
¡Gritar!
Silencio, de la Generación 2022 del IAM
Espacio Palermo, jueves y viernes, 21 horas.
Texto: Edh Rodríguez
Edición: Paola Menta
Vivimos tiempos violentos. Hijos de una civilización violenta hasta lo indecible, hemos parido una forma de vida en sociedad, organización del trabajo, distribución de las riquezas y, sobre todo, circulación codificada del poder que solo puede ser definido por una palabra: Violencia.
Allí tenemos el genocidio de la población gazatí transmitido en vivo y en directo ante la somnolencia embobada de espectadores sin alma ni conciencia. O el espanto de la ejecución, también transmitida en vivo y en directo, de tres mujeres jóvenes por machos cabríos vinculados al narco en Argentina.
Una violencia legitimada por un ruido que no dice. Reels, podcasts, televisiones y radios que jamás descansan ni dejan descansar. El ruido que hace el silencio cómplice y cobarde frente al horror.
La Generación 2022 del IAM propone una versión de estas postales en la obra que les sirve, además, como trabajo de egreso. Actores y actrices ubicados en el momento bisagra de sus carreras que comienzan en medio de nervios, ilusión, trabajo y la carga de emoción de quien sabe que está dando un paso por el que ha trabajado, dejándolo todo, por años.
Silencio, con dramaturgia de Jonathan Parada y dirección de Micaela Larrocca instala al espectador en medio de la cocina de un restaurant que busca ser top, a partir de la incorporación del chef estrella: Mariano “La Joya” Ibarra. Se apagan las luces, suena una radio que busca señal. La encuentra. La voz de la locutora advierte que nada de lo que ocurra será posible “sin el silencio cómplice de los escuchas”.
Seis mesas de trabajo -estaciones, se les llama en la jerga de la cocina- con seis personajes delineados por el texto y definidos con mayor o menor éxito por quienes prestan cuerpo y voz a la letra de una dramaturgia cruda, intensa… El humor juega como alivio pasajero de las tensiones que no dejan de crecer. La marmita burbujea y allí hierven emociones y conflictos.
Desde las peleas por la distribución de las propinas, las habilidades de cada uno para desarrollar sus tareas, las simpatías y las antipatías, todo se cuece en un caldo espeso donde no falta la droga ni el destrato como forma miserable de establecer el dominio en cada pequeña decisión.
Las seis estaciones, distribuidas en dos filas de tres cada una, dejando un gran espacio central, nos posicionan frente a dos grupos. A nuestra izquierda los tres personajes que sostienen la tensión del conflicto principal: “La Joya” –Santiago Reyes-, “La China” –Francesca Porciúncula Menta– y “Maca” –Catalina Arrillaga-.
A nuestra derecha, Martina Berriel aporta la cuota de humor que descomprime —Gladis, la bachera que escucha música todo el tiempo mientras friega platos y reclama propinas a cuanto Cristo se le cruce—, Andrés Inzaurralde —“Quinta”, cuyos olvidos y su “no poder pertenecer” a un ambiente de otra clase social aporta la dosis de violencia física que, previsiblemente, descarga tensiones sin solucionar nada—, y Matilde Heinzen —Lucy, cuyo personaje queda a medio camino entre la nostalgia por la madre tierna que ya no está, y la indignación ante el conflicto central que nadie parece dispuesto a encarar—.
La vida en la cocina es dura, extremadamente reglada, y por ello mismo, caótica. “La China” dirige la empresa como una Maggie Thatcher criolla. Todo corre por carriles previsibles, hasta que la violencia sexual estalla. Nadie quiere que se sepa lo ocurrido, nadie quiere saber nada. Mucho menos denunciar abiertamente. El silencio, pesado como una lápida da lugar a indirectas, preguntas que no se responden. Sobreentendidos que flotan como una niebla tóxica sobre todos.
El elenco hace sentir la tensión. Nadie está cómodo en la sala. Se percibe en los ruidos mínimos del público que tose, suspira, se acomoda una y mil veces en butacas que se han vuelto tan incómodas como la necesidad de gritar y no poder.
La puesta en escena aporta en un juego de diálogos y monólogos que —en un repaso posterior— cobran la fuerza del flashback donde, lo que era necesario decir estaba ya dicho pero a destiempo. La violencia tiene ese efecto. Como una Casandra montevideana “Maca” relata el horror y la culpa. La soledad atroz de no tener a quien decir su verdad. Sus palabras -y sobre todo su gestualidad, su voz rota, su llanto apenas contenido- nos dicen lo que aun no vimos, pero ya sabemos sin saberlo. Un juego siniestro que cruza los tiempos y nos llena de preguntas incómodas.
Porciúncula Menta compone una dueña fría, distante, cruel, humana y frágil. Tanto como sus tormentas interiores. La China quiere hacer las cosas bien, pero eso exige romper con una herencia que por un lado detesta, y por otro, le ha permitido ser quien es. Una empresaria exitosa de apenas 27 años.
“La Joya” seduce, embauca, cautiva. Pero su sonrisa y sus discursos motivadores no apagan jamás el fuego oscuro de una mirada torva. Una vida llena de secretos de los cuales huye a cada momento, por todas las vías posibles, como una respuesta aprendida desde tiempos inmemoriales. Reyes lleva su personaje a fuego lento, con la misma tenacidad con la que mantiene un silencio sepulcral.
Allí se sostiene el relato. Un juego de poderes heredados, miedos ancestrales y huidas como única forma de sobrevivencia. Un ciclo que como el programa de radio que va marcando las transiciones o las canciones de Gladis, parecen estar en loop eterno, protegido por el silencio.
Un silencio donde los golpes, la ternura, la indignación y el humor son apenas aderezos de un plato principal y obligado. Un menú único, que más se parece a una condena que a un alimento.
La generación 2022, cuatro actrices, dos actores que logran sostener una dramaturgia intensa y actual. Una puesta en escena que explota los mejores recursos de cada artista, con un trabajo de vestuario, sonido y luces que son un protagonista más. Ese que permite entender lo que apenas se insinúa, y redondear una obra más que recomendable.
Jueves y viernes de octubre y noviembre en Espacio Palermo. Hay bonificaciones para socios de SUA y La diaria.












































