
Alejandra Wolff ha sido para los que porfían en curtir rocanrol uruguayo desde los lejanos días del Cabaret Voltaire o la Cueva del Gato Eduardo, una figura central. Encargada de dar el matiz poderoso y sensual de las canciones y presentaciones de La Tabaré en antros a los que se entraba de riguroso negro y no era raro salir a pelearse a brazo partido con las fuerzas del orden, la patria, la tradición, la familia y la sacrosanta propiedad. Otra época, otra épica, quizá menos heroica de lo que se suele describir.
Tras un largo periplo, actriz de la Comedia Nacional, de cine, de televisión, entradas y salidas, socia fiel y por momentos sostén de La Tabaré, Alejandra se despachó con un disco precioso –vean la reseña de Marcelo Rodríguez Arcidiaco– que anoche presentó en una sala Camacuá colmada de gente.
Luego de la apertura a cargo de Rodrigo Brocal y su propuesta de parodia distópica sobre un planeta del que rescatan música de base electrónica y letras con la acidez del primer Cuarteto, la banda ocupó el escenario. Bien a la izquierda Adriana Álvarez que se lució haciendo coros, dando matices que ensanchan la paleta sonora armonizando por arriba o desde abajo lo que hace la Wolff. En el otro extremo, Clarisa Prince desde los teclados aporta texturas a melodías guitarreras, cuando canta se luce haciendo contrapuntos. Para Asterión se sentó al piano, y se lució haciendo una melodía delicada y de una melancolía infinita que arropa la canción basada en el cuento de Borges de la mejor manera.
En una segunda línea, Gonzalo De Lizarza se encarga de las guitarras. Los temas están compuestos desde la guitarra -y luego orquestados-, o al menos esa es la sensación que queda en la escucha. Usa una gibson para el primer tema, grave, pesada, para luego pasarse a una fender que aporta un sonido diáfano a la mayoría de las melodías. Los solos tienen los matices del power pop que nos pulió la oreja y formó el gusto de un par de generaciones.
Detrás, la batería del floridense Rodolfo de Luca es precisa. Sin excesos ni florituras hace lo suyo, marca el pulso y sostiene el ritmo. A su lado, Gabriel Araújo, bajista, no solo dirige musicalmente a la banda, sino que aporta el sostén melódico básico sobre el cual los demás irán construyendo.
Cuando ingresa Alejandra, la banda se completa y el show se vuelve una perla íntima y poderosa. Con su vestido verde, su melena roja, y su voz a prueba de años, la cantante y compositora despliega una sensualidad que podría describirse como una cruza de la niña de la Valiente de Pixar, y la Hydra venenosa compuesta por Uma Thurman para el Batman de Schumacher. Durante todo el show se mueve en un pretil donde entran en contacto la naturaleza -peces, tortugas, raíces, árboles y agua que abundan en las letras del disco- con la noche de tugurios donde mil mujeres negras parieron el blues y el jazz en burdeles de otra época.
Arrancó bien arriba con Bicho viajero y Pez del Cielo. Invitó a Tote Fernández a la batería para Con el ángel, a la que presentó como una de sus canciones más viejas.
Fueguito azul es de las canciones de raíz telúrica, con una musicalidad que genera un ambiente oscuro, intenso de voces que no olvidan. Por un momento sentí en el ambiente la sonrisa aprobadora de Rotten y Evaristo, aprobando la densidad que la milonga le aportó en este rincón del mundo al alarido punk del 77. A continuación, Asterión -con arreglo de cuerdas incluido-, envolvió al auditorio en una atmósfera melancólica, de infinita tristeza frente a los irremediables. Quizá por eso mismo la cantante se tomó un tiempo para contarnos cómo la compuso a partir de uno de sus relatos favoritos. Porque además de cantar Alejandra ofició de anfitriona feliz de recibir a la peña que asistía a la presentación en sociedad de un trabajo que definió varias veces como “fruto del amor”.
La raíz, Será, Que la luna baje -en la que la linea melódica de la voz me lleva a la sonoridad de La Chancha Francisca y su Hotel nocturno de la luna– se suceden, para redondear el espectáculo. Ya en “la previa del final”, Tabaré Rivero subió para hacer coros en la revisita de Sigue siendo rocanrol, con una letra que aggiorna la original para mantener siempre vivo su espíritu. El cierre, con Ábrete sésamo, fue una gozadera. Alejandra se tomó tiempo para agradecer a todos y cada uno de los que rodean éste, su primer disco, y al respetable público presente que aplaudió de pie los saludos de la banda y los invitados. Un saludo especial para la gente de la Sala, los muchachos de Cresci audio que han logrado rescatar del sonido los matices más delicados sin que se pierda nunca la potencia. Este cronista se suma a ese saludo. La sala suena divina.
Afuera la humedad de junio comienza a ser una niebla que sube desde la bahía, las luces de 18 y Andes tienen un halo amarillento, y por un momento me parece ver a mi yo de 1990 tarareando bajito una de los clash, envuelto en un gabán gastado, y me dan unas ganas infinitas de ir a abrazarlo. Pero llega el 169, y el viaje, como todo, debe continuar.
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