
El colectivo musical del Río de la Plata: BAJOFONDO estrena su nuevo álbum OHM
Como describe el periodista Carlos Rodríguez Puente OHM es “una autopista extensa cargada de referencias que van de Stockhausen a Kraftwerk o alguna rave lisérgica de locación secreta”.
El lanzamiento incluye el estreno del sencillo “SE FUE EL SOL” junto al cantante mexicano Cristian Castro.

BAJOFONDO, el colectivo rioplatense liderado por el legendario músico y productor Gustavo Santaolalla en complicidad con Juan Campodónico (Jorge Drexler, Cuarteto de Nos) está de vuelta con OHM, un álbum con el que regresan al inicio de su historia sin dar un solo paso atrás.
Toca la imagen y disfruta del video de su nuevo sencillo al lado de Cristian Castro.
Luego de cumplir 25 años desde su fundación, esta atípica orquesta que se reúne solo para tocar y grabar ha encontrado una libertad creativa absoluta. Premios, colaboraciones con figuras históricas como Gustavo Cerati, Julieta Venegas, Elvis Costello, además del trabajo individual de cada uno de sus integrantes los ha llevado a romper cualquier esquema. Es así que el siguiente paso era casi tan natural como la frase que dio pie al proyecto: “Tango electrónico era el de antes…”
“Y así llegó OHM, una expresión libre, mutante y que abraza una autopista extensa cargada de referencias que van de Stockhausen a Kraftwerk o alguna rave lisérgica de locación secreta”, narra el periodista Carlos Rodríguez Puente.
La muestra de esta reinvención se refleja en su sencillo de salida, “SE FUE EL SOL”, una colaboración inesperada junto a Cristian Castro. Sin perder su esencia, el proyecto también suma participaciones del compositor uruguayo Hugo Fattoruso y del propio Gustavo Santaolalla, miembro fundador de la agrupación, reafirmando el vínculo con sus raíces mientras abre una nueva etapa creativa.
Con un original video rodado en Miami con Cristian Castro sobre una green screen, “SE FUE EL SOL” nos deja entrar en una faceta más desenfadada y poco conocida del colectivo integrado por Gustavo Santaolalla, Juan Campodónico, Luciano Supervielle, Javier Casalla, Martín Ferres y Gabriel Casacuberta. La idea y guion fue del propio Santaolalla y contó con la dirección de Miguel Vázquez y la Casa Productora: Rockanfella.
ACERCA DE BAJOFONDO:
Creado por Gustavo Santaolalla y Juan Campodónico, este colectivo rioplatense ha sido reconocido por todo el mundo. Tan solo con su anterior álbum, Aura (2019), obtuvieron 1 Premio Gardel, 3 Premios Graffiti y 1 nominación al Latin Grammy® y al Grammy®. Reconocimientos que se suman al Grammy® por su debut Bajofondo Tangoclub (2002) y a los Latin Grammy® por su canción “Pena en mi Corazón” y por su álbum Presente (2013).
BAJOFONDO ha marcado pauta en la música del mundo gracias a su propositiva combinación de tango, candombe, murga y milonga, con rock, electrónica, hip hop y jazz. Durante estos años han contado con las colaboraciones de Gustavo Cerati, Benjamin Biolay, Julieta Venegas, Nelly Furtado, Elvis Costello, Jorge Drexler, La Mala Rodríguez, Daniel Melingo, Ryota Komatsu, Adriana Varela y Dj Otnicka, entre otros. Además, han girado por todo el mundo y se han presentado en los principales festivales musicales como Coachella, Lollapalooza, Roskilde, Creamfields y Glastonbury.
Ahora, OHM abre un nuevo capítulo en la extraordinaria trayectoria de BAJOFONDO.
BAJOFONDO – OHM_NOTA POR CARLOS RODRÍGUEZ PUENTE
OHM, o cómo Bajofondo volvió al principio sin dar un solo paso atrás
Sus creadores lo dicen sonriendo de costado, con esa mueca gardeliana que parece saber un secreto. Y se ríen un poco de sí mismos, de los que todavía buscan etiquetas, mientras ellos, sin planearlo, hacen otra cosa: música contemporánea del Río de la Plata.
Todo lo que escucharon sus padres, lo que oyeron ellos, todo lo que siguen escuchando, mezclado con un pulso de rock que corre por sus venas y que se siente en cada beat, en cada pliegue de bandoneón y en cada pedal que distorsiona algún átomo está ahí.
Después del debut —ochenta por ciento laboratorio y el veinte indispensable de pátina orgánica— con Bajofondo Tango Club, en el que ya esquivaban cualquier etiqueta como quien relojea un mosquito en la nuca: incómodo, persistente y siempre al borde de ser aplastado, comenzaron los primeros pasos en las Buenos Aires y Montevideo de principios del milenio, Bajofondo vivió mil aventuras.
La chispa inicial fue Perfume, cantado por Adriana Varela y Cristóbal Repetto como espejos opuestos, y eso los empujó a salir al mundo. Desde entonces, se convirtieron en un organismo pluricelular de forajidos sónicos. Si el tango era el suburbio vuelto cultura, ellos fueron la cultura volviendo al suburbio y copando tarima en Glastonbury, Roskilde o Shanghai con laptops, vinilos, amplificadores ‘bien al mango’ y guitarras distorsionadas.
Luego vino Mar Dulce, con invitados de lujo: Gustavo Cerati, La Mala Rodríguez, Elvis Costello y otros cómplices que expandieron el mapa. Presente fue la contracara: sin feats, casi en vivo, como lo que siempre fueron: una banda de rock tocando cuerpo a cuerpo. Y con el plus de los premios: aquella excursión arrasó en los Latin Grammy. Aura surgió de improvisaciones, confirmando el secreto a voces: habían creado un lenguaje propio.
El desafío que sobrevino para esta orquesta atípica que se reúne sólo para tocar y grabar discos de distancia olímpica llegó mágica y misteriosamente en el año 25 de su historia… una frase de ironía casi borgeana prendió el fuego: “Tango electrónico era el de antes…” La pausa y el aire tras la risa cómplice generó una certeza casi colectiva… ¡Pues, entonces, hagamos un disco de tango electrónico!
Y así llegó OHM, una expresión libre, mutante y que abraza una autopista extensa cargada de referencias que van de Stockhausen a Kraftwerk o alguna rave lisérgica de locación secreta.
El título es un juego, claro: entre la unidad de medida eléctrica y esa onomatopeya meditativa que algunos repiten con los ojos cerrados buscando un símbolo de paz. En el fondo, este disco busca ambas cosas: corriente y silencio, voltaje y contemplación. Y lo hace con una paleta de sintetizadores que parecen una línea del tiempo en cortocircuito: máquinas analógicas de los 70, sintes digitales de los 90, y criaturas virtuales nacidas en pantallas que nunca vieron un potenciómetro de verdad.
Buena parte de la cocina del disco fue La Siesta del Fauno, el estudio/laboratorio comandado por Ernesto Romeo. Los instrumentos elegidos no fueron solo herramientas, sino personajes: una constelación de sintetizadores que abarca varias décadas de evolución sonora. Desde los musculosos Moog analógicos hasta criaturas más etéreas como el Yamaha CS80, pasando por el Buchla 200e, el PPG Wave, el DX1, el Juno 60, o incluso una Commodore 64 devenida generadora de timbres y glitches. Una fauna eléctrica que suena como si Blade Runner se hubiera filmado en el Abasto.
En esa mezcla, por momentos, se escuchan ecos lejanos —pero no inocentes— de dos actos fundacionales: Switched-On Bach, donde Wendy Carlos puso a dialogar a Bach con el Moog en pleno 1968 y rompió todas las reglas sin levantar la voz; y Silver Apples of the Moon, esa sinfonía electrónica compuesta por Morton Subotnick que parecía venir del futuro, pero hablaba —en el fondo— del deseo primitivo de manipular el sonido como quien acaricia un misterio. OHM no los cita: los incorpora, los respira, los filtra a través de un ADN rioplatense que ya estaba antes de que existieran las máquinas.
Y en medio de tanta electricidad y glitch, el violín de Javier Casalla, el bandoneón de Martín Ferrés y el contrabajo de Gabriel Casacuberta aparecen como líneas de vida. No para rescatar el pasado, sino para tensarlo hasta hacerlo vibrar en el presente. No hay nostalgia: hay filo. Y si los sintetizadores proponen el mapa, los teclados de Luciano Supervielle son la ensoñación que lo atraviesa. Como si alguien hubiera onirizado una ciudad posible y luego se hubiera sentado a tocarla.
Pero lo verdaderamente poderoso está en cómo suena todo eso junto, como si fuera un solo instrumento con alma que marcha bajo la producción de Gustavo Santaolalla y Juan Campodónico.
Hay pistas que se oyen como si fueran videojuegos desprogramados por poetas. Otras, como En la Memoria, parecen cantadas por una ballena en las profundidades de una Patagonia futurista. En esa, la electrónica no es un artificio, sino un tejido de emoción concreta. Y no por casualidad: el tema aparece también como un abrazo invisible a Norita Cortiñas, símbolo luminoso de la memoria argentina. Hay ahí una vibración que duele y cura a la vez, una verticalidad discontinua donde cada sonido se desploma y se reconstruye, como si la melodía necesitara romperse para ser verdadera.
No es el único momento así. En Hay un lugar, lo roto es la estructura misma: una canción armada con pedazos, con cortes, con respiraciones truncas. El ritmo va y viene como una ola errática, pero la voz de Santaolalla termina por zurcir todo. Es una voz de barro y de cosmos. De frontera. De adentro.
Después está el otro lado del disco: el lado festivo, la ironía con destellos de dancefloor. Tic Toc Toc, por ejemplo, juega con la sonoridad de una red social adictiva y los tics nerviosos de nuestra época. Mistress Estrellas directamente lanza al cuerpo al baile, como si una rave se hubiese infiltrado en un conventillo sin pedir permiso, mientras los brazos de Campodónico dirigen el viento con sus movimientos á la Pugliese. Son canciones que podrían sonar en cualquier fiesta electrónica del mundo y, sin embargo, están tatuadas con códigos del Río de la Plata: bajos que no se olvidan del bandoneón, delays con alma de candombe, beats que saben cuándo frenar para que entre el vino.
Y están los invitados, claro.
Hugo Fattoruso en Tres Empanadas no sólo es un lujo, es una declaración de genealogía. Si este disco es una constelación rioplatense, Fattoruso es una de sus estrellas cardinales. Con su historia -Los Shakers, OPA, el groove mutante- le da al sintetizador monofónico un swing que no se aprende en ninguna escuela.
Cristian Castro, por su parte, irrumpe con ese color pop que uno no espera, y sin embargo encaja perfecto, como si los Pet Shop Boys hubieran caído de juerga en una milonga porteña a las cinco de la mañana.
OHM es también un profundo gesto de libertad. En un mundo donde los algoritmos deciden qué deberíamos sentir, qué ritmo nos conviene y qué rostro merece ser escuchado, este disco respira a contrapelo. Es música hecha con cuerpos, errores, memoria, electricidad y deseo. Y en eso, en ese acto tan simple y tan brutal -crear desde el margen, desde el juego, desde el desvío- OHM se convierte en una declaración política. A un cuarto de siglo del siglo XXI, cuando muchas de las libertades que dábamos por sentadas están siendo arrinconadas por nuevas formas de hegemonía tiránica, Bajofondo resiste y vuelve a decir: no.
O mejor dicho: sí.
Sí al riesgo.
Sí al cruce impuro.
Sí a la belleza que no pide permiso.
Porque si algo viene diciendo esta banda desde antes incluso de existir, es que el mestizaje no es una moda ni una consigna: es una forma de entender la vida. La identidad, para Bajofondo, no es una etiqueta sino una búsqueda constante. Una exploración iniciática que viene desde mucho antes del primer disco. Que viene de los cuerpos que bailaron cumbia en La Pedrera y punk en Lanús. Que viene del ruido de las radios AM cruzando fronteras. Que viene de todas esas músicas mal vistas, ninguneadas, bastardas. Y por eso suena tan real.
OHM es la confirmación de que Bajofondo ya no necesita explicar nada.
Ni qué es.
Ni de dónde viene.
Ni a dónde va.
Simplemente es.
Vibra.
Resuena, resiste y sigue jugando.
–
Carlos Rodríguez Puente















































