
De las primeras noches frías de 2025, un sábado atípico podríamos decir. Cerca de las 21 horas, sin mediar palabra, sin anunciarse, Chillan las Bestias aparece en escena. No sube al escenario, lo ocupa, irrumpe. Y aunque sus discos ya trazan una identidad reconocible —tensa, poética y disruptiva—, es en el vivo donde esa criatura se desata.
Arrancan con “Hasta el hueso”, y desde ese primer tema se entiende de qué viene la noche más. Es tiempo de la presentación de Lo oscuro queda claro, su cuarto trabajo, se confirma lo que ya se intuía; hay algo en esta banda que no se acomoda, no se explica y es difícil de encasillar.
Formada en 2011 y liderada por Pedro Dalton, la banda argentino-uruguaya viene gestando una obra que no responde a etiquetas ni cronologías, pero que sabe muy bien de qué está hecha: dolor, memoria, vértigo y belleza. Desde aquel primer disco grabado en vivo en los estudios ION —una declaración de principios más que un debut— hasta este último puñado de canciones claustrofóbicas y brillantes, CHLB no ha dejado de explorar los bordes de la canción, caminando siempre al filo entre el susurro y el grito.
Lo oscuro queda claro propone un viaje hacia adentro. Seis piezas donde la tensión no se resuelve, donde cada instrumento parece buscar aire sin encontrarlo del todo. Hay influencias arltianas, sí, pero también hay calles húmedas, amor en carne viva, y una lírica que no teme al delirio. Como en sus trabajos anteriores, hay algo que pulsa desde lo íntimo pero que se proyecta en colectivo. Porque si algo tiene esta banda es esa capacidad de generar comunidad desde lo oscuro, desde lo roto, desde lo que no cierra. Y el sábado, todo eso estuvo sobre el escenario.
Veinte canciones. Dos horas sin interrupciones. Un repertorio que viajó por toda su discografía y que encontró su ancla en las composiciones nuevas, esas seis piezas que forman Lo oscuro queda claro, y que se integraron sin fricciones al resto del repertorio, como si siempre hubieran estado ahí. A lo largo de la noche, sonaron “Jinete sin cabeza”, “C.A.B.A”, “La cresta”, “Un viaje”, “Nafta y Bic”, “Nocturno”, “Casi farsante”, “Mecha corta”, “Mar sin locos”, “Marioneta de aco”, “La red”, “La casa de la risa”, “Paz para la jaula”, “Cielo”, “La vía”, “Sin casco”, “Lo oscuro queda claro”, “Zarpado” y “La Bestia”. Cada tema fue un partecita de esa película oscura y poética que la banda proyecta sobre el oído y la piel.
El show fue prolijo, contenido, con alguna licencia en los comienzos o finales de los temas, pero con la entrega de siempre. El fondo con proyecciones marcaba el título del disco como un recordatorio, como un mantra visual: Lo oscuro queda claro. No hubo discursos, ni pausas largas. Todo sucedió en una secuencia casi ceremonial, como un viaje sin estaciones, donde cada tema era un paisaje nuevo y conocido a la vez.
Por momentos, el escenario se cubría de una bruma densa, humo que no ocultaba sino que revelaba. El ambiente se volvía onírico, suspendido en esa niebla baja que parecía diseñada para que los cuerpos en escena emergieran y desaparecieran como presencias fantasmales. El humo, en vez de distraer, sostenía la mística. Chillan las Bestias no necesita un gran despliegue escenográfico: la escena son ellos, su intensidad, su contención, su rareza.
Pero no fue solo la música. Sociedad Urbana Villa Dolores, el lugar que recibió esta ceremonia, fue también protagonista de la noche. Para muchos, como para mí, era la primera vez ahí. Llegué con tiempo, con curiosidad, con esa actitud que uno tiene cuando se adentra en un territorio que desconoce pero que intuye prometedor. No me equivoqué.
Villa Dolores —el nombre ya sugiere algo— se esconde en un largo pasillo, que pasa de lo oscuro, a la belleza de su decoración de luz tenue y vuelve a la oscuridad con simbología antigua y elementos viejos. Al ingresar, uno atraviesa un patio interior amplio, con mesas y bancos de madera, rodeado de luces bajas, donde el murmullo de la gente se mezcla con el olor a comida. Es un espacio que susurra. Su estética industrial, con muros oscuros, estructuras de hierro y luces cálidas, funciona como caja de resonancia para lo que allí sucede. Es un espacio con memoria, con textura, con tiempo acumulado. Y eso se nota.
La sala principal mantiene esa impronta: techos altos, iluminación justa, sonido envolvente y una disposición que favorece la concentración. Y esa fue la gran virtud del lugar, no interferir. Acompañar desde la discreción. Fue el marco perfecto para una banda como CHLB, que habita un lugar de culto dentro del panorama musical del Río de la Plata.
Entiendo que Chillan las Bestias no es una banda para todo público. Y eso no es una exclusión, es una invitación. Es música para quien quiere detenerse, abrirse, entregarse al vértigo. Para quienes buscan profundidad antes que brillo. Para los que saben que hay belleza en la herida.
Con una propuesta que mezcla influencias del postpunk, la canción popular, el tango y el rock oscuro, la banda construyó, sin buscarlo, una especie de santuario musical donde se encuentran los que todavía necesitan arte para explicarse el mundo. No hay hits pegajosos, no hay carisma televisivo, no hay coreografías ni poses. Lo que hay es otra cosa: una densidad emocional que se comparte entre pares. Una especie de pacto no escrito entre quienes están ahí.
El próximo encuentro será el 2 de agosto 2025 en la Sala Hugo Balzo, otro espacio íntimo, sonoramente cuidado, donde este encuentro laico volverá a celebrarse. Y no será una repetición, sino una nueva entrega del mismo rito, la música como refugio, como relámpago, como espejo.
El sábado no fuimos a escuchar un nuevo disco, fuimos a atravesarlo. A reconocernos en sus grietas, a encontrar en esas canciones algo que, por un rato, nos explicara el mundo. O al menos, que nos acompañará en el intento.
Entiendo que hay bandas que se escuchan. Y hay otras, como esta, que se atraviesan. Construyen algo más duradero; una comunidad sensible, lúcida y comprometida. En un mundo que se acelera, que nos exige velocidad y olvido, debemos hacer la pausa para la profundidad.
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