), no puede siquiera aproximarse.
Hablamos de fútbol, política y cultura, porque discurren transversalmente, y porque en un país inventado (que realmente no debería existir, ni siquiera tener como prócer al General José Artigas), es comprensible que cada uno cuide los metros de su chacra, y en lo posible, apoderarse de aquellas que van quedando vaciadas o han sido consumidas por el fuego del poder ajeno. Entonces es cuando el peso de lo ausente se hace visible.
La levedad se corporiza en un equipo eliminado en la primera fase de un mundial, bajo la égida de un entrenador que bien podría (sin afán de menospreciar a quienes portan el Síndrome de Asperger, muchos con una inteligencia desbordante) presentarse tanto como una caricatura de sí mismo, o como individuo afectado por las climatologías diversas del autismo. Con todas las controversias en torno a Tenfield y a la propia Asociación de Futbolistas Profesionales, admito que extraño las consideraciones de JC. (Juan Carlos Celsa), ahora que los desplazados por la anterior empresa, han ocupado esas chacras bacantes, llenando de observaciones cansinas y supuestamente intelectuales (algunos), vulgares y estúpidas otros, y no porque varios de los de la anterior emisora, no lo fueran también. Me refiero a las transmisiones de la propia AUF (Asociación Uruguaya de Fútbol).
Quienes estamos atentos a la prensa extranjera y a sus informaciones sobre distintos aspectos, no se nos ha pasado por alto que hemos triunfado en una encuesta del New York Times. Nuestra vestimenta diseñada por Nike (la camiseta celeste), ha sido galardonada como la mejor del campeonato. Posiblemente tal marca tenga que ver en ello, ya que si nos atenemos a las estéticas de otras indumentarias, salvo que nos tiren piedras a los ojos, suframos de daltonismo o presbicia, ceguera total, o simplemente el fanatismo irracional (ese desborde emocional y llorón) nos impida ver la belleza de la camiseta de Noruega, por ejemplo, o de la tradicional “blue” de Francia, entre otras.
2.
La levedad deja de ser tal, cuando la neverita de Bielsa se convierte en una localidad privilegiada al borde mismo del campo. Cuando los jugadores (esos jóvenes que no son los que escuchaban a Chopin, Coltrane, Charly García, y seguramente tampoco a Serrat, ni a Spinetta o Fernando Cabrera, al maestro Lena, ni que decir a Darnauchans a quién el 80 % de la población nacional desconoce, pero seguro que sí a “Márama” por citar un grupo nacional, o reconocer una pintura de Chagall a una de Hopper, pero quizás sí a Figari por el hecho de que al menos algunos han sido escolarizados), “cuando los jugadores” decía, son llamados a filas no han sido capaces de tener orientación, ni siquiera mostrar el temple para organizarse a sí mismos. Entonces volvemos a las raíces de lo que deberíamos comenzar a considerar desde las diversas ramificaciones de los “estudios culturales” **, y no desde la aceptación complaciente de opiniones que en la mayoría de los casos son discursos vacíos, listos para llenar cuotas de programación y espacios publicitarios que han sido abonados.
El peso de la levedad es la lista de Bielsa, su peculiar manera de ver este juego, que tampoco lo ha hecho merecedor de importantes logros, aunque posea un campeonato profesional del fútbol argentino y un campeonato olímpico con la selección argentina, alguna cosa más, y el ascenso del Leeds United a la principal categoría de la Premier League Británica.
La levedad es la ausencia de un líder grupal, tanto hablar de Nazzazi y Obdulio y de nuestra ancestral genética charrúa, que en realidad sería guaraní (Paraguay clasificó a segunda fase). Dos o tres tiros al arco (¿olvidaron donde hay que introducir el balón?). Jugadores citados que no estaban para ocupar ese lugar, por lección o porque si dejamos fuera a algunos por su edad, dejemos también a otros. Cambios inapropiados. Una selección que va a una competencia internacional con un 9 fallido, si no sirves en la Premier es que has bajado la escalinata, ni siquiera un jugador como “falso nueve”, y mejor no hacer leña de los guantes caídos. Al fin de cuentas, es como el propio Bielsa ha dicho luego del encuentro: “a Uruguay no le dejo nada…”
Pero tampoco la locura de un “loco” es la insania que nos ha llevado a esto. Tampoco es tan importante -salvo para la exaltación nacional y hasta fascista de las idiosincrasias de una nación- fracasar en un mundial de naciones, cuando no hemos solucionado la salud mental de nuestra población, el estado de las cárceles, el avance de los narcos, la corrupción en todos los niveles de las administraciones si nos ponemos a escarbar.
“En Uruguay es imposible hacer periodismo de investigación porque son todos primos”, había manifestado años atrás el malogrado Jorge Lanata cuando intentó realizar un programa en Canal 12 que tuvo pocas emisiones. Si el mundo del fútbol no se mira a sí mismo desde la objetividad y la crítica, como pedirle a la cultura que lo haga, y que desde allí también interpele al deporte, a todos ellos, como parte de la misma, y no como un elemento aislado al que sólo recurrimos, cuando responden a determinados intereses, en donde lo que siempre subyace, es la búsqueda o imposición de ciertos atributos, en busca de un glosario pleno de ostentación y poder.
Tiene Bielsa culpa de esto, púes no, es sólo un juguete roto más dentro de esta maquinaria que la FIFA a laudado y certificado, al entregarle un estúpido trofeo “de la paz” nada menos que al presidente Trump. Es decir, la FIFA va donde sus futuras proyecciones la llevan. Así como el hasta ahora “Air Force One” llevaba al maniático estadounidense a reunirse con el otro maniático ruso o con el tercero en discordia, ese asesino sionista en espera a ser llevado a juicio, apellidado Netanyahu.
A Xi Jinping dejémosle al margen ahora. Pero recordemos a la izquierda progresista y benigna con menores asesinos y con quienes no lo son, que en China hay pena de muerte, como en tantos otros países de su misma base ideológica. De la misma manera los integrantes del colectivos LGBTIQ+, parecen desconocer que el gobierno cubano los persiguió durante años (el caso del escritor Reynaldo Arenas es sumamente conocido), así como lo son en la actualidad tanto en Rusia como en Corea del Norte. Pero, el mandatario chino juega sólo en esta partida de ajedrez mientras observa como caen una a una las fichas de los demás. Sin dejar de poner su vista sobre el Mar de China y Taiwán.
Volvamos a la Cultura. La que se cuece entre nuestros representantes de la “Intelligenzia” vernácula. Esa falsa impostura que nos hace poseedores según estos, de una brillante luz que trina y resplandece, desde los orígenes de nuestra consolidación como nación, al que se les escapa la sangre derramada y las crueldades de las guerras de enseñas y blasones. Basta con leer el mejor relato de la literatura nacional de finales del Siglo XIX, al que sólo “El Pozo” de Onetti desde otras perspectivas, puede igualar, saltándose tiempos y circunstancias, aunque en realidad no tan disímiles entre sí. Me refiero al “Combate de la Tapera” de Eduardo Acevedo Díaz. Tengo la convicción de que los jugadores de nuestro seleccionado no han leído ni uno ni otro. Es natural y lo justificamos, porque en su mayoría provienen de clases bajas y pobres, y son pocos los clubes que tratan de formar o mejor dicho, dotar de cierta instrucción (que no es lo mismo) a algunos de sus deportistas. Aún más, cuando a falta de una regularización adecuada de cómo deben utilizarse las herramientas y dispositivos tecnológicos, la “comprensión lectora” de niños y adolescentes, es cada vez más deficitaria y fenece ante el avasallamiento de las imágenes provenientes desde diferentes dispositivos y plataformas, destinados principalmente al entretenimiento, al acopio de información privada y a instaurar una domesticación sensorial, afectando directamente al desarrollo del hipocampo *** cerebral.
La guinda la puso el fallecido ex presidente José Mujica. Un 27 de junio de 2014 cuando tras el desatino del mejor número 9 del combinado celeste, fue a esperarlo al aeropuerto de Carrasco, tras ser expulsado por la FIFA del Mundial de Brasil, luego de morder a un jugador italiano. Un partido que íbamos ganando. Suárez llegaba recuperado de una grave lesión y en el primer encuentro había fustigado con dos latigazos a los británicos. Desterrado del que hubiese sido “su mundial” si otro Suárez, más culto y preparado, hubiese pisado la cancha, llegaba ahora sin embargo, recibido con los brazos abiertos por una población que en realidad debería estar indignada.
Pero ahí estaba el desaliñado ex mandatario, puteando frente a los medios públicos, riéndose de los “señoritos de la FIFA” con razón o sin ella, dispuesto a recibir al “pobrecito” jugador salteño, de infancia difícil y sacrificados esfuerzos para llegar hasta el corazón de la que por entonces aún era su novia. La “viveza uruguaya”, esa que justificaba la mordida, otra vez era puesta en plenitud y santificada por el “filósofo de los menos pudientes”. Ya no sólo teníamos a nuestro Prócer, ahora también a nuestro Platón y a nuestro Cristo si así lo hubiesen llamado. Me imagino que Vaz Ferreira se debe haber removido en su tumba y exclamado: “Eso nada tiene que ver con una falsa oposición”.
La misma “viveza nacional” que según algunos historiadores, realizaba José “Pepe” Sasía, cuando tiraba tierra hacia los ojos de los guardametas adversarios. Como ya no se gana con el color de una camiseta, como exclama el señor Romano: “la más linda del mundo”, dentro de la subjetividad que a veces todo lo normaliza, incluso hasta lo imposible. Traer los restos de Artigas desde Paraguay de donde no quiso marcharse, ponerlo en esa urna mortuoria nefasta, en ese Mausoleo más nefasto aún, y como no teníamos a nadie mejor, inventárnoslo como nuestro Prócer, cuando su real intención era pertenecer a una confederación de estados libres.
3.
Tanto nos pesa nuestra levedad, que la obra excelsa de Kundera* parecería perderse en los mismos laberintos de algunos de los tantos dictadores o caudillos de Iberoamérica, tal como entre otros, describieron Arguedas, Vargas Llosa o García Márquez. En uno de sus libros (“El Coronel no tiene quién le escriba”), subyace la metáfora de la espera y la ausencia. La ausencia de los otros, una vez perdidas sus audiencias. Pero también la propia. La ausencia de una memoria que lo iba deshumanizando a medida que todo recuerdo no era más que las ensoñaciones del polvo o de cualquier fraseo de cantos ecuménicos. La levedad, como en la novela de Kundera, oficiaba como una de las paradojas del peso de la soledad y la espera.
4.
“El miedo del portero ante el penalti”, es una celebrada y estupenda obra de Peter Handke aparecida a comienzos de los setenta. Leer en profundidad al austriaco, nos lleva a indagar en nuestra propia centralidad como seres humanos, en la situación de la política mundial, en las confrontaciones bélicas, en las desgracias naturales como el reciente terremoto en Venezuela, en la ausencias de respuestas existenciales, en la indignación ante la impunidad de tantos y la vida consagratoria de otros que no la merecen. Bloch un guardameta de fútbol, ya alejado de los campos de juego y superviviendo como mecánico, es despedido de su trabajo. Se desconecta de la realidad que lo circunda viviendo su propia metáfora del infierno. Se convierte sin quererlo en un asesino que trata de evadir su culpa, huyendo entre un estado de alienación que lo lleva a un estado contemplativo de las cosas, tratando de mitigar su culpa.
En “El amigo Americano” de 1974 (también conocida como “El juego de Ripley”) su autora Patricia Highsmith, al contrario del personaje de Handke (el ex futbolista Joseph Bloch), configura al suyo como un hombre de tantos, un enmarcador de cuadros que sufre una leucemia terminal. Sabiendo su suerte acepta convertirse en sicario para dejar un dinero considerable a su familia. Entre ambas novelas elegidas al azar, aunque la de Handke tenía el hándicap de un personaje ligado al fútbol y además, dadas las circunstancias, un portero, alguien que debía hacer lo posible por mantener su valla invicta, y que aquí se había disparado a sí mismo, por más que el victimario fuese otro, hay ciertos parentescos emocionales. Una exploración de las vallas psicológicas que desatan tempestades emocionales, tanto individuales como colectivas. Esas vallas que de tan leves pueden parecer irrisorias o ser víctimas de su propia búsqueda de invisibilidades. O reventar un día ante nuestros ojos, porque su peso es tan intenso que nada lo sostiene, y la levedad ha dejado de ser contenida por los marcos de Jonathan Zimmermann, el sicario terminal de Patricia Highsmith. Ante esto, la neverita de Bielsa no tiene mayor trascendencia que eso, haber estado al borde de una línea de cal de un campo de juego, sin más pena ni gloria, que haber sido solamente eso. El estado de nuestra cultura quizás no sea una neverita más, sino tan sólo esa línea de cal que algunos nos han trazado e impuesto de no transgredirla, porque siempre es más fácil no arriesgar, quedarse de manos cruzadas y ser hijos de la domesticación.
* “La insoportable levedad del ser” Novela de Milan Kundera. Tusquest Editores, 1984.
** Estudios Culturales, se llama a la disciplina que estudia los hechos culturales propiamente dichos, desde una perspectiva transversal e interdisciplinaria con otras ramas afines. Desde el punto de académico surgió en los primeros años de los sesenta, tomando como punto de partida el año 1964 en la Universidad de Birminghan. Posteriormente sus alcances metódicos e investigativos se desarrollan en la Universidad de Brighton, ambas situadas en el Reino Unido. (Inglaterra)
***Dentro de la compaginación cerebral, el Hipocampo es una estructura fundamental en la activación de los campos de la memoria y en la orientación espacial de los individuos, además poseen una importancia trascendente en la regulación de las emociones y en las respuestas que ante determinadas situaciones deben dirimirse.













































