
Los uruguayos somos gourmets de la melancolía. Ese filoso estado del alma que encuentra belleza en el horror cuando logra robarle a la vida un poema, una imagen, una melodía; pero que también puede arrastrarte al fondo del mar con los pies amarrados al peso muerto de una vida, donde la flor, si es que hubo flor, murió hace tiempo.
Tenemos una melancolía camuflada en la retirada de la murga que siempre promete volver, una melancolía en estado puro en Darnauchans, una melancolía que atraviesa como un tajo la obra de Don Alfredo y la que viste de ternura y picardía El Sabalero.
La de Garo es desencanto electrificado vuelto grito de guerra, que no olvida jamás el dolor de saber que cada baldosa de la ciudad es una tumba de gorrión. Capaz de ofrecer, guitarra en mano, un puñado de aguafuertes, donde conviven la milonga, la zamba, la cifra, el rock y el folk de raíces milenarias. Sus canciones se valen de estas estructuras musicales que nos hemos inventado para contar la vida que surgida de una nada, termina siempre en el mar.
El show inició con dos temas potentes Como un río y Expreso. La vida abriéndose paso a pura porfía y la locura de la ciudad que se vuelve insoportable cuando el desempleo te come ahorros, energías, deseo y hasta la piedra del encendedor. Ella dice que Expreso le recuerda a El loco de Cabrera, en su desesperación.
Santiago Peralta, da con su stratocaster el tono eléctrico, en pinceladas firmes, empapadas de una sonoridad que va desde el blues de Texas hasta atmósferas que recuerdan algunos arreglos de Mark Knopfler en la época del Brothers in Arms, o a la sonoridad de Ry Cooder en Paris, Texas. Laura Gutman se vale indistintamente del teclado o la guitarra acústica para dar capas sonoras y texturas que airean cada canción. Su voz, en las armonías y los coros, tiene un protagonismo esencial, agregando un timbre luminoso, que pinta el ambiente que la canción pide. Desde el desgarro de Diente de león, hasta el tono acelerado de algunas crónicas urbanas que Garo escribe con soltura.
Más atrás, Irvin Carballo, veterano de estas lides sostiene el tiempo como un líbero preciso, de los que da seguridad sin hacer nunca una de más; el bajo de Seba Codoni marca el pulso. La banda suena afiatadísima, haciendo del oficio un disfrute. Las canciones de Milonga de Quirón, disco que presentaron en su totalidad, y Un mundo sin gloria están hechas de capas sonoras superpuestas. Anoche eso se pudo escuchar claramente, sin perder el toque crudo y directo de una banda de garage.
Garo bromea sobre “la infinita alegría” de sus canciones, el calor infame de la noche montevideana, y el optimismo que le hizo llamar “Abrazado al viento” a un show hecho en pleno diciembre con 30 grados. La melancolía hermana muy bien con el humor cuando de lidiar con verdades incómodas o tristes se trata.
La música pasa por la semblanza de la ya mítica figura de Martín Aquino, a quien le han cantado desde Los Olimareños hasta León Gieco, y la bronca ante los abusos de autoridad. En La móvil la madre le pide al hijo que rompa las botellas de whisky contra el suelo, pero en ningún caso se las entregue a los milicos. Porque a veces la rabia vuelta desafío, es acción política, el tipo de acción directa que aprendimos de nuestros mayores, y que cada tanto recordamos abrazando un tiempo ya ido.
Ella se recoge el pelo, aparta con el brazo al borracho que dedica la noche a grabar con un celular el inicio de cada tema, y paga infinitas cervezas en su vano intento de levante. Siempre hay algún candidato a encarnar al payaso desangelado que acabará su noche en soledad, macerando la resaca de una nueva mañana. La banda avanza, segura, engarzando temas de Un mundo sin gloria (Andes 1206, Celebración, Shangrilá, La visita) con gemas como La quema (compuesta con Alejandro Ferradas) o una preciosa versión de Recordándote que el público escucha, canta bajito y, sobre todo, aplaude. La comunión es total entre el cantor y el puñado de cincuentones, vestidos casi uniformemente de negro que acompañamos a unas de las voces más duraderas de nuestro cancionero.
El cierre con Llevo el vientos del sur, y No voy a caer es pura energía. Algunas cabezas se mueven como antaño en los recitales de La Trampa, aunque las melenas ya no estén, y las piernas ya comiencen a dar señales de cansancio.
Para los bises, solo acompañado de la guitarra de Peralta (“arquitecto del sonido”, dijo al presentarlo) Garo entona Las décimas. Al finalizar un flaco con pinta de vikingo criollo (cabeza rapada y barba espesa y larga) se acerca y le da la mano, haciendo una reverencia. “Gracias por esto” dice, y alguien responde “todos somos vos en este momento”.
Los tres músicos restantes suben para el cierre con La música del bar. Porque la melancolía, bien llevada, a veces es una fiesta.
Volvemos a la noche, el viento no abraza, pero acaricia y, melancólicos al fin y al cabo, nos decimos que algo es algo.
Una verdadera fiesta, íntima, sencilla, como las reuniones familiares que todos soñamos tener aunque reneguemos del calendario y sus rituales impuestos. Siempre tendremos canciones que alguien soltó al viento y nos acompañan. Porque sin canciones, la vida es un páramo.
Edición: Paola Menta














































